El problema al ser 2

Tiempo de lectura estimado: 16 minuto(s)

Existir no es fácil. Bueno, para algunos quizás lo sea (estrategias para no preguntar-nos existen muchas). Pero, aún echando mano a las más sofisticadas estrategias de distracción -el inventario continúa creciendo día con día-, llegará ese momento donde «ser» se vuelva problemático. Esta interrogante puede provenir de al menos 2 flancos: interna (quién soy?) o ambiental (qué seré para los otros?).

La búsqueda de ese «yo» que vendría a contestar dicha pregunta existencial se vio problematizada hace un siglo, cuando aquel neurólogo vienés, luego de escuchar cientos de pacientes lidiando con sus vidas, profirió algo que, dependiendo de nuestro ánimo, puede tomarse como maldición o como descubrimiento: «el yo no es amo en su propia casa«. A saber, lo que conscientemente creemos saber de nosotros, está atravesado por un algo que problematiza, que incomoda, que modifica, que esconde. A ese algo, gracias a Sigmund Freud, solemos llamarle «lo inconsciente». El Homo Sapiens sabrá muchas cosas, pero de sí mismo, sabe pocas y, las que sabe, podrían no ser muy verídicas.

Que el hombre sea un enigma para sí mismo no es una originalidad del siglo XX. Al contrario, el pensamiento -tanto el occidental como el oriental- tiene siglos de estar lidiando con esa pregunta. Lo que sabemos del universo se vuelve aún más precario cuando agregamos el universo interno que todos cargamos -y somos-. Aristóteles ya hablaba del microcosmos (nuestro interior), del macrocosmos (este espacio que habitamos) y de las relaciones y correspondencias entre uno y otro, motivo de todo tipo de especulaciones (más o menos esotéricas). Desde la astrología, pasando por la alquimia y llegando hasta Jung y sus misticismos, nos topamos con cientos de momentos en la historia en los que intuimos que eso que somos está afectado por el sitio en el que nos encontramos y -por más arriesgado que parezca- viceversa.

Pero todo es más complejo. Siempre lo es. Pareciera una impronta de la existencia misma. Si yo no se muy bien quien soy y tampoco tengo tan claro qué tanto (me) afecta mi hábitat, debemos agregar una variable más a esta abigarrada ecuación: existen los otros. No estoy solo en este universo, lo cual podría haberme dado algún margen para concentrarme en la exploración, tanto de mi inmensidad psíquica, como del cosmos en que me encuentro -vayan ustedes a saber por qué-. No. Mis sentidos aseguran que aquí, en este punto en el que me encuentro, en este espacio-tiempo, el universo que percibo también está poblado por otros. Esos otros, huelga aclararlo, tampoco saben muy bien quienes son y podrían no tener una sola pista de qué andan haciendo acá. Son sujetos del inconsciente, incompletos como todos, buscando algo que no existe, fantaseando con sitios y situaciones que podrían nunca suceder o, más doloroso aún, que al vivirlas, sólo servirán para tirarnos a la cara que no eran tan fascinantes como las prefabricamos en nuestras propias mentes. El «valle de lágrimas» de la cristiandad, más que solución, pareciera describir la condición de todos aquellos que lidiamos con nuestros deseos y carencias.

Pasando a temas más ligeros, suele llamarme la atención ese mágico deseo de esperar que el año nuevo nos permita convertirnos en quienes, ya sea:

  • un día fuimos (lo cual es muy difícil), o
  • quienes nunca fuimos (el colmo de la locura).

No se ofendan, por favor. Yo creo que yo también, de un modo u otro, espero que cada nuevo año se sumen algunas victorias, se resten algunos defectos, se multipliquen los aciertos y se divida mejor la riqueza entre más y menos favorecidos, a nivel mundial. Es bastante infantil, si se piensa con cuidado, pero tengo la impresión de que todos fantaseamos con esa especie de atravesamiento, en el que el punto 00:00 que divide la noche del 31 de diciembre y el 1ro. de enero, nos va a conducir a un mejor lugar.

Ustedes se han preguntado de dónde proviene la palabra «enero»?. Enero es familia de dos palabras que ustedes seguro conocen: «Janeiro» en portugués y «January» en inglés. Estas a su vez proceden del latín «ianuarius», nombre del primer día del calendario romano, dedicado a la deidad «Ianus» (o Janus, o Jano). Jano era un personaje interesante, ya que entre otras excentricidades, poseía dos rostros, uno viendo hacia adelante (como usted o como yo) y uno extra en la parte trasera de su cráneo, lo cual le permitía ver, al mismo tiempo, hacia donde iba y de dónde venía (en algunas esculturas aparecen ambos rostros viendo, no hacia atrás y hacia adelante, sino hacia la derecha y a la izquierda).

Pero el asunto no termina ahí. Al ser un dios, no sólo podía ver lo que se encontraba al frente y a sus espaldas, sino que poseía la cualidad de poder «ver» el futuro y el pasado. Para los romanos, Jano servía como representación de los finales y los inicios. Era una especie de portero, de celador, de aquel que, a la par de una puerta, decidía quién pasaba y quién no. Al iniciar una contienda (y los romanos fueron particularmente famosos por su belicosidad y deseo de expansión), se le ofrecían ofrendas, para solicitarle que de cada guerra obtuvieran la victoria.

Considero que, mitologías aparte, Jano bien podría ser una apropiada representación de la psique humana. El Sapiens, gracias a su sofisticada neocorteza, cuenta con la capacidad de predecir -casi siempre por vía probabilística- el futuro, tomando como insumo todo aquello que ha vivido -el pasado-. Pero también puede significar otra cosa -de la que no tengo ninguna duda-: en nuestro interior (se los he mencionado en publicaciones anteriores-) no somos un ser, un único ser, una unidad. No. Somos varios, dos al menos. Somos el que se propone metas y también el que a veces se ayuda a no cumplirlas. Somos el que ama y somos el que odia. Somos el que no quiere comunicarse y el que quiere gritar. Somos el que desea y el que abandona. Somos el que empieza y el que no termina. Y, a lo largo del día, esos personajes se van turnando.

Solución? Intentar conocer tanto como podamos de nuestras dos caras. No somos dioses, pero somos lo más parecido que se pueda encontrar (la biblia lo asegura con contundencia -génesis 1-), así que, a falta de poderes mágicos, no nos queda más que ir al encuentro de esas contradicciones internas («conócete a tí mismo y conocerás el universo y a sus dioses«, como bien aconsejaban los griegos), sin miedo, ya que eso que aún no conocemos de nosotros, es parte nuestra y, por ende, debemos abrazarla, integrarla. La famosa «sombra» en la que tanto Jung insistía es justo esto: el punto ciego en el retrovisor, la cara nuestra que no vemos.

Se que algunos pensaron, inducidos por la vaguedad del título, que me iba a referir a las parejas. Pues acertaron, sólo que no lo haré hoy. La segunda parte de esto requería de esta introducción. Esperen noticias de mi(s) parte(s)…

Allan Fernández, Psicoterapeuta, Máster en Psicología Clínica y Psicoanálisis / Si querés sostener una consulta para profundizar en esto, podés contactarme a través de este enlace. También podes seguirme a través de FacebookInstagram y/o visitar mi página profesional .