La maestra ansiedad

El término “ansiedad” ha llegado a tal nivel de vulgarización que ya ni siquiera estamos seguros si estamos hablando de lo mismo. La psiquiatría piensa una cosa, las psicologías otra. Las terapias alternativas aseguran poder con ella y algunos “maestros” de yoga incluso se atreven a diagnosticarla como un desorden a nivel de chakras. Frente a tal panorama, matizado por semejante multiplicidad de discursos, más vale que intentemos ponernos de acuerdo, al menos en un par de puntos. No vaya a ser que los que requieren fármacos estén creyendo en el poder “sanador” del pensamiento positivo y los que requieren una revisión de su historia estén bloqueando dicha pesquisa a punte pastillas.

Asegurar que los problemas emocionales surgen de diversas fuentes no tiene nada de original. Ya Freud hablaba de la multicausalidad de los síntomas neuróticos, hace casi un siglo. Y sí, yo se que al ego no le hace bien, pero eso que hoy llamamos ansiedad tiene bastante de neurótico (me refiero a la aflicción, no al que lo padece). Y no, no estoy negando lo eminentemente fisiológico, a lo cual le dediqué una entrega completa (¿sabemos realmente qué es la ansiedad?). Explico lo neurótico de todo esto…

Es al psicoanálisis al que le debemos la reivindicación del concepto de neurosis, ya que para la medicina clásica era poco menos que locura pura. La neurosis, magistralmente resumida por uno de los discípulos de Freud, -Carl Jung-, es el resultado del choque entre lo instintual y lo cultural. Todo humano, al pasar su vida intentando equilibrar su lado natural con su lado social, devendrá neurótico, lo quiera o no. Estamos condenados, dirá el psicoanálisis, a lidiar con alguna presentación neurótica (existe todo un catálogo de males, entre los que encontramos la obsesividad, la histeria, la psicosis, las reacciones fóbicas, la paranoia, etc.). No hay escape. Y aparentemente eso no se cura. Ya podrán entender por qué los que nos formamos en psicoanálisis no somos particularmente optimistas con esto de la felicidad y el balance. No lo creemos humanamente posible. Eso queda reservado a las deidades y personajes de cuentos y leyendas.

¿Y por qué necesité presentar eso tan oscuro y desesperanzador? Bueno, es que creo que en el campo de las ansiedades actuales, la pregunta no es “¿qué le genera ansiedad a alguien?“. Esa es fácil de contestar: nos da ansiedad estar vivos, nos da ansiedad morir, nos da ansiedad morir en soledad, nos da ansiedad morir a la par de la persona equivocada, nos da ansiedad no ser felices, nos da ansiedad que los otros no sean felices con nosotros, nos da ansiedad trabajar en algo que no nos gusta, nos da ansiedad no tener trabajo, nos da ansiedad ver redes sociales, nos da ansiedad que no nos quieran seguir en redes, nos da ansiedad que Dios nos pille pecando, nos da ansiedad que Dios no exista, nos da ansiedad socializar, nos da ansiedad estar encerrados en nuestras casas (esto algún día necesitará una explicación, así que pido sea contextualizado en tiempos de pandemia, 2020, producto del Covid-19), etc. Como podrán ver, sufrir de ansiedad se muestra como algo enteramente factible en estos momentos. Yo más bien me preguntaría: ¿qué hay que hacer para no sufrir del embate de las ansiedades contemporáneas?

Cuando hace casi 2 años publiqué el inesperadamente gustado “Ataques de ansiedad: cuando el cuerpo se desconecta”, tímidamente aseguraba que curarse de ansiedad es cambiarle cosas a la vida. Ver la ansiedad como una consecuencia, como una reacción, como efecto, es, según mi conocimiento del tema en cuestión, la clave que devendrá debilitamiento de dicho malestar. El ansioso y la ansiosa sólo lograrán estar mejor si dejan de vivir como vienen viviendo y empiezan a vivir de otro modo. Y si el que la padece es un menor de edad, pues no estará de más ir a revisar el ambiente en el que vive (“ecosistema emocional”, de acuerdo a la psicología profunda). El problema, no crean que no me percato, es: ¿cómo cambiamos el sistema?, ¿cómo cambiamos la sociedad?, ¿cómo cambiamos la educación?, ¿cómo cambiamos la política?, ¿cómo cambiamos las religiones? ¿cómo cambiamos el deseo de lucro de algunas farmacéuticas?. Preguntas todas muy pertinentes que los invito a re-direccionar a sociólogos, politólogos y estadistas. Yo solo sé de cambios individuales. Es lo que estudié…

Representación antigua del maestro hindú Shantideva

Hace 7 años, cuando mi esposa y yo nos encontrábamos totalmente sumergidos en las aguas del budismo y la meditación, nos topamos con un autor muy interesante. Un sabio, un maestro, un practicante, un filósofo de nombre Shantideva. De él se conserva aún un texto de gran valor para el budismo, a saber: “El camino del Boddhisatva” (el cual pueden accesar siguiendo este enlace: libro en formato .pdf). En este, una idea del escritor aún me impresiona, así que la traeré a colación con el fin de intentar ver de otro modo esto de la ansiedad. Aseguraba este maestro que enfermar debería ser una razón para agradecer. ¿Por qué? Según él, son nuestras acciones, decisiones y omisiones las que producen nuestros malestares. Entonces, si esto fuera así, cuando enfermamos, tendremos que lidiar, si es que queremos restablecer nuestro estado de salud, con todo aquello que somos (más bien con todo aquello que hemos sido o hemos hecho). Una vez alcanzada la sanación, no sólo recobramos el equilibrio perdido, sino que además quedamos en una mejor posición, ya que habremos “saldado” todo eso que veníamos cargando en nuestras “alforjas emocionales” (como les llamaba una profesora de la facultad). La celebración al enfermar proviene del tomar el camino de la curación como una especie de evolución de la conciencia. El que sana es una mejor versión del que enfermó, por presentarlo de un modo sintético.

La ansiedad, en algunos casos (no me parece serio generalizar), bien podría ser una maestra. Nos indica el extravío existencial que venimos recorriendo. Nos señala, con mayor o menor sutileza, todo eso a lo que decidimos no prestarle atención, sea por ignorancia, distracción o negligencia. La ansiedad quizás sólo quiere que vivamos mejor. Somos nosotros los que, aún queriendo lo mismo, no tomamos las decisiones correctas ni corregimos eso que suma a nuestros padecimientos propios.

Siempre será más fácil culpar al ambiente o la genética. Y no hay duda que hay ansiedades ambientales y ansiedades genéticas, pero les puedo asegurar que muchas son el resultado de nuestra pobre habilidad de elegir lo que nos conviene y por ende no exponernos a eso que nos enferma. Y contra semejante miopía, no habrá enseñanza que valga, ni maestra que pueda con nosotros. No hay peor ciego que…

La ciencia (este artículo es un ejemplo) ya viene ofreciéndonos modos, no solo de superar la ansiedad, sino hasta de evitarla. Pero si seguimos haciendo lo mismo, y viviendo igual, seguiremos padeciendo como hasta hoy. Está en nosotros. La revolución… o será personal, o no será.

Ver hacia adelante. Dejar de hacer las cosas como las venimos haciendo. Movernos. Avanzar. Fomentar la metamorfosis en nuestro interior es nuestra responsabilidad.

Allan Fernández, acompañante y orientador filosófico / Podés seguirme a través de Instagram y Facebook

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