No es la soledad el problema, sino la rutina

Sobre el miedo a la soledad creo que ya no hay mucho más que decir. Intenté, en una publicación anterior –“la soledad no es para todos”-, desmitificar esa leyenda urbana según la cual la soledad parece ser la vía directa hacia la espiritualidad. No podemos -debemos- ser tan genéricos en el campo de lo humano. Vayan a ofrecerle a alguien que ha vivido temporadas completas en soledad los beneficios de dicho estado. Es que existe una gran diferencia entre el que elige la soledad y aquel a quien se la impusieron.

Observando este loco fluir actual de las cosas, en el que lo efímero y lo instantáneo se volvieron deseables per se, caí en cuenta de algo que al menos yo no había considerado. Y lo descubrí gracias a mi pequeña hija. Una de estas mañanas fui a dejarla al colegio y su lenguaje corporal no daba espacio a la duda: ese día habría querido estar en cualquier lado menos en su escuela. Se despidió casi por protocolo, arrastraba sus pies al caminar y ni por asomo apareció algo similar a una sonrisa. Su expresión facial me recordó a aquellos que inevitablemente asisten a algún lugar porque tienen que hacerlo, porque no pueden faltar. Su cansancio no era solo físico (la noche anterior se había acostado más tarde de lo usual). Su -falta de- impulso era físico, pero también era anímico. La vi alejarse y pensé: “que duro debe ser TENER QUE asistir a un sitio, día a día, sin contar con mayor motivación“. Cuando ya desapareció de mi rango óptico pensé: “que dicha que ya salí de la escuela“.

Esta anécdota, trivial como pocas, me permitió comprender algo que escucho con frecuencia en la consulta: aquella persona que no está encontrando satisfacción en sus actividades, muy probablemente empieza, gracias a un sofisticado proceso de oscurecimiento mental, a ponerle más atención a lo que no funciona, respecto a lo que sí. El fatalismo está de moda, ¿lo han observado? ¡¡¡Y cómo no!!! Ya no se justifica quejarnos de la cantidad de malas noticias a las que somos expuestos. Ahora es mucho peor: ya no sabemos cuáles noticias -optimistas o no- son reales! Ya ni siquiera podemos confiar en el estado real de lo que nos rodea, partiendo de la premisa de que aquello que nos muestran, podría no guardar relación alguna con lo que realmente sucede. Mantener la cordura en tiempos como estos resulta una faena titánica.

Volverse un nihilista, en momentos como los actuales, pareciera casi una conclusión lógica. Se perdieron los referentes, como bien denunciaban los filósofos posmodernos. En la actualidad, pensaba Baudrillard, no padecemos por falta de valores, sino más bien por exceso de valores, los cuales, debido a su proliferación, han perdido -irónicamente- valor. En tiempos en que la política, la educación, el amor, la fe o la bondad humana innata, todavía eran tomados en serio, los seres humanos se sentían -quizás imaginariamente- mas contenidos, o al menos algo acompañados (de un modo ficticio). Hoy ya no resulta tan sencillo CREER, así no más. Perdimos la candidez. Nos despertamos del sueño “naif” que nos prometían las generaciones pretéritas. De algún modo, y quizás a la fuerza, nos vimos obligados a despertar.

Pero no todo está perdido. Despertar es paso obligatorio, si realmente aspiramos a una verdadera emancipación. Dormidos, drogados, amaestrados, somos abalanzados hacia una vida sosa, sin sentido, carente de todo propósito. ¿Creen ustedes que es una casualidad que actualmente las tasas de suicidio vayan en franco aumento -en la adolescencia aún más-? Por supuesto que no. Las nuevas generaciones vuelven a ver a sus progenitores y no encuentran un solo rasgo de pasión en sus expresiones faciales. Las incongruencias y el doble discurso en el que crecieron han dañado sus brújulas existenciales. No quieren repetir la fórmula que tantos problemas y enfermedades pareciera estar generando en esos que, a nivel de discurso, sabían lo que estaban haciendo y aún así, en la práctica, en la cotidianidad, se muestran mucho más extraviados que su descendencia.

No. El problema no es la soledad. Es la rutina. Tiene razón mi hija: cuando sabés que estás a punto de recrear una escena la cual, día a día se presenta igual de estereotipada, tu cuerpo, y por defecto tu mente, se sintonizan con una frecuencia que va dañando tejidos vitales.

Mi hija TIENE que asistir a la escuela. Le quedan aún más o menos 10 años de eso, hasta que pueda ingresar a la educación universitaria e iniciar el apasionante camino reservado para los que no temen perseguir lo que desean. Mientras tanto, tendrá que lidiar con la rutina y espero, de todo corazón, que no vaya a ceder en su adultez. El problema con la rutina es que podemos acostumbrarnos…

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / Facebook

 

 

 

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