Breves reflexiones sobre el miedo

Sin la capacidad de sentir miedo, ni usted estaría leyendo esto, ni yo habría podido llegar hasta este momento en que lo escribo. El miedo es un mecanismo, el cual se ha ido sofisticando con el pasar de las eras. El homo sapiens, en tanto ser vivo, le debe al miedo la oportunidad de no haber perecido en tantas situaciones en las que morir era una posibilidad real. Y no solo me refiero a nuestra niñez, en la que aún no sabíamos lo poco saludable que resulta abalanzarse a una piscina sin saber cómo nadar (o al menos flotar). Me refiero al presente, a lo cotidiano. Cuando usted intenta cruzar una calle y un vehículo, sea por imprudencia del conductor -o suya- pasa cerca suyo, su sistema nervioso se encarga de generar toda una serie de reacciones que buscan, entre otras cosas, que usted no vuelva a ponerse en riesgo. Que aprenda, que obtenga algo del evento que recién ocurrió. Es que a la especie no le conviene que usted muera. No es algo sentimental. Es algo biológico.

Pero hay miedos de miedos… hay momentos donde lo lógico, lo esperado es precisamente sentir miedo. Cuando usted o yo nos asomamos a un espacio vacío desde un punto de altitud, lo lógico es que nuestro sistema nervioso nos haga dar un par de pasos hacia atrás. No tenemos que haber sido brillantes estudiantes de física para saber que, una vez abalanzados, la fuerza de gravedad, en conjunto con la cantidad de metros desde el punto en que nos encontramos hasta el suelo, conspirarán en contra de nuestra vida. No necesitamos comprobarlo. Lo sabemos. Lo hemos sabido por siglos. Nos conviene saberlo.

Pero existe otro miedo. Existe también el miedo diseñado para controlar. ¿Realmente desean controlar a alguien? Háganlo sentir miedo (las religiones han hecho millones de dólares con esta estrategia). Prometan castigos, debacles, escenas apoteósicas y les aseguro que esa persona, tarde o temprano, irá viendo su fuerza vital disminuida. El miedo es tan pero tan arcaico, que cada vez que algo nos genera temor nos convertimos inmediatamente en la versión más básica de nosotros mismos. Nos convertimos en nosotros, versión 1.0.

Un querido amigo me decía hace un par de días: “yo lo único que sé es que vamos a morir“. Yo le contesté: “pero, por supuesto, ¿quién no?“. Él se refería al presente. Yo me refería al futuro de todos, tarde o temprano. No quise atemorizarlo. Me pareció un momento adecuado para sentar una afirmación que no permite cuestionamiento alguno. Freud 101: reconocer nuestra finitud nos encabrona. No nos gusta recordar que el tiempo de todos se agota. Quizás, utilizando una expresión que no recuerdo a quién escuché, todos somos enfermos terminales.

Reconozco el valor, en términos de instinto de preservación, del miedo. Lo que no me parece que deba confundirse es algo también imposible de negar: en este momento estamos vivos. Unos más jóvenes, otros quizás más enfermos. Algunos más motivados, otros más reacios, pero vivos igual.

Yo solo vine a decirle que ya no tengo ganas de seguir viviendo“, me han dicho varias veces en consulta. “No puedo creerle“, suelo contestar. El que ya no quiere seguir intentándolo no se toma la molestia -y el gasto- de viajar hasta un consultorio, para compartirlo con alguien que nunca ha visto. Allí se muestra el deseo. Tímido quizás, pero deseo al fin. Y mientras haya deseo, mientras haya pulsión, mientras haya energía vital, siempre habrá algo que se pueda hacer.

No está mal sentir miedo, no está mal reconocerse extraviado. Requiere de un monto considerable de humildad existencial el aceptar que el rumbo prefijado no pareciera enrumbado a buen puerto. Nadie dijo que vivir sea fácil. Todos, citando una vez más a alguien que no puedo precisar, somos sobrevivientes.

Le encuentro poco valor al miedo por el miedo. Es que todos hemos pasado por momentos en que lo lógico era detenerse (me gusta poner el ejemplo de un GPS: si te extraviaste y tu sistema de localización deja de funcionar, no continuás en línea recta hasta que te quedes sin combustible. Te detenés y tratás de encontrar una solución supletoria). Pero dicha detención tiene un por qué. Esa pausa tiene una función: enmendar, corregir, rectificar, reiniciar.

El miedo, de convertirse en inquilino cotidiano en nuestro interior, acarrea un problema más: enferma. Nos enferma interiormente y nos enferma físicamente. El miedo es una reacción, recuérdenlo. No el estado habitual de un sistema nervioso.

El miedo se vuelve estrés, el estrés se vuelve ansiedad y la ansiedad se vuelve malestar. Por otro lado, en situaciones de riesgo de contagio, requerimos de un sistema inmunológico lo más eficiente posible. ¿Entienden qué estoy tratando de plantear? Se que sí, pero si no termina de ver la relación, puede revisar esta nota informativa: “así ataca el estrés al sistema inmunológico“.

No podemos decir que no contamos con métodos mentales gracias a los cuales fortalecer nuestro sistema inmune. ¿Cómo? ¿No lo sabía? Le pido que no me crea. Prefiero que revise información científica (dar click a este enlace o a este otro enlace).

¿Estoy yo asegurando que meditar neutraliza y/o evita el contagio de un potente actor viral? Por supuesto que no. Sonaría como curandero de fiesta patronal. Y es que en momentos como estos que estamos atravesando, si algo sobran son oportunistas con curas folklóricas, más o menos relacionadas con deidades, sean estas conocidas o exóticas. Lo que estoy intentando proponer es que ser controlado por el miedo no le ayuda ni a usted, ni a su cuerpo, ni a los que le rodean.

¿Conocen el fenómeno médico conocido como “remisión espontánea”? Quizás sí. Me refiero a tantos casos documentados en los cuales personas, médicamente desahuciadas, una vez se les pidió que aprovecharan sus últimos días de vida, vieron cómo este nuevo modo de conectar intensamente con la vida generó una desaparición o al menos reducción de su enfermedad.

Si tan solo tuviésemos siempre presente que lo que nos toca mientras estemos vivos es vivir…

Que el miedo no nos enferme. Que el viaje a nuestro interior no continúe postergándose. Que todos nos acerquemos a eso que andamos buscando.

Yo no se ustedes, pero yo no tengo tanta energía como para malgastarla temiendo…

Allan Fernández, psicólogo clínico y orientador filosófico / Podés seguirme a través de mi página profesional, Facebook y/o suscribirte a mi boletín.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *