Aprender a agradecer

En estas fechas pareciera inevitable volver la mirada atrás, a lo ya sucedido a lo largo del año. Como si fuera una especie de evaluación, repasamos esos momentos en que algo importante aconteció. El año, si no nos entregamos a esa fuerza que nos impulsa a dramatizar, hará desfilar pasajes memorables y otros que aún no logramos procesar. Sin importar si nos habíamos propuesto “controlar” los episodios actuados o, nos entregamos de un modo más hippie a la incertidumbre de lo cotidiano, irremediablemente veremos cómo el año se parece poco a la maqueta que nos formamos en nuestra mente hace más de 11 meses.

Sea que este haya sido un buen año -el mío ha sido maravilloso- o uno no tanto -de corazón lo siento- le invito a llevar conmigo un ejercicio mental, uno muy sencillo. ¿Está list@? ¡Muy bien! Vamos entonces: le invito a sentir gratitud. Sí, así de fácil: experimente la sensación de agradecer. Tómese el tiempo que necesite. Cierre los ojos si lo desea… o no, poco importa. 

Solo demos las gracias.

Para las neurociencias, particularmente las interesadas en el ámbito de lo espiritual, el fenómeno de la gratitud viene gozando de gran atención. ¿Qué le sucede a un cerebro cuando se agradece? ¿Afecta la salud mental? ¿Y la física? ¿Cambia nuestra apreciación de las cosas? ¿Nos vuelve mejores personas?

Ingentes estudios han revelado datos fascinantes. Hoy sabemos, gracias a la pareja de investigadores Emmons & McCullough, que llevar un registro escrito de aquello que nos genera gratitud produce una afectación directa a nivel conductual y neuronal. Incluso, el entrenarse en sentir gratitud aumenta la sensación de felicidad de aquellos que asiduamente recuerdan más sus aspectos positivos que los negativos. Podríamos, simplificando un poco, plantear que la gente agradecida se siente mejor que los que solo colocan su atención en la parte grisácea de su existencia.

Pero, esperen. No he aclarado algo que considero importante. La gratitud no surge de la comparación. ¿Recuerdan cuando sus papás les recordaban cómo debían comerse todo lo que les servían en el plato, ya que en África los niños no tienen qué comer? Pues bien, no me refiero a eso. Semejante ejercicio lo que produce es culpa, no motivación. Sentir gratitud, digo verdaderamente experimentarla, no requiere sentir lástima por los que tienen menos que nosotros. No está mal, claro está (o quizás sí, ya que sería mejor sentir compasión y buscar el modo de aliviarles). Es solo que un cerebro que aprendió a agradecer, casi de un modo involuntario, observa lo positivo primero que lo negativo. No lo niega. Simplemente coloca su atención en aquello que se ha alcanzado.

Otro estudio logró (Ng y su equipo de investigadores -China-) plantear una relación muy interesante entre gratitud, depresión e insomnio. Aparentemente las personas que más fácilmente experimentan gratitud duermen mejor y están menos afectas a la ansiedad y la depresión. Tiene sentido, ¿no les parece? Pensar en lo que no está saliendo como esperábamos nos puede matricular en una seguidilla de noches sin dormir.

A un nivel más neuronal, se encuentra, según una investigación conducida por el NIH (Instituto Nacional de Salud de los E.U.A.). en las personas que conscientemente ejercitan su capacidad de sentirse agradecidas, un mayor nivel de actividad en el hipocampo, área del cerebro encargada, entre muchas funciones, de regular el estrés. Agradecer, entonces, apacigua nuestra actividad cerebral…

Desde que nuestra hija era una pequeña niña utilizamos la noche -específicamente el momento en que ella se apresta a acostarse- para agradecer. Primero agradece ella, luego mi esposa y finalmente yo. A falta de plegarias, preferimos que ella tome un momento cada día para llevar un recuento de todo lo bueno que le sucede a diario. Para nosotros como padres también resulta un ejercicio muy valioso, ya que nos enteramos de los momentos importantes de cada uno.

Pues bien, sea que ustedes crean en algo o no, los invito a tomar estos días para agradecer. Les aseguro que si lo hacen con honestidad, encontrarán muchas cosas que merecen ser agradecidas.

Ah, y de paso, muchas gracias a ustedes por seguir mi blog. No podría explicarles lo importante que es para mí contar con su atención. Prósperas fiestas y que el primero de enero los encuentre sintiendo gratitud. Será un muy buen modo de empezar el año.

Esto nació de mi momento actual, de un hermoso artículo encontrado en Psychology Today y de una lección del curso «Waking Up» impartida por Sam Harris.

Allan.

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