La medicación de las emociones

Me tropecé con una publicación donde se hacía referencia a las señales que presenta un joven con el trastorno de Déficit Atencional e Hiperactividad. Aparentemente son dispersos, pareciera que no le ponen atención a las órdenes que se les dirigen, se concentran solo en actividades que les atraen y no lo logran con los deberes académicos, su memoria es tremendamente frágil y por lo general parece que siempre “andan en la luna”, aunado a su intenso deseo de moverse de un lado al otro. Pues bien, excepto por el último rasgo, estoy convencido que si mis padres me hubieran llevado al psiquiatra en mi época colegial, habría salido con dicho diagnóstico y una prescripción de fármacos, probablemente metilfenidato (ritalina, concerta).

Hace unos días le comentaba a mi esposa que hay momentos en que súbitamente me siento algo triste. No me sucede con frecuencia, pero me sucede. No es tristeza de algo en particular. Al contrario. Me siento asaltado por dicho estado y acto seguido pienso por qué me siento así. Podría endosarle dicha reacción a eventos particulares. Sin embargo he observado cómo dicha reacción emocional va perdiendo fuerza con el tiempo. No creo que sea del todo osado hipotetizar que si en esos momentos acudiera a la consulta de algún profesional en psiquiatría, probablemente me diagnosticaría con “depresión leve” o, dependiendo del grado de dramatismo del profesional, trastorno ciclotímico. Cada diagnóstico vendría acompañado, como es de esperarse, de alguna prescripción farmacológica.

Nunca he tomado psicofármacos y créanme que la tristeza y el desasosiego los conozco perfectamente. He experimentado extravíos existenciales en diferentes momentos de mi vida y hasta he llegado a sentir cómo mis emociones pueden llegar a ser mucho más fuertes que mi voluntad misma. Sin embargo, nunca he considerado que la solución a mis desbalances emocionales requieran de alguna pastilla, a modo de estabilizador. Desconfío de todo discurso que prometa bienestares instantáneos. Nada en la vida, y me refiero a lo verdaderamente importante, se alcanza en poco tiempo. Lo realmente esencial requiere de trabajo, de autoconocimiento y sobre todo de constancia.

He recibido a muchas personas cansadas de ingerir costosos y poco efectivos coctéles de fármacos. No solo no han logrado alcanzar el balance prometido, sino que ahora se suma un nuevo temor: ¿qué sucederá si se detiene la ingesta? ¿se podrán llegar a sentir peor de lo que ya se sienten? ¿volverán aquellos demonios que mentalmente atribulaban?. Alguien me confesaba, un par de días atrás, la cantidad de consultorios de psiquiatría que había visitado, en los cuales, en un tiempo inusitadamente corto -de sesión-, se llegaba a la misma conclusión: “lo suyo no tiene reparación, ya que es químico. Tendrá que ingerir fármacos el resto de su vida“.

La epigenética ha demostrado que el contenido genético de un ser humano responde al entorno en el que se desenvuelve. Existen personas cuyo problema no es su producción de serotonina, sino su trabajo, su relación o incluso su familia. Y debo aclarar que no estoy dudando que, a nivel de hemograma -examen de sangre- aparezcan desbalances de dicha hormona. Es solo que su problema no es dicho desorden químico, sino su hábitat. Dicho de otro modo: su problema no es de serotonina. Es de vida y esto incide en su sistema endocrino. He ahí una buena noticia: un ser humano puede volver a su estado de balance natural si logra modificar esas fuentes de estrés, miedo y/o ansiedad, las cuales terminan incidiendo en su química interna.

Pero además tenemos otra muy buena noticia: nuestro cerebro cuenta con la capacidad de aprender hasta el último día de su vida (neuroplasticidad). Si dicho órgano ha aprendido a andar en modo “estrés” 24/7, podemos, con algunos métodos altamente eficientes y científicamente comprobados -como la meditación– llevar a cabo una reinstalación, una reingeniería mental, gracias a la cual recobrar nuestro balance, producto del impulso natural de los seres vivos, al que llamamos homeóstasis.

Es una verdadera pena que un buen sector de la práctica médica haya sucumbido a la industria farmacológica (observen este documental, a modo de ejemplo). Ahora, la psicología tiene mucho que ver en todo esto. Viendo alguien cómo la oferta psicoterapéutica no surte mayor efecto, es comprensible que dicho sufriente busque métodos supuestamente más efectivos, aún y cuando potencialmente perjudiciales. La psicología se vuelve cómplice del exceso de medicación actual, ya que no aporta las claves necesarias para ayudar a esos que están cansados de luchar con sus ruidos mentales. Sea por falta de rigurosidad científica, mezcla de métodos probados con modas curativas, etc., lo anterior termina cuestionando nuestra propuesta terapéutica.

Las emociones no se medican. Se aceptan, se trabajan, se comprenden y se transforman. No es fácil. Pero les puedo asegurar que es enteramente posible. Lo digo por experiencia personal y clínica.

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / Facebook / el otro blog

 

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