Sobre la «nueva» espiritualidad (parte final… por el momento)

En la primera parte les pedí observar el documental Kumare. Como habrán visto, un joven, sin ninguna malicia, se convierte en «maestro» de un grupo de personas, las cuales encontraron en él la respuesta que andaban buscando. Inventando y mezclando mantrams y ejercicios de visualización con conocimiento básico en filosofía oriental, logra convencer a varias personas (profesores de yoga y meditación incluidos) de la profundidad de su sabiduría. Algunos, al descubrir que él no era en realidad un gurú, se sintieron engañados, otros aparentemente no. Pero, ¿y si en lugar de Vikram (el director y protagonista de Kumare) nos encontrásemos con alguien dispuesto a embaucar a sus seguidores, a engañarlos de modo flagrante, como el tristemente célebre Bhagwan Shree Rajneesh, conocido por todos como «Osho»? Sí, Osho (el de la imagen de cabecera de esta entrega), el de los libros sobre amor propio, tarot, sexualidad, psicología, éxito en los negocios y meditación para personas ocupadas. Si les llegase a interesar esta muy triste historia, pueden ver el documental «Wild, Wild Country« (Netflix).

Kumare genera, desde mi óptica, un atractivo extra. Si ustedes prestaron atención al nivel de intimidad que se gesta entre sus seguidores y él, dos cosas vienen a mi mente:

1ro. Lo peligroso que resulta que el seguidor confunda a su guía con un profesional en salud mental.

2do. Lo fácil que le resultaría al supuesto maestro seducir a su seguidor, convirtiéndolo en potencial víctima de actos deshonestos.

Respecto al primer punto, he escuchado, no pocas veces, a consultantes asegurando que su «maestro» de yoga les pidió practicar más, para así superar sus ansiedades, sus miedos y sus parálisis emocionales. Sin ningún conocimiento académico, les hacen creer a sus seguidores que sus técnicas pueden reemplazar saberes producto del acervo científico. Y yo no dudo que practicar yoga o meditar puedan aportar algún nivel de mejoría en algunos casos (yo mismo insto a algunos de mis consultantes a aprender a meditar). Pero restarle importancia a un problema emocional sólo podría provenir de un ignorante, poco importa si se mantiene de cabeza 3 horas o si practica el ayuno 15 días al mes.

Varios maestros de yoga y budismo se han visto envueltos en escándalos sexuales. El fundador de una famosa franquicia de escuelas de yoga en los Estados Unidos, Bikram Choudhury (el de la fotografía sobre este párrafo), en las cuales se mezclan prácticas milenarias con temperaturas elevadas (yoga-sauna es llamado por algunos), cuenta a su haber con varios litigios perdidos en este apartado. Actualmente, según esta nota, el movimiento #MeToo está solicitando denunciar a maestros de yoga y meditación que hayan abusado de la confianza de sus «discípulos» y hasta de su humanidad. Estoy seguro que existirán más historias encubiertas que asanas practicadas…

En el budismo, por citar un ejemplo, encontramos a Sogyal Rinpoche (en la foto anterior, el tipo a la par de la mujer), quien no pudo continuar ocultando los maltratos -físicos, psicológicos y hasta sexuales- a los que exponía a sus seguidores. En este enlace podrán encontrar una nota en que se consigna cómo el Dalai Lama (a la izquierda, en la misma imagen que antecede este párrafo) sabía de estos y otros abusos por parte de maestros budistas. Es realmente doloroso ver cómo los líderes religiosos actúan de modo tan negligente. En su pasividad terminan convirtiéndose en cómplices.

En síntesis: podemos plantear como algunos de estos maestros convierten sus grupos de práctica en verdaderas sectas, en las que el límite entre lo permitido y lo pervertido se confunden por el elemento de lo místico (el mismo Freud nos había explicado cómo entre el guía y la masa se crea un vínculo emocional, muchas veces nefasto).

Resulta obvio que no estoy satanizando prácticas milenarias como el yoga o la meditación. Mucho menos estoy deseando polemizar con sistemas religioso/filosóficos como el hinduísmo o el budismo. Estoy intentando denunciar el peligro que corremos cuando confiamos, ciegamente, en personas que se presentan a sí mismos como maestros, profetas, gurus y/o yoguis o yoginis (que en todo caso son términos reservados para practicantes muy avanzados y por lo general bajo la tutela de un reconocido maestro).

Yo no sé si Dios -o el panteón de deidades orientales- existen. Menos tengo idea si después de la muerte me estaré perdiendo de esos bellos parajes que suelen prometer los sistemas de fe. Lo que sí sé es que allí afuera se encuentran cientos de nuevos «profetas», anuentes a engañar a todo aquel que necesite creer en algo sobrenatural y exótico.

La ley de la atracción existe. No tengo duda. Vean la cantidad de dinero que amasan las iglesias, así como la proliferación de centros «espirituales». Está clarísimo que cuentan con la capacidad de ATRAER… gente deseosa de estar mejor y, quizás por eso, mucho más fácil de embaucar.

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / Facebook

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *