Gratitud y muerte

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«Dime qué te interesa y te diré de qué padeces«, me confió hace muchos años mi director de tesis. Tiene razón. Nuestros intereses son síntomas que denuncian eso que, según nosotros, vendría a completar la «gestalt1» llamada existencia. Si nada nos interesase, de nada careceríamos y eso, al menos para este que escribe, es materialmente imposible. Es más, es inhumano. Psicoanálisis 101: en tanto sujetos, somos incompletos. Vivir es intentar rellenar un espacio para el que no hay objeto que colme ese vacío. Sabemos que no hemos muerto en la medida que continuamos buscando. Es la incompletud el motor que impulsa nuestro andar. Gracias a que carecemos, deseamos.

La vida, entonces, es el recorrido que nos lleva de un punto -nacimiento- a otro -muerte-. Entre uno y otro, iremos descubriendo todas esas áreas las cuales, según nosotros, demandan atención. No siempre nos ha interesado lo mismo, ni en igual medida. Quizás atravesamos etapas en las que requeríamos de más compañía, así como otras en que la soledad se presentaba como un bien preciado. Podríamos haber pasado años completos atravesados por el tedio, seguidos de temporadas en las que el frenesí propio de nuestras actividades no nos permitía ni siquiera revisar nuestro estado mental. Pareciera que existe un «pulso» natural en todo lo que está vivo. Lo vemos en nuestros pulmones, por ejemplo. Inhalar y exhalar. Contracción y expansión. En algunos momentos hemos deseado ampliar nuestro perímetro de alcance. En otros hemos decidido reducirlo.

La vida, se piensa, puede ser representada como el pasaje de una estación a otra. Tenemos la primavera, que podría simbolizar la niñez y la adolescencia. Esta dará paso al verano, la adultez. Luego vendrá el otoño, símbolo del pasaje hacia la vejez para finalizar en el invierno, punto de llegada del recorrido existencial. En este punto encontraremos al menos dos interpretaciones: las de los que esperan que el inverno de paso a una nueva primavera y los que tenemos la impresión de que, luego de ésta, no sucederá nada más. Como bien pensaba Carl Jung, ambos son mitos. Cada quien elegirá el que le plazca o tranquilice.

Plantea el colega Irvin Yalom que la angustia ante la muerte es una de las cuatro fuentes de malestar humano (prometo referirme a las otras tres -libertad, soledad, propósito- en próximas entregas). ¿Razones? Un pésimo manejo por parte de los adultos, los cuales, en su deseo de ahorrarle al niño preocupaciones innecesarias, comparten fantasías que terminan dañando más de lo que intentan aliviar. Algunos mitos -fundados o no en sistemas religiosos- revisten el proceso natural de la muerte de toda una serie de capas innecesarias, las cuales imprimen un peso que en nada ayuda a integrar la experiencia de reconocer la finitud propia no sólo de los humanos, sino de todo lo que hoy está vivo. Sigmund Freud, 60 años antes de Yalom ya lo había asegurado: nos duele saber que moriremos. Intentamos obviarlo de todos los modos posibles. Ninguna medida defensiva será despreciable si gracias a ella nos distraemos del seguro final que todos alcanzaremos.

Esa angustia ante la muerte2 puede tomar diversas presentaciones. El dolor puede prevenir de presagiar la muerte de nuestros seres queridos, la nuestra o, en un nivel mucho más simbólico, la finalización de todo lo que hoy es. La belleza, la riqueza, la juventud, la paz, la empresa, la pareja, la mascota, la memoria, la salud, etc. Todo lo que hoy es, podría dejar de ser en muy pocos segundos. No está en nuestras manos preservar aquello que amamos. Somos desvalidos, todos. Poco importa lo que hayamos invertido en aquello que hoy poseemos. La posibilidad de su desaparición está siempre presente. La muerte, celularmente -literal y metafóricamente- hablando, está presente en todo lo que existe.

