Algo mucho (pero mucho) más importante que el amor

Hace unos días mi esposa me contaba la historia de un conocido suyo, el cual aparentemente -es lo que se observa a través de redes sociales, lo cual no es una fuente necesariamente fidedigna- logró cristalizar una relación en condiciones que no parecían favorables. Luego de una buena seguidilla de experimentos fallidos -ya saben que no me gusta llamarle “fracasos”- consiguió toparse con alguien con quien da la impresión se encuentra bien. A mí sólo se me ocurrió preguntarle la edad del tipo en cuestión. Al compartirme la respuesta, de un modo no demasiado pensado, dije: “a cierta edad la tranquilidad es mucho más importante que el amor“. No sonó muy romántico, pero puedo jurarles que fue honesto. Ella no lo tomó mal. Tenemos casi tres décadas de conocernos.

Las edificaciones requieren bases fuertes, si es que no quiere uno arriesgarse a perder todo lo invertido, de un momento a otro. De allí se desprende que, al colocar algo externo -sea la pareja, el trabajo, los recursos financieros, el carro, etc.- como pilar, se correrá siempre el riesgo de que eso -ese o esa- al correrse, comprometa la estabilidad de lo construido. No se necesita poseer muy profundos conocimientos en ingeniería civil para comprenderlo. Tan importante es el terreno sobre el que se va a construir, como los materiales a utilizar. Para la ingeniería los buenos deseos y/o intenciones no tienen valor alguno. En eso la vida se parece a la ingeniería.

La vida“, ya me puse metafísico. ¿Qué es la vida? Bueno, digamos que la vida no es ni lo que nos ha sucedido -eso se llama pasado- ni lo que podría llegar a sucedernos -eso se llama futuro-. La vida es lo que nos está sucediendo en estos precisos momentos. Mi vida, ya, es estar digitando mientras me tomo un café. La suya es estar leyendo esto con mayor o menor concentración. Vida y presente son familia cercana. Son gemelos.

En muchos textos, ponencias, publicaciones y memes se resalta la importancia de la pasión. Yo creo entender a qué se refieren, sin embargo se equivocan. Basta ponerle atención al origen (etimología) del término y sabrán que, para no decir que no es del todo interesante, es imposible de sostener en el tiempo. Pasión proviene de “pati“, término latín referente al acto de sufrir, de padecer, de soportar. De hecho es un acto extraño, es un acto pasivo. Eso quiere decir que una persona atrapada por la pasión es manejada desde el exterior. La pasión es arrebato. El apasionado lo es en la medida que no puede controlar eso que lo impulsa. Apasionarse es sufrir. Las pasiones generan dolor.

Sin embargo, como les decía antes, entiendo de dónde proviene todo eso de ensalzar la pasión. Se nos quiere hacer creer que dicha fuerza es una energía que nos impulsa, que nos dirige hacia adelante. Pero no es así. Conozco cientos de personas que se encuentran chapaleando en el mismo lugar desde hace años. Muy apasionados y a la vez muy estancados. Inertes, atrapados, estancados. Las escenas pueden ser varias: árboles genealógicos, trabajos, profesiones, relaciones sentimentales, sistemas de fe, drogas, estructuras mentales, etc.

Mi primera -y se que algunos piensan mi única- referencia intelectual, Sigmund Freud, en un textito de 1924, propone una categoría conceptual fascinante, a saber, “el masoquismo moral“. Para no ponerme muy magistral, digamos que masoquismo moral es algo que procede de nuestros lados más oscuros. Es una búsqueda de sentir algo… aunque sea sufrimiento. Hay muchos modos de verlo. Pero podemos pensar en esos momentos en que sabíamos que estábamos a punto de cometer un acto incorrecto y, sin embargo, pudo más la tentación que la razón. Allí no se busca (solo) la satisfacción. Es un combo más complejo y profundo. Se busca satisfacción, sufrimiento y de postre, castigo -sea proferido por otros o por el infractor mismo-. Como podrán ver, el ser humano, ignorante de todo eso que carga por dentro, toma decisiones que seguramente no le recomendaría a otros. Somos buenísimos observando las neurosis de los otros…

Pero, yendo de vuelta al título, ¿cómo se consigue la tranquilidad? Se bien cómo NO se consigue. No conozco a una sola persona honestamente tranquila que asegure haberse tropezado con ella. Acá no hay suerte, intermediación divina, nada del orden de lo milagroso y/o espontáneo ni atajo confiable. La tranquilidad tampoco procede de lo externo -si esto le asombra, devúelvase al segundo párrafo-. La tranquilidad es un producto que requiere de todo un proceso. Es algo ingenieril, no mágico. Se requiere trabajo. Y, ¿recuerdan de la fórmula para calcular el trabajo? W = F * d. La tranquilidad requiere de mucho esfuerzo, mucha introspección, mucha meditación, mucha constancia y mucha paciencia. Pero vale la pena. Se parece al esfuerzo que toma subir una montaña. Cuando estás arriba, ves todo mejor.

Conócete a tí mismo y conocerás al universo… y a sus dioses“. No lo olviden. La clave para alcanzar la tranquilidad proviene del auto-conocimiento. No está en un libro, ni en una relación, ni en una cuenta bancaria. Es una cuestión de investigarse por dentro y, como podrán imaginar, nadie puede recorrer ese camino por nosotros. Entonces, ¿QUÉ ESPERAN?

Ahora que se volvió tan famoso todo el rollo del estoicismo (lo cual me parece genial), les dejo, a modo de motivación -no es mi fuerte-, una reflexión de Séneca, que creo tiene algo que ver con todo esto: «Se llama tranquilo al espíritu que avanza siempre con rumbo inalterable y venturoso, que se muestra favorable a sí mismo y mira contento sus bienes».

Allan Fernández, acompañante y orientador filosófico / Podés seguirme a través de Instagram y Facebook

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