La familia NO debería ser la base de la sociedad

Soy producto de una típica familia de segunda mitad del siglo XX. Mi papá, trabajando hasta las horas muertas. Mi mamá, en casa, lidiando con sus labores y con sus hijos. En esa época -los setentas-, fenómenos como la mamá profesional o el divorcio eran aún demasiado exóticos. Muchas de las mamás de mis amigos parecían condenadas a quedarse en sus casas hasta el final de los días. Los papás -no todos, claro está-, con algo más de libertad de acción, mostraban un cansancio mezclado con hartazgo, lo cual los hacía muy poco interesantes. La suerte parecía echada. Los jefes de familia no disfrutaban de su elección profesional, y sin embargo no sentían tener la posibilidad de cambiar de rumbo (sus obligaciones socioeconómicas los detenían). Las amas de casa desterraban todo rasgo de femeneidad so pena de ser catalogadas como malas mamás. Cambiaban sus sueños por unas cuantas ollas y la salidilla del día de la madre. Su labor: criar. Cuando sus críos dejaran el nido, podrían finalmente volcarse hacia lo que realmente soñaban hacer. El problema es que, llegado ese momento, ya no recordaban qué era eso qué les apasionaba.

Duro, ¿verdad? Si usted tiene cuarenta o más años sabe que no exagero. Afortunadamente, las cosas fueron cambiando. Aquel padre proveedor tuvo que transformarse. Traer los cinquillos el 14 y el 30 ya no era suficiente. Las mujeres, por su parte, empezaron a esperar más de su pareja. Algunos evolucionaron. Otros siguen ejerciendo la paternidad del siglo pasado -menos cada día-. Las mujeres también fueron transformándose. Aprovechando una coyuntura macrosocial, forjaron un panorama más amplio al que les deparaba si seguían los pasos de sus mamás. Se prepararon, pelearon por un lugar más equitativo, demandaron mayor respeto. El futuro con delantal, marimba de carajillos y esposo ausente ya no era el único desenlace posible. No puede uno menos que agradecer el esfuerzo de todas esas mujeres que nos sacaron del oscurantismo social. Se los agradezco, tanto como esposo de una mujer emprendedora, así como en tanto padre de una niña a la que le estamos enseñando el peligro que se corre al creer que se «necesita» de una pareja.

Sin embargo, no todo está bien. En mi consulta aún escucho mujeres en apariencia contemporáneas -jóvenes, profesionales, autosuficientes socioeconómicamente- aterradas ante la idea de «quedarse solas», pensando que las malas decisiones de sus padres generaron alguna especie de maldición, la cual no quieren reproducir: «yo no quiero quedar sola como mi mamá«. En momentos como estos el sabio refrán «mejor solo que mal acompañado» desafortunadamente no es tomado en consideración. Mamá, la que perdonó infidelidades, vicios, pobres decisiones financieras, ataques de ira y altanería por parte de su pareja, terminó creando una tendencia: «mejor agredida y humillada que sola«. «Diosito sabrá por qué me colocó esta cruz. Si yo prometí que lo iba a acompañar en la salud y en la enfermedad, no puedo romper mi promesa«, es el «razonamiento» que se autoaplicaban. Si Diosito existe, no se me ocurre que él -o ella, ya que no se cuál es el género de dicho ser- desee ver a sus criaturas sufrir. Sería muy malévolo de su parte. Pero… mejor me salgo de este tema, antes de que empiecen a intentar intimidarme con augurios apocalípticos y amenazas a lo «Inquisición Española».

Ese tipo de familia que hereda miedos, irrespetos, dogmas oscuros y fatales desenlaces no puede seguir siendo la base de la sociedad. Por eso estamos como estamos. ¿Recuerdan, párrafos atrás, cuando dije que muchas mamás se dedicaron a «criar»? ¿Cómo explicamos tanto mal-criado a nuestro alrededor? Siento decirlo. Si esa era su principal labor, no me queda más que concluir, con muchísimo cariño, que no les salió bien. Esa madre, la cual hizo de su hijo un adolescente eterno y de su hija un proyecto de «doña», a los únicos que han beneficiado es a los colegas que atienden a sus hijos y/o a los abogados que terminan tramitando sus pensiones alimentarias y divorcios. Ya casi nadie -afortunadamente- está para andar cargando cruces. Estamos en el siglo XXI. Las nuevas generaciones se «espavilaron» (si no sos tico, podés sustituir este costarriqueñismo por «cayeron en cuenta»). La mujer ya no necesita alguien que la mantenga. El hombre ya no necesita una doña que le cocine y planche.

La base de la sociedad debe moverse de lugar. Ya estuvo bien de reproducir mal-criados y mal-criadas. Las bases de la sociedad deberían ser el respeto, la compasión, el libre pensamiento, la prudencia, la ecuanimidad y la inteligencia emocional. Todo lo que apunte al crecimiento. Si son hombre y mujer, solo hombre, solo mujer, hombre con hombre o mujer con mujer, al menos a mí, poco me importa. Algunos aún piensan que es peligroso ser criado por una pareja del mismo género. Créanme. Es mucho más peligroso provenir de una pareja conformada por un agresor y una víctima.

Allan Fernández

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