El lado oscuro de la depresión

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Es realmente difícil encontrar una solución a aquello que ni siquiera conocemos. Y, a falta de conocimiento, al menos deberíamos ser precisos a la hora de utilizar términos que podrían -peligrosamente- inducir a error. Ya hace algunos años intenté explicar cómo «Tristeza y depresión no es lo mismo«. También, quizás como un modo de llamar la atención sobre el peligroso incremento en el consumo de psicofármacos (no siempre prescritos por el conocimiento clínico de profesionales en medicina), publiqué algo titulado «la medicación de las emociones«. Mi interés era uno, a saber: educar. No sería ético satanizar el uso de una ciencia tan pujante como la farmacología. Sólo debemos sentar las competencias de un modo adecuado: están la tristeza, las pérdidas y los duelos y para esto algunas veces debemos permitir que el tiempo haga su parte, algunas acudir a la psicoterapia y otras -más dramáticas- lo que compete es convocar a la psiquiatría (algunas veces incluso deben acompasarse ambas intervenciones -terapia y fármacos-, dependiendo del grado de complejidad -malestar- del caso en cuestión). Como podrán ver, las fórmulas, una vez más, demuestran su total inutilidad en esto del mundo interno humano. Lección 101 del ámbito clínico: cada caso es único, de ahí que haya que tomarlos -y tratar de entenderlos- uno a la vez.

De la depresión (acompañada o no de ansiedad), pasamos, sin tener muy claro por qué, a presenciar el incremento de un padecimiento que ya había abandonado los ambientes en los que discutimos los malestares del Homo Sapiens. Todos tuvimos que estudiar sobre ella, sobre todo en los cursos de historia de la clínica. Los que nos formamos en psicoanálisis recordamos al doctor Freud intentando determinar qué era (entre 1915 y 1917) y, si nos remontamos a los inicios de la medicina (en aquellas épocas en las cuales filosofía y medicina no eran ámbitos divorciados), podemos invocar a Hipócrates y su intento de explicación de los humores -sustancias-, según sean unos u otros los más presentes en el organismo del sufriente. Ya luego vendrá Galeno a retomar esta idea, gracias a la cual se permite establecer una arcaica -pero no por eso carente de valor- teoría de las personalidades. Me refiero, asumo que ya algunos de ustedes lo habrán anticipado, a la enfermedad llamada MELANCOLÍA (del latín «mélas» «kholé»: bilis negra, mal humor). En la época moderna, melancolía vendría siendo una tristeza exagerada, una envolvente, una casi imposible de aliviar. Una tristeza de todo y de nada.

De la melancolía no sabemos mucho, principalmente porque las personas aquejadas de dicha presentación ya no cuentan con la energía necesaria para -al menos- solicitar ayuda profesional. El hartazgo, la brutalidad del cansancio que les acompaña, el total desinterés por todo lo que suele interesarle al resto de los mortales, los convierte en pacientes de muy reservado éxito terapéutico. Su «drive», su empuje, su energía vital queda reducida a tiempos míticos, ya hace mucho abandonados. En clave freudiana podemos decir que libidinalmente el melancólico no desea ya nada. O, utilizando el término con cuidado, desea la nada, el quietismo total, la detención absoluta. Podrán comprender cómo la muerte puede asomarse de modos seductores en situaciones como ésta, prometiendo un alivio a ese pesado fardo llamado existir (atención especial a la posible relación con el suicidio). El melancólico no perdió. Simplemente considera el «hacer» (lo que sea) como un malgasto de energía con que -además- no siente contar. Sus reservas -psíquicas- se sienten totalmente vacías. En una época en que competir lo es todo, el melancólico no desea ser tomado en cuenta, ya que le resulta imposible embarcarse en cualesquiera esfuerzo.

A todos aquellos comprometidos con el bienestar psíquico, la melancolía nos presenta un problema a resolver, a saber: ¿cómo intervenir? Si las psicoterapias clásicas logran poco y las farmacológicas tampoco se muestran muy esperanzadoras, ¿qué podemos ofrecer a aquella persona que sólo quiere que ya no le ofrezcan nada? ¿Cómo luchar con esa sensación absorbente de languidez?

Hay mucho aún que podemos hacer. Podríamos empezar por no juzgar y menos aún culpabilizar a los que lidian con esta pegajosa sensación que he intentado retratar. Podríamos recordar que nuestras tristezas y dolores más lacerantes sumados quizás no dan ni una pequeña parte de lo que el melancólico experimenta día a día. Ser más humanos, más compasivos. Del lado de los operadores (profesionales en salud mental), podríamos ir más allá del diagnóstico, ofrecer un acompañamiento mucho más respetuoso, mucho menos ególatra. La melancolía (lo digo por experiencia profesional) me ha enseñado que alcanzar «éxito clínico» no es siempre lo más importante. Estas personas desean «caminar» en silencio y de modo muy lento. Si no contamos con la paciencia necesaria, será mejor reconocer nuestros propios límites clínicos (no tendría que ser un problema, todos los tenemos).

Sin duda -es mi opinión personal, no estoy hablando en nombre de ningún gremio- la melancolía se presenta como el lado oscuro de la depresión, ese que no siempre se deja ver. Ese que sólo se siente, ese que frena todo impulso hacia adelante. Estamos en presencia de un padecimiento que quizás provenga de los ámbitos de la psique aún no descubiertos (no son pocos los investigadores que plantean la melancolía como un quebranto de orígenes genéticos). Pero, más allá de su procedencia, puedo asegurarles que los montos de dolor son altísimos. No hay en la melancolía ningún deseo de dramatizar, ya que es quizás la presentación mas dramática dentro de los malestares relacionados con el deseo de vivir.

¿Qué hago yo cuando alguien me solicita acompañarle en estos casos? Pues tenderle la mano. Es lo menos que puedo hacer. Nadie quiere sentirse así y yo confío en que haya algo que pueda iluminar el ya oscuro camino del melancólico. Somos agentes terapéuticos de nosotros mismos, si nos atrevemos a buscar. Y ese es mi trabajo: acompañar a los que buscan.

Sea éste un muy humilde homenaje a los que lidian día a día con esta condición y a los que les rodean. Espero de corazón que pronto ese peso existencial ceda… al menos ligeramente.

Pd: dije en el segundo párrafo que no sabemos muy bien por qué la melancolía ha aumentado, pero eso no es totalmente cierto. Creo que sí sabemos. Somos parte de un sistema en el que sólo vale y es admirado el que produce y eso, para los que no cuentan con la energía mínima necesaria, debe ser desesperante y altamente frustrante.

Allan Fernández, Psicoanalista y Asesor Filosófico / Si querés sostener una consulta individual para profundizar en esto, podés contactarme a través de este enlace. También podes seguirme a través de FacebookInstagram, suscribirte a mi boletín y/o visitar mi página profesional.

Foto de Daria Kruchkova en Pexels

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