Sobre la «nueva» espiritualidad (1ra. parte)

«Es que yo no soy religioso, soy espiritual«, confesión usual en estos tiempos. Da la impresión que considerarse religioso ya no parece ser algo tan deseable como fue, por ejemplo, el siglo pasado. ¿Razones? Desde un punto de vista social, las instituciones religiosas vienen, un día sí y otro también, viéndose envueltas en escándalos sexuales, políticos y financieros, mostrando muy poca responsabilidad sobre sus errores. El famoso acto de contrición que solicitan de sus acólitos, casi nunca resulta creíble, cuando proviene de ellos. Es que los niveles de cinismo de algunos de sus líderes rozan la sociopatía. Sacerdotes tentados por «demonios» pederastas y predicadores seducidos por la riqueza. Con semejante panorama, el ateísmo -o al menos el agnosticismo- pareciera la opción lógica. Los números no mienten: cada día, miles de personas alrededor del mundo deciden divorciarse de las instituciones religiosas que los vieron crecer. El colmo de la ironía: España, quien hace 5 siglos vino a «evangelizarnos», hoy en día es uno de los países cuyos indicadores muestran una fuerte migración de sus habitantes hacia el escepticismo religioso. No me asombra en lo absoluto. Europa fue la cuna de la Ilustración.

¿Y qué sucedió en la Ilustración? Pues básicamente el hombre despidió a Dios. Lo quitó del sitial de privilegio que detentaba y lo sustituyó por sí mismo. El centro de todo empeño, a diferencia de siglos pretéritos, sería ya no estar en consonancia con los preceptos religiosos, sino potenciar el desarrollo del hombre. Se sustituyó la fe por la razón. Este movimiento dio pie al humanismo, el ateísmo filosófico y la entronización de las ciencias y las artes. Todo lo metafísico era visto con malos ojos. Diez siglos de reinado del glotón imperio cristiano no le habían ayudado a nadie a prosperar, a no ser que incluyamos a sus líderes, cuyo poder llegó a sobrepasar a los reyes mismos. Aquella bella utopía del fraile italiano Francisco, el de Asís, no se cristalizó. Los papados más parecían «carteles» en los que la decadencia, la opulencia, el despotismo y la obscenidad denunciaban una verdad incuestionable: el hombre con poder, religioso o no, termina corrompiéndose. «Bienaventurados» los que engañan al pueblo, pues de ellos será el reino en la tierra.

A mediados del siglo XX surgió un movimiento artístico-filosófico conocido como el «posmodernismo». En él, el hombre decide dejar de creer en los románticos ideales de antaño: ni la fe, ni la ciencia, ni el arte, ni la educación y mucho menos la política lograron emancipar realmente al hombre, lo cual le permitiría, ahora sí y de una vez por todas, encontrar la libertad perdida siglos atrás. Sin embargo, algo extraño sucedió. El ser social actual, aunque resulte paradójico, se encuentra mucho más angustiado que cuando creía en la buena fe de sus líderes, sean estos religiosos o políticos. Pareciera que no aguantó ser su propio guía. Una especie de mal cálculo lo impulsó a adoptar nuevos dogmas, solo que ahora, por virtud de un eufemismo, llamados «espirituales».

Haciendo uso de una metáfora tomada de la Biblia, específicamente del Nuevo Testamento, los templos volvieron a llenarse de ladrones. Así como observamos, en las películas de Semana Santa, la proliferación de falsos mesías despotricando en plena vía pública, 21 siglos atrás, así asistimos hoy al mercado de las espiritualidades a lo «new age». Sustituyendo conceptos claves, orientalizándolos, han logrado atraer a ese hombre posmoderno que si no cree en algo, se siente desprotegido.

Así como hace un siglo nuestras abuelitas asistían a misa en latín, hoy encontramos personas que recitan mantrams sin contar con la más mínima idea de qué están pronunciando, y ni siquiera estando seguros si lo pronuncian del modo correcto. El crucifijo que lucían nuestros antepasados, se transformó en el collar de cuentas ¨Made in Nepal». El modo de despedirse «Que Dios lo acompañe» mutó a un «Namaste». La calcomanía de «bumper» con el Cristo de facciones europeas se ha visto sustituido por el símbolo de «om», sea lo que sea que ese sonido evoque. Hablar de Dios se volvió anticuado. Hoy resulta mas #trendy hablar de la energía o el universo. Ya no nos preocupa el pecado. Ahora nos preocupa el karma.

Quizás Freud tenía razón. El hombre, sabiéndose desvalido respecto a las inclemencias de la naturaleza y débil por su condición de finitud, requiere «crear» deidades, a modo de fórmula con la cual apaciguar las angustias propias de la existencia. Invirtiendo la fórmula de los textos base judeo-cristianos: «Dios fue hecho a imagen y semejanza del hombre». El creyente no tolera lo incierto. Se apacigua creyendo.

Pero, esperen. Antes de continuar, olvidé mencionar al personaje de la imagen. ¿Han observado el documental «Kumare»? ¿Cómo? ¿No lo han visto? Voy a compartirles las dos partes, para que luego podamos continuar conversando al respecto: parte 1 y parte 2.

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / Facebook

2 Comments

  1. La meditacion mindfulness puede ser un buen modo de desarrollar la espiritualidad porque ayuda a calmar la mente y acallarla. Cuando logramos silenciar la chachara mental que a menudo nos acompana somos mas capaces de conectar con una parte mas profunda de nosotros mismos; una parte mas sabia que puede tener algunas respuestas a nuestras preguntas o que tal vez solo tenga mas preguntas pero el punto de partida para encontrar respuestas ?no es siempre una pregunta?

    • Allan

      Estoy de acuerdo. De hecho en la segunda parte confieso, no solo que he logrado grandes beneficios de mi práctica meditativa (por 6 años), sino que incluso recomiendo su práctica en un número importante de mi consulta. Lo que denuncio no es el valor intrínseco de la práctica, sino las poses y la proliferación de «gurus». Saludos.

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