Hacia una psicología socialmente útil

Que la psicología detente un lugar preponderante en nuestra sociedad debe considerarse un triunfo, máxime tomando en cuenta que esta, influenciada aún por concepciones retrógradas provenientes del mito judeocristiano, continúa viendo con malos ojos la autonomía del ser humano. El hombre y la mujer, al alcanzar su estado de emancipación, corren el ”riesgo“ -el riesgo es para los grupos de poder- de cuestionar la necesidad de confiar en seres metafísicos, estos algunas veces protectores, algunas veces castigadores.

Sigmund Freud afirmaba que toda psicología es una psicología social. Quería decir -eso creo- que toda propuesta psicológica debe aspirar a permitirle, al conglomerado, un mayor estado de bienestar. No siempre ha sucedido. Hoy sabemos, con toda la pena del mundo, que en diferentes momentos de la historia la psicología ha preferido aliarse con “el lado oscuro”, quizás por coacción, quizás por extravío. Resulta paradójico que un oficio que cargue la pesada responsabilidad de operar con EL ALMA -categoría altamente controversial-, algunas veces, más que liberarla, parecieran querer fumigarla. Sí, algunas psicologías, derrotadas por el conformismo y la superficialidad imperantes, ofrecen tan poco que no merecen ser consideradas parte del conocimiento científico.

Mi elección, a la hora de elegir mi primera especialidad, el tratamiento de personas con problemas de dependencia, respondía justo a ese interés. Yo estaba seguro que el problema de las adicciones excedía el ámbito de lo individual. En una sociedad de consumo, en un momento de la historia en la que el “tener” resulta más atractivo que el “ser”, presentía que era necesaria una visión más “macro”, no solo en el sentido de comprender, sino en el de proponer soluciones a este fenómeno. Se bien que resulta tentador pensar que todo responde a lo psicológico (el psicologismo es eso, sostener que todo lo humano responde a su dimensión individual). Sin embargo sería un error. El ser humano reside en un espacio social. Esa sociedad incide directamente en el estado emocional de los individuos que la conforman.

 

Hoy en día, veinte años después de iniciar mi aventura universitaria, estoy completamente seguro de algo. Freud tenía razón. Habitamos una cultura del malestar. La sociedad produce estrategias para sufrir. Les conviene. Las personas enfermas son mejor negocio. Las cúpulas de poder -las religiosas y las políticas- se nutren de la decepción y la apatía. Aquel que no sabe lo que quiere, ese que no ha logrado resolver su enigma existencial, es presa fácil de los discursos alienantes. Millones de niños vieron a sus padres insatisfechos, tanto en su relación, su trabajo como con su fe y, gracias a esto, creyeron que semejante escenario era normal. Fueron programados para aceptar el malestar. El desánimo y derrotismo de sus familias de origen les trazó un “destino”: estar mal está bien.

La salud es un estado que requiere de concentración a todo nivel. Salud es salud en tanto se consigue de modo integral. Somos seres sociales, poseemos un cuerpo y una mente. Esa mente produce nuestras ideas así como nuestras emociones. No debemos descuidar ninguna de nuestras áreas. Aquella persona que ama su trabajo y no ama su relación, tarde o temprano enfermará. Aquella persona que cuida su cuerpo y no cuida su mente, tarde o temprano será atrapada por la desazón. Aquella persona que cuida sus relaciones familiares y descuida las sociales, corre el riesgo de ser marginada.

Allan Fernández

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