Apología de la introversión.

Siempre me ha llamado la atención cómo la introversión es considerada un problema y no dudo que por algunos -colegas incluidos- hasta una patología. Hoy deseo demostrarles que la introversión es una herramienta poderosísima, correctamente utilizada.

La introversión es un rasgo presente en el cerebro humano (no se si también en otros primates superiores). En la medida que eso que consideramos “la realidad” se compone de -al menos- dos planos, a saber: lo que sucede a nuestro alrededor (nuestro entorno, nuestro hábitat) y lo que acontece en nuestro interior (nuestros productos mentales), la introversión vendría siendo la posibilidad de colocar nuestra atención en lo interno. Ahora, con el fin de poner en tensión un mito imperante, lo anterior no implica que lo exterior deje de ser importante, aún y cuando algunas veces no lo sea del todo. El introvertido no está escondido en su interior. Simplemente le parece más interesante que lo que sucede afuera.

Ahora, irremediablemente somos seres sociales. Aristóteles hablaba del “zóon politikon”, el animal social, político (no en sentido partidario). Los introvertidos, lo digo por mí y por algunos que he llegado a conocer, asumimos el ser sociales como un deber. Un precio a pagar. Ya irán entendiendo por qué mi deseo de convertirme en psicólogo social estaba condenado al fracaso.

No necesitás interesarte en la lectura para ser considerado introvertido. En mi caso particular, no podría ser una sin la otra. Coexisten, se retroalimentan. La lectura me ha acompañado desde que lo recuerdo y continúa siendo una práctica tremendamente satisfactoria. Algunos momentos de mi vida fueron llevaderos gracias a la compañía de mis libros. No me considero un fetichista de libros, aunque he adquirido algunos que no he terminado. El cansancio propio de mi edad me impide leer tanto como solía tiempo atrás, sobre todo por las noches. Pero no importa, siempre aparece algún momento en el día para enterarme de lo que otros se atrevieron a plantear en sus textos.

La introversión no es timidez, aunque puedo recordar momentos de mi vida donde mi introversión se aliaba con ella. Tímido procede del latín “timor”, miedo (temor). El introvertido no teme el contacto social. Sólo le da un valor diferente al normalmente esperado. He aprendido a disfrutar de lo social. Es solo que lo requiero dosificado. Encuentro mucho ruido en el espectro social, de ahí que nunca pude ser lector asiduo de noticias y menos aún de sucesos. No digo que en mi interior no encuentre ruido. Es solo que ese puedo trabajarlo. El externo cuenta con vida propia. Se encuentra fuera de mi jurisdicción.

Quizás gracias a mi introversión logré que el habitar en la dimensión musical, el oficio de la clínica, el estudio de la filosofía y la práctica de la meditación hayan sido sencillos de incorporar. El melómano pone atención a la composición, al igual que el clínico al discurso del otro. El meditador pone atención en su interior, así como el filósofo contempla. Si ustedes pudieran conversar con mis familiares podrían cerciorarse de algo con lo que tontamente luché por años: nunca se trató de dejar de ser introvertido. Es parte de mi personalidad y no encontré una sola buena razón para modificarla. Disfruto de una buena conversación, de una reunión amena, de un encuentro inesperado. Pero también disfruto de mi casa, mi consultorio, de mi esposa y de mi hija, sea aquí o en cualquier otro lugar. Y si me permiten confesarlo, me gusta más lo segundo que lo primero.

Me casé con una mujer introvertida -no podría haber sido de otro modo, al menos en mi caso- y dimos vida a una niña tremendamente sociable, sin saber muy bien cómo. Disfrutamos de su capacidad de expresarse y de lo poco interesada que se muestra por parecerse a sus padres, al menos en el aspecto de la introversión. Ella vino a aportar una cantidad de sonidos que mi esposa y yo no conocíamos.

Así que, querido introvertido, querida introvertida: tranquilos, no se atribulen. Serlo no está mal, siempre y cuando no le estén llamando introversión a una retirada, a un ocultamiento, a una huida. Es que el asunto con los refugios -nos enseñó un maestro de meditación- es que existen refugios para crecer y otros para enfermar. La plenitud no es resultante de la extroversión, sino de aceptar quienes realmente somos.

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / Facebook / mi otro blog

 

 

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