4000 semanas3. La cantidad de tiempo que vive en promedio un ser humano, según los cálculos del colega Oliver Burkeman. De éstas, un buen número de ellas las malgastaremos en embotellamientos de tráfico, haciendo largas filas para consumir bienes o espectáculos que quizás nunca valieron semejante cantidad de tiempo, teniendo encuentros y conversaciones que nunca fueron más que un pretexto para no sentirnos solos. Si las plataformas de streaming que utilizamos nos mostraran un contador que acumule la cantidad de horas que hemos malgastado, no sólo siguiendo historias ridículamente insulsas, sino, quizás más escandaloso aún, el tiempo que hemos pasado buscando eso que aún no hemos visto y vendrá a rescatarnos del hastío existencial, quizás -es sólo una conjetura-, seríamos más selectivos a la hora de tomar el control remoto. Y del tiempo gastado hipnotizados mientras hacemos scrolling en redes, prefiero no decir nada…

«El peor de los males, la muerte, no significa nada porque si somos, la muerte no es; si la muerte es, no somos«, aseguró hace muchos siglos el pensador griego Epicuro4. Intuitivamente no hay modo de no darle la razón. Sin embargo, aunque su lógica sea irrefutable, no parece quedar resuelta esa angustia de la que habla Yalom. Yo sé que un segundo después de morir todos mis problemas quedarán resueltos -algunos podría heredárselos a mis seres queridos, desafortunadamente-. Y aún sabiéndolo, algo de esa molestia existencial continúa habitando en mi interior. Mi «bucket list», como bien plantea Burkeman, no quedará vacío. Todos dejaremos metas inconclusas y sueños sin realizar. Es la ley de la vida: no sabemos qué día moriremos5.

Yo tengo mis pendientes. Experimentar gratitud con mayor frecuencia es uno de ellos. Tiendo con mucho facilidad a dar todo por sentado. Fácilmente caigo en el espejismo que me hace creer que mi vida es el resultado lógico -y por ende esperable- al que llegará toda persona, lo cual es ridículamente desacertado de mi parte. Mi trabajo como psicoterapeuta me ha enseñado las penurias a las que diariamente se enfrentan cientos de personas, guiadas por un honesto impulso de alcanzar bienestar, en diversas áreas. Sé que muchas personas cambiarían sin pensarlo su experiencia existencial por la mía, lo cual tendría que hacerme sentir agradecido por todo lo que hoy tengo y soy. Y ya lo ven. Nos cuesta mucho escarmentar en cabeza ajena. Quizás sea la muerte -de las cosas y las personas- la maestra que nos invite a poner más atención, ya que eso que hoy poseemos, muy pronto podría desaparecer. Se escucha como algo intuitivo, lógico, sabio. Es una verdadera lástima que los humanos muchas veces seamos miopes, ilógicos, malagradecidos.

Dime qué te interesa… este año he pasado leyendo libros sobre el envejecimiento y la muerte y, por si fuera poco, es la segunda vez que publico sobre el acto de agradecer. Llevo dos propósitos para el próximo año:

  • tratar de no morir -no está en mis manos-
  • aprender a vivir con mayor gratitud -esto sí puedo intentar desarrollarlo-.

A todos ustedes, sea que hayan experimentado dolorosas pérdidas, que estén en estos momentos atravesando momentos desesperanzadores y aún así posean el valioso rasgo del sentimiento de gratitud, mi admiración y más sincero deseo de que el porvenir les permita vivir el resto de semanas en paz y armonía.

Allan Fernández, Psicoterapeuta y Máster en Psicología Clínica / Si querés sostener una consulta individual para profundizar en esto, podés contactarme a través de este enlace. También podes seguirme a través de FacebookInstagram y/o visitar mi página profesional .

  1. «Forma o configuración», en alemán, además del nombre de una de las corrientes en psicología. ↩︎
  2. «Death anxiety» ↩︎
  3. El título de su libro es «Cuatro mil semanas. Administración del tiempo para mortales». ↩︎
  4. Fundador del epicureísmo, escuela de pensamiento que perseguía el placer -no en un sentido hedonista- como fin último de la existencia humana. ↩︎
  5. La muerte siempre está sentada a la par nuestra, le enseñó Don Juan Matus a Carlos Castaneda. ↩︎