De la (inalcanzable) felicidad a la más (realista) dicha

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Desorden, estrés, traumas. Me ha impactado mucho el leer que esta época que intentamos vivir, en algunos puntos, recuerda esos momentos de la historia en la que recuperarnos tomó ingentes esfuerzos. «Estrés post-traumático» (PTSD, por sus siglas en inglés), categoría hasta hace poco tiempo relacionada con personas directamente envueltas en conflictos bélicos. Ya luego se fue ampliando su uso, permitiendo ser utilizada en situaciones altamente desgarradoras: abuso sexual, desastres naturales, accidentes fatales, etc.

¿Existirá algún ser humano que no cargue algún trauma, sea este conscientemente reconocido o inconscientemente oculto? Poco probable. ¿Y alguno que no se encuentre rodeado de personas y situaciones potencialmente estresantes? Quizás existirá alguno en algún monasterio, situado en una alta y fría montaña, protagonista de una bella -y poco realista- novela. Y, por último, ¿habrá alguien que haya logrado «ordenar» todo eso que, según él o ella, le daría un mayor grado de bienestar, una vez ordenado? No conozco a nadie que ni siquiera roce ese perfil.

La psicología no me alcanzó. Se los he contado varias veces. Con el psicoanálisis me sucedió algo similar. La primera era poco integral. El segundo era demasiado histórico. Aún y cuando me siento profundamente dichoso al haber podido internarme en ambos campos del saber humano (aún lo hago, por pasión y deseo de actualización), sentía que la disección propuesta por las psicologías y los psicoanálisis (porque son varios, no hay «una» psicología, así como tampoco existe «un» psicoanálisis), motivada por el deseo de conocer el alma humana, se quedaba corta. Y por favor no me mal entiendan. La conducta y el comportamiento son importantes, los procesos cognitivos también. El poder convertir el inconsciente en palabras genera un potencial beneficio en el hablante. Lo sé por experiencia, tanto personal como profesional. Las psicologías y los psicoanálisis justifican su existencia por el hecho mismo de encontrarnos -desde el momento de nuestra gestación hasta el segundo final de nuestras vidas- rodeados de personas con problemas. Y es que, si no lo tomamos de un modo pesimista, todos tenemos problemas (algunos más cotidianos, otros más existenciales). «Todos sufrimos». Budismo 101. O, como bien escuché alguna vez decir al pensador norteamericano Sam Harris: «todas las personas que nos topamos están teniendo una desagradable conversación en sus mentes… en todo momento«.

Sam, filósofo, neurocientífico, ateo y meditador

Entonces, si todos sufrimos y si nuestra mente no es más que el sitio de reunión en el que se sostienen discusiones que no nos llevan a ningún lugar más que al desgano y el nihilismo, y si algunas veces las psicologías y los psicoanálisis terminan prometiendo más de lo que pueden alcanzar, ¿queda alguna salida? Sin duda. Siempre queda una salida. Siempre ha existido. Se llama filosofía.

Se bien que muchos de ustedes, de la filosofía, lo único que recuerdan es que no pueden olvidar esas traumáticas lecciones, sea que los hayan obligado en la secundaria (como casi todo lo que sucede en la adolescencia) o les hayan embutido algún curso de filosofía en alguna malla curricular, el cual, podrían ustedes haber sentido que no guardaba relación alguna… con nada. Lo sé. Es una experiencia desafortunadamente común (normal, en sentido estadístico). Acá también nos prometen más de lo que recibimos: lo que pudo haber sido una clase para aprender a vivir, se volvió un insoportable, un cansino curso de historia, impartido por alguien que ni siquiera transmitía algún grado de maestría en eso de vivir bien.

Y es que lo que acabo de sostener, si se lee con cuidado, ustedes y yo lo anhelamos, desde hace mucho tiempo, quizás desde siempre. Vivir… pero vivir bien. No sobrevivir. Vivir (con mayúscula). Y no es que no se pueda vivir mal, ¡claro que se puede! Estamos en todo nuestro derecho de sufrir, si es que así lo decidimos. Es sólo que pareciera más atractivo sufrir menos o, al menos, no sufrir si no es estrictamente necesario, siempre y cuando, reitero, no se vuelva la norma. El martirio no me resulta apetecible.

