Yo ya me jubilé.

Hace un par de años, mientras esperaba el inicio de alguno de los programas deportivos que fervorosamente sigo a diario, escuché a un médico que hacía la distinción entre jubilarse y pensionarse. Pensionarse -es lo que entendí- significa aceptar una decisión que otros -mis empleadores- toman por mí. Jubilarse es empezar a vivir una parte de tu vida con júbilo, con alegría. Se acabaron los “deberías”. ¡Podrán imaginar por qué dicha explicación captó mi atención!. Privilegiar el deseo sobre el deber. Hacer cada día más cosas que quiero hacer y menos de las que “tengo que”. Mi filosofía de vida.

Un mes atrás, escuché un anuncio sobre un plan de pensiones. Decía más o menos así: “¿no le gustaría dejar de tener horarios, viajar, descansar, estar más tiempo con sus seres queridos, dedicarse a lo que siempre quiso hacer, sin tener que preocuparse por el cómo?“. De pronto sentí una gran alegría mezclada con orgullo: “¡Lo logré! ¡¡Me jubilé en mis cuarentas!! ¡¡¡Yo sabía que se podía!!!. Es feo que yo mismo lo diga pero, mi rebeldía hacia el sistema hoy demuestra ser una rebeldía con causa: “el que invierte su vida haciendo lo que debe, podría no tener luego tiempo para hacer lo que desea“. No es una frase célebre. Se me acaba de ocurrir.

Les quiero compartir mi fórmula, podría servirles: primero necesitan contar con unos papás que los apoyen hasta en sus proyectos más locos. En la adolescencia tienen que experimentar y experimentar y experimentar. Con un cerebro medianamente normal contás con la capacidad de discriminar cuáles experimentaciones tienen sentido y cuáles no. En la temprana adultez es fundamental no comprometerse con nadie. No estás en condiciones psicoevolutivas para sostener semejante presión. Te toca enfiestarte, trasnochar, vivir relaciones sin ningún futuro y si pueden, viajar muchísimo (esto no lo hice, pero estoy tratando de ponerme al día con mi esposa e hija). Sería importante no perder tiempo estudiando algo que no te atraiga y no está de más -ya que no todas las enseñanzas son agradables- vivir la experiencia de ser empleado. Esto último te va a servir para que, en el momento que dejés de serlo, sintás la inmensa diferencia entre ser un “colaborador” y no serlo. No hay punto de comparación.

Cuando empezás a rozar los treintas, como has tenido un poco más de una década para vivir la vida loca, poco a poco verás cómo te vas tranquilizando. La escena de humo de cigarrillo y conversaciones sin ningún sentido, aderezadas con música que no te gusta, dejan de ser atractivas. Ya para esto te graduaste, sabés lo que querés o al menos ya tenés claro lo que no querés, tendrías que haber vivido solo varias temporadas (¡¡¡esto es fundamental!!!) y se acerca el momento de tomar ciertas decisiones que van a marcar el resto de tu existencia. Ya has tomado algunas, pero las anteriores solo te afectaban a vos. De acá en adelante, dependiendo de lo que decidás, aparecen otras personas en la escena y tenés que asumir tu responsabilidad. En realidad no “tendrías que”. Se supone que sos un ser que aspira a estar mejor y esto implica tomar conciencia de tus actos.

Si te vas a “embarcar” (en el sentido correcto del término, entiéndase viajar de un punto a otro) en una relación formal, no puede ser con cualquiera. Tiene que ser alguien que admirés, que te gusten sus temas de conversación, que su sola presencia te alegre y su recuerdo te revitalice. Si no sentís esto, será mejor que estirés un poquito lo que venías haciendo en los treintas. Quizás no es tiempo. Incluso, podría no ser parte de tu proyecto de vida. Y si además de lo anterior te vas a lanzar al mundo de la paternidad -o la maternidad- tenés que estar seguro que lo estás haciendo con la persona indicada y por las razones correctas. ¿Cuándo es eso? Cada quién tendrá que descubrirlo.

Luego alcanzás los cuarentas y te das cuenta que te volaste la mitad de la vida, lo cual, más que preocupación, te hace sonreír. Todo lo vivido ha tenido sentido. Si quitás cualquier escena se pierde la suerte de continuidad de tu existencia. No serías quién sos si te hubieras brincado cualquiera de tus días. Te queda -estadísticamente hablando- más o menos la mitad para disfrutar -con los que te acompañan- lo que has logrado. No tendrás que trabajar, ya que tu oficio no se siente como tal. Tenés más tiempo y menos energía, y está bien.

Ah, casi lo olvido, ¡¡¡necesitás un pasatiempo que te apasione!!! En mi caso, la música.

Esto se lo dedico a mis papás, a mis exjefes, a mi esposa y especialmente a mi hija, a quién le estoy tratando de enseñar mi filosofía de vida.

Allan Fernández

www.facebook.com/psicologoallanfernandez

2 Comments

  1. Rosaura

    Qué lindo este escrito, Allan. Yo llevo un par de años, gracias a tu excelente guía, de estar viviendo mi sueño de vida. No ha sido fácil, no ha sido todo pura fiesta, pero es pura energía, felicidad, aprendizaje, experiencia, crecimiento, alegría. Quisiera tener mil años más por vivir. Hay tantas cosas que no hice en mis 20s que quiero hacer. Hay tanto que puedo dar. Hay tanto qué agradecer. La vida es bellísima y vale la pena, cada segundo, vivirla plenamente. Es genial saberme empoderada y en posibilidades de ir por todo eso que me merezco.

    • Allan

      Te agradezco tanto la confianza como la reflexión Rosaura. Como bien dice el biólogo Aubrey de Grey: “la muerte es un problema ingenieril”. Pronto escribiré al respecto. Saludos.

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