Cuando nada tiene sentido

Fantasear con una vida marcada únicamente por la dicha y el gozo es eso… una fantasía. Pero no solo es una fantasía, sino que es una muy peligrosa fantasía. De lo poco rescatable de la oferta televisiva contemporánea, específicamente esa que nos ayuda a «seguir» a los famosos en su día a día, mostrar lo poco glamorosas que son sus vidas en diversos momentos e incluso, denunciar los malestares propios de la fama, ayuda al vulgo a comprender que nadie escapa a los infortunios de la existencia.

Si ustedes le pusieron atención al subtítulo de mi blog, habrán notado que se consigna la siguiente información: «ideas de un existencialista rehabilitado«. Este que les escribe se considera orgullosamente un existencialista. Es solo que pasé de ser un ultra-existencialista -como solía llamarme mi esposa, cuando éramos mejores amigos- a uno más matizado, menos atribulado si se quiere. Pero… esperen. No puedo asumir que ustedes sepan qué es el existencialismo. Déjenme y lo explico someramente.

Dentro del ámbito de la filosofía encontramos corrientes de pensamiento. Estas, por lo general, responden a momentos históricos. Algunas son reacciones a ideas ya concebidas. Otras son transformaciones de propuestas pretéritas. El existencialismo es una de ellas.  Su propuesta: de todo a lo que la filosofía -y por ende el hombre- debería ponerle especial atención, debe ser la existencia el objeto de reflexión privilegiado. El existencialismo decide salirse de la pregunta sobre la esencia y todo aquello que fascina a la metafísica -religiones incluidas-. Nada es más importante que la existencia humana. Nada. Nadie. No existe nada por encima de la existencia. El hombre es libre y por esto debe hacerse cargo de lo que le sucede y lo que no le sucede. No puede esperar a que fuerzas sobrenaturales intervengan. No cree que existan. Toma su capacidad de pensar como la brújula que lo guía y desconfía de toda aquella promesa más allá de la razón. El más allá, para el existencialismo, es un sin sentido.

Jean Paul Sartre me sacudió a inicios de mis treintas. Sus ideas me sumieron en una verdadera crisis. Estaba completamente de acuerdo con él y, sin embargo, no me sentía más tranquilo. Por el contrario, mi sensación de incomodidad se acrecentó. Podría decir, para utilizar un concepto suyo, que no me quedó más que aceptar la náusea, incorporarla, metabolizarla. La vida humana tiene aspectos insoportables, totalmente ilógicos. «Injustos» incluso. ¿Vieron las comillas? Si no contamos con un ser sobrenatural que equilibre lo que sucede, la justicia -a nivel existencial- se convierte en una quimera. En síntesis: me asumí como ultraexistencialista. Desarrollé el nada gracioso arte de observarle a todo sus aspectos negativos. Y los positivos… no me interesaban.

Con los años me fui transformando en un existencialista con menos ruido interno. Continúo pensando que la existencia merece toda posible reflexión, pero también debemos pasar de la idea al acto. La existencia es para experimentarla. Años después logré incorporar la filosofía a la psicoterapia, sin saber que eso ya existía y le llamaban «orientación filosófica». Dejé de llamarles «pacientes» a las personas que me visitaban. Eso sonaba demasiado médico, demasiado desigual. Me siento más cómodo al llamarles «consultantes». Ustedes pueden pensar que es una cuestión semántica. Pero no es así. Aquel que consulta me brinda su atención. No llega a mostrarme su patología, sino su deseo de evolucionar, de trascender -no en sentido metafísico-.

Se que existen momentos en que nada tiene sentido… créanme. He andado por allí cientos de veces. Pero sé también que muchas personas han atravesado parajes así de oscuros y, gracias a su inteligencia y pasión, salieron para compartir con nosotros lo que aprendieron. A esos seres les llamo filósofos.

Termino con la reflexión de uno de los padres del existencialismo: «la mayor responsabilidad del ser humano radica en vivir su propia vida de forma pasional y sincera, pese a los mil obstáculos que puedan presentarse» (S. Kierkegaard).

Allan Fernández, Psicoterapeuta / Facebook

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