Lo que enseñamos a nuestros hijos

Si le preguntásemos a un niñito pequeño qué es la realidad, y tenemos la suerte de que aún no vaya a tomar como referencia lo que ve en la televisión (o en la «tablet» de alguno de sus papás), probablemente describa, con más o menos detalles, lo que observa en su entorno familiar. Para este niño hipotético (que fui yo, que fue usted, que es mi hija, que son sus hijos), lo que lo rodea es la única realidad posible. El grado de desarrollo que el cerebro de este niño requiere para comparar esto que vive con otras realidades, surgirá de un proceso de maduración. En ese momento, reforzado por el ingreso a la educación primaria, el niño podrá contrastar diversos tipos de papás, diversos tipos de mamás, diversos tipos de religiones, diversos tipos de alimentación, diversas dinámicas familiares, etc.

La situación que acabo de plantear es bastante «naif», bastante inocente. Quiero decir que hoy en día los niños ingresan al sistema educativo mucho antes de finalizado su proceso de maduración neuronal. Aquel modelo de familia en el que los niños se quedaban con su madre hasta el ingreso a la escuela, no es más que un recuerdo de antaño. Socializar, en la actualidad, es algo a lo que los niños son expuestos desde muy pequeños. Todos conocemos algún centro educativo en el que podemos ir a dejar a nuestros hijos a partir de los 3 meses de edad. Ahora bien, si dicha práctica es recomendable o no, a nivel psicológico, será discusión para otro momento.

Mi trabajo como psicólogo clínico me demuestra, día con día, la tremenda influencia que la niñez ejerció sobre la salud mental de mis consultantes, sea que estos tengan 9, 19, 29, 39 o 49 años de edad. Dependiendo de qué tan alta sea tu edad respecto a la serie que acabo de plantear, lucharás con la idea de reconocer -aún y cuando las pruebas sean evidentes- cómo aquello que aprendiste de tu familia de origen lo convertiste, mentalmente, en mandato, en edicto… en ley. Luego que algo se convierte en ley mental, generará una conducta preestablecida.

El ser humano, en sus primeros años, aprenderá muchas cosas, algunas por imitación (todos habrán visto a alguna niña haciendo equilibrio con los zapatos de tacón de su madre), otras por habituación (piensen en estas familias donde todo lo resuelven gritando). Gracias a todo lo recibido -y lo no recibido, vamos atravesando ciertos periodos críticos, los cuales nos llevarán, a algunos antes, a otros más tarde y a algunos nunca, al momento llamado adultez.  En dicho momento vital, el ser humano toma total conciencia de sus actos.

La psicología es un campo fascinante. La neuropsicología lo es más (es mi opinión totalmente personal, no pretendo polemizar). Alguno de ustedes habrá escuchado sobre el descubrimiento de las neuronas espejo, lo cual debemos agradecérselo a un grupo de investigadores italianos, allá por los noventas. Para no aburrir a los que no les interese la ciencia, poseemos una serie de neuronas en nuestro cerebro, las cuales, a lo largo de nuestra vida, están diseñadas para aprender -de un modo no consciente- por imitación. Experimento científico burdo: levántense en este momento, vaya hacia un grupo de personas, pida la palabra y, sin que el resto lo note, rásquese la nariz cada cierta cantidad de segundos, al tiempo que habla. Muy pronto observará cómo, alguno de ellos, y luego el resto, sin notarlo, empieza a rascarse la nariz.

Todos hemos visto esos videos virales en los que aparece un papá fumando y su hijo «fumándose» un lