Instagram: donde no sos más que tu imagen

Instagram, «el tinder para solapados y solapadas», leí por ahí. Cuando alguien toma la decisión de abrir una cuenta en Tinder no queda espacio para la confusión. Dicha red fue pensada con un propósito muy claro. El -la- que se encuentra allí dentro anda buscando algo muy particular. ¿Amistades? No, creo que no. ¿Compañía para no asistir a actos religiosos en soledad? Creo que tampoco. El objetivo: buscar, de entre un amplio espectro -¿catálogo?-, posibles personas con las cuales concretar citas u encuentros. Esas citas podrán -o no- desembocar en el ámbito de lo erótico (utilizando el término “eros” en su acepción más amplia, entiéndase lo relativo a la atracción, el amor y la sexualidad).
Pero, instagram, ¿de qué trata? Sin necesitar ser usuario de esta red, creo que nadie se asombrará si sostengo que lo que interesa a los que habitan dicho espacio virtual se relaciona, directamente, con imágenes. Instagram nos lleva a una dimensión en la que lo fundamental es la imagen. Interesante, ¿no les parece? En un mundo de apariencias como el actual, hasta contamos con una red en la cual dar curso a nuestra cansona obsesión por ser vistos.
Y sí, yo se. Todos queremos ser reconocidos. Los hijos mal portados queríamos ser reconocidos y los que obtenían buenas calificaciones también. El empleado desea el reconocimiento de su jefe y este del gerente. El ser humano es un mamífero sediento de reconocimiento. Eso somos. Algunos escribimos, otros hacen piruetas en patineta, los encontraremos también luchando por causas sociales y tratando de romper récords mundiales en cantidad de perros calientes comidos en una sentada. Somos, en la medida que los otros nos observan. En el momento en el que alguien me reconoce (mi hija, mi esposa, el muchacho que me vende el pan, mi papá, el excompañero de facultad), algo en mí se tranquiliza: no soy un fantasma. Realmente existo. Los otros me ven, me notan, hasta parecen apreciarme.
Lo anterior, estén ustedes de acuerdo o no con mi escueto comentario sociofilosófico, no está ni bien, ni mal. Así fuimos diseñados. Si quieren hasta podemos convenir en que esa “necesidad”/necedad de llamar la atención, es parte de nuestro sistema operativo. Se activó en nuestros primeros momentos de vida y parece resistirse a desaparecer. Para todo aquel deseoso de recibir reconocimiento de modo continuo, afortunadamente se creó Instagram. Tómele foto a lo que sea: el desayuno, sus tennis nuevas, la lluvia sobre el parabrisas, el ovni que sobrevoló por encima suyo, la tostada en forma de Virgen de Guadalupe y si no encuentra nada interesante, siempre se tendrá a usted mismo como objeto a fotografiar.
Las redes sociales -y considero que Instagram mucho más que otras- ofrecen una promesa difícil de rechazar: la gente quiere verte. Les interesás. Te siguen. Probablemente hasta exista alguien que te quiera… para algo. Publicá. Publicá tanto como podás, sin importar si resulta artístico o no. Debés esmerarte en no ser olvidado. Bombardeálos con imágenes. No les permitás distraerse. Que te tengan que ver a toda costa. Haciendo lo que sea. Cantidad sobre calidad. Que tu lado exhibicionista se nutra del lado vouyerista de las personas que se encuentran al otro lado de la pantalla. Ellos son tu público. Vos sos importante. No te cohibás. Dejálos disfrutar de tu apasionante existencia. Demostráles que a vos te suceden cosas mucho más interesantes que a ellos. Al fin y al cabo por eso te siguen.
Una de estas noches pensaba en eso: las redes sociales nos hacen pensar -ilusoriamente, claro está- que nos están siguiendo cual “reality shows” (a lo “Truman Show”). Somos los protagonistas de una historia que a otros les urge conocer. Pero no es así. Ingentes estudios vienen demostrando que un buen contingente de usuarios de redes sociales ingresan solo con el propósito de comparar su vida con la de los que siguen, lo cual los lleva a concluir que sus propias vidas ni siquiera merecerían ser publicadas. Esto sin duda tendrá un efecto psíquico dañino.
En esta cultura de entronización de la imagen, la apariencia tomó el lugar de la esencia. Sea por tu resistencia cardiovascular, la flor que te regalaron o la cantidad de veces que te subís a aviones, quedás condenado a pasar tu vida buscando imágenes para compartir. El otro no se sacia. Siempre está hambriento. Cuando ya no tengás nada “atractivo” que compartir, desaparecerás. Te convertirás en un fantasma.
¿Y eso es culpa de las redes? En parte. Están tocando nuestros botones más neuróticos. Nos volvemos dependientes. Nos perdemos. Nos ofertamos. Cruzamos la línea entre el sujeto y el objeto. Nos convertimos en “cosas” llamativas.
Pero también es culpa nuestra, por permitir que nos amaestren.
Allan Fernández / Facebook / Otro blog

4 Comments

  1. Fabio

    Muy atinado como siempre don Allan, sus artículos siempre son como un cable a tierra para mí. Me siento muy identificado con estos temas, pues me he visto afectado por la misma «maquinaria» que nos atrapa a mucho jóvenes y siento que es un tema bastante obviado, pero es cosa de todos los días. Se convierte en un vicio la búsqueda de aprobación y como usted lo menciona tenemos miedo a «invisibilizarnos», aunque siempre he pensado que esa carencia afectiva hay que tratarla porque el uso de esas redes se vuelve hasta peligroso para aquellos que tienen (tenemos) problemas emocionales. Me gustó mucho el aporte y ojalá siga tratando estos temas, también me gustaría un día asistir a su consulta, sería de gran ayuda.

    • Allan

      El agradecido soy yo Fabio. Y sin duda continuaré escribiendo al respecto. Soy padre de una niña que vivirá, de un modo mucho más masivo, la presencia de la tecnología. Saludos afectuosos.

  2. Halina

    Siempre amena la lectura. No por amena liviana. Y aunque te declares no motivador, lo haces. Motivas a pensar, a salir de la caja, a conectar más adentro, menos afuera. Que dicha que te gusta escribir.

    • Allan

      Muy amable Halina. Me alegra motivar de ese modo que describís. Me he encontrado muchos no motivadores en mi vida, sería egoísta no intentar seguir sus pasos. Saludos.

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