Se puede utilizar la filosofía como pose, eso es claro. Podemos adoptar una imagen sombría, aderezada con infortunios y desencuentros, con el único propósito de transmitir un «look» que exude derrotismo por doquier. Es totalmente posible. ¿Deseable? Es cuestionable, pero, ¿posible? Sin duda. Todos podemos imitar a Schopenhauer o a Kierkegaaard, al menos a nivel de imagen. Ya emular sus niveles de profundidad no me parece tan sencillo. Pero puede intentarse. Que cada quien se haga cargo de su deseo e intente sostenerlo, como bien plantea el psicoanálisis -francés-. Pero también podemos intentar algún grado de búsqueda del bienestar… al menos parcial.

Hablando de franceses, vuelvo a traer a colación al filósofo André Comte-Sponville (por mucho, el autor que más me ha acompañado en estas épocas de encierros y contagios), cuando, quizás sorprendiendo al típico lector de filosofía, asegura que la filosofía puede ayudarnos a alcanzar mejores niveles (seamos honestos, a todos nos vendría bien estar un poquito mejor de lo que estamos). Su fórmula es relativamente sencilla.

El Dr. Comte-Sponville, ex-catedrático de la prestigiosa Sorbona

¿Qué busca la sabiduría?, pregunta el Dr. Comte-Sponville. Muy fácil. Busca conocer la verdad. ¿Y cómo les llamamos a las personas que al menos han rozado dicho estado? Les llamamos sabios. ¿Y qué caracteriza a alguien sabio? Que posee un conocimiento particular, producto no sólo de su estudio y reflexión, sino de todo lo vivido. ¿Y de qué le sirve al sabio dicho conocimiento? Le permite, en un primer momento, vivir cabalmente, vivir bien, vivir una vida con sentido -al menos para el sabio-. El sabio es sabio en la medida que vive como lo eligió. La sabiduría, entonces, es un saber que nos permite vivir. La filosofía, apropiadamente vivida (vean que no es un conocimiento intelectual, sino una guía de vida), nos permitirá, una vez interiorizada -metabolizada, puesta en acción- alcanzar una vida que valga la pena. Pueden ustedes llamarle una vida buena -que como bien señalaba un querido profesor, no es lo mismo a una «buena vida»-, una vida ética, una vida filosófica. Una vida que nos permita sufrir menos.

El Dr. Comte-Sponville no teme asegurar que si la filosofía no nos puede decir algo medianamente útil sobre la felicidad, habría sido un esfuerzo inútil el de estos 24 siglos (25, si incluimos el conocimiento proveniente de oriente). ¿Y qué podría decirnos la filosofía de la felicidad («eudeimonia», como bien le llamaban los sabios griegos)? Bueno, entre otras cosas nos recuerda que ser felices 24/7 es una empresa titánica, la cual podría acarrearnos más frustración que bienestar. Nos recuerda también (fíjense de nuevo en el título de esto), que podemos intentar sentirnos dichosos por lo que nos sucede (no por todo lo que nos sucede, lo cual resultaría ridículo, sino por aquello que consideramos deseable). La dicha, asegura este pensador, es totalmente accesible -aún y cuando instantánea-. La felicidad, al menos episódica, está atravesada por muchos vectores (el destino, la suerte, el azar, el sentido común, las personas que nos rodean, las decisiones que tomamos, la historia que nos formó, nuestras expectativas, etc.). Y, si somos honestos y superamos el deseo de transmitir una imagen oscura, todos hemos sido felices en varios momentos de nuestra vida. Quizás no todos los que habríamos querido («somos seres siempre incompletos», Psicoanálisis lacaniano 101), quizás no con las personas que habríamos querido compartir dichos instantes. Quizás ni siquiera del modo en el que lo planeamos. Pero hemos sido felices. Instantáneamente felices. Inesperadamente felices. Humanamente felices.

Experimentar dicha es un ejercicio consciente. No es algo que vayamos a alcanzar manifestándolo. Nos toca poner-nos atención. Nos toca dejar de mentirnos. Nos toca bajar -bastante- esa loca barra llamada «felicidad plena». Nos toca aprender a aceptar («contentment», palabra clave). Nos toca dejar de sostener poses. Nos toca conocernos un poquito más y fantasear un poquito menos.

Yo continúo utilizando lo que la psicología y el psicoanálisis me aportó. Hoy en día lo fusiono con esa gigantesca fuente de conocimiento llamada filosofía y eso, se los puedo asegurar, me genera mucha dicha. Ahora toca intentar compartir eso con otros que, al igual que yo, desean experimentar más dicha, por más tiempo. ¡Que todos ustedes logren ser más dichosos de lo dichosos que son hoy!

Allan Fernández, Asesor Filosófico y Máster en Psicología Psicoanalítica / Si querés sostener una consulta individual para profundizar en esto, podés contactarme a través de este enlace. También podes seguirme a través de FacebookInstagram y/o visitar mi página profesional.

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