Una de amor, dolor, romanos y «santos»

Febrero, mes del amor y la amistad… para algunos. Para otros, el mes del consumismo y el mercadeo. Incluso, podría ser el mes del simulacro para una que otra pareja. De marzo a enero: pleitos, irrespetos, engaños, insultos. En febrero, más o menos cerca del pago de primera quincena, «mágicamente» todo mejora. Del hastío se pasa a la emoción. Del egoísmo, al deseo de chinear. De la negligencia a la atención. Pero esperen. Empecé por el final. Déjenme compartir un poquito de historia.

¿Ustedes conocen el significado del vocablo «católico»? Católico proviene del griego. Eso quiere decir que el vocablo existía mucho antes de la aparición de los católicos. Mucho antes incluso del nacimiento de Cristo. Católico significa universal. Era una cualidad. Cuando se quería hacer referencia a algún elemento presente en todo lugar, se decía que dicho rasgo era católico.

Sabrán ustedes que existió un imperio antiguo inmensamente poderoso, el romano. Su meta: conquistar el mundo. Tomaron de aquí y de allá (filosofía, arte, ingeniería, mitos y creencias) con lo cual lograron enriquecer su visión de mundo. Eran politeístas (creyentes en diversas deidades), tremendamente influenciados por el paganismo de la época: creyenceros, ritualísticos, agüizoteros.

Los romanos tenían alguna celebración para todo, algún rito con el cual perseguir algún efecto. El segundo mes de su calendario era uno fundamental y considerado un mes de purificación. En él se llevaban a cabo una serie de fiestas y ceremonias llamadas «februas» (de ahí el nombre: febrero). La februa era una tira confeccionada con piel de cabro, la cual era utilizada para azotar a las mujeres jóvenes, con el propósito de activar su fertilidad. A mayor cantidad de latigazos, mayores posibilidades de procrear. Era un honor quedar con los fajazos pintados por todo el cuerpo. Luego de esto, la muchacha en cuestión se convertía en alguien deseable.

Recuerden que al ser humano, como a todos los seres vivos, lo que les interesa es perpetuar la especie: cruzarse. Así que, romanticismos aparte, en tiempos romanos, febrero era el mes para fomentar las condiciones gracias a las cuales seguir aumentando su número. Las doñas sufrían con la esperanza de ser elegidas. Ah, perdón, la celebración principal se llevaba a cabo el 15 de febrero.

La historia continuó, los romanos decayeron, el cristianismo empezó a tomar poder (político) y se dio una especie de sucesión: el nuevo imperio, como todo imperio sediento de conquistar se propuso una tarea ambiciosa: convertirse en la fe «universal». Ahí aparece el famoso catolicismo. En el siglo V d.C., al papa de turno se le ocurrió que podía utilizarse la fecha en la que los romanos azotaban a las mujeres jóvenes, bajándole el tono y planteando algo más «light»: se inventaron un santo y propusieron una celebración menos sangrienta: San Valentín.

A propósito de historias, ahora clínicas, no son dos ni tres las veces que escucho a alguien «defendiendo» su actual relación. Ustedes pensarán que estoy siendo sarcástico, pero les juro (por San Valentín y el resto de santos inventados) que no es así. Ojo la confesión: «viera que buena relación la mía. Casi no peleamos». Otra versión: «yo me saqué la lotería doc, mi pareja no tiene vicios ni la he agarrado siéndome infiel» (sí, tienen ustedes razón, no está asegurando que no le ha sido infiel, sino que no lo ha descubierto). También he escuchado cosas como «nunca me ha pegado», o «hasta paga una parte de los gastos». Yo podría continuar, pero sé que ya captaron.

Dejando de lado las personas que no quieren estar solas, me preocupa en este momento mucho más los que saben que su actual relación se volvió un ejercicio masoquista y decadente y, aún así, se mantienen allí. Estas son las personas que reactivan el mercado de chucherías, aparatos electrónicos y restaurantes a mediados de febrero: «quizás si le regalo las nuevas llantas de la bici quiera pasar más rato conmigo», o «voy a aprovechar el boleto de $100 que acaba de salir, se lo voy a regalar, y como dice que quiere darse un respiro, le voy a decir que vaya sin mí». Ustedes saben cómo terminarán estas historias…

Partiendo de la premisa de que San Valentín no existió, mas que en la creativa cabeza de algún frailecito medieval, podríamos utilizar este mes de febrero para purificarnos, pero sin dolor. El dolor no es una vía de trascendencia; no una sana, al menos. Podríamos purificarnos, clarificarnos, tomar control sobre nuestra existencia y aceptar que lo que nos sucede es responsabilidad nuestra y -si nos continúa sucediendo- no será por la suerte ni el destino.

Seamos honestos. Algunas parejas parecen romanas, por esa loca necesidad de perpetuar el sufrimiento. Así los únicos que se van a beneficiar son los ciclos, las agencias de viajes y los abogados especialistas en divorcios.

Allan Fernández, Psicólogo / Facebook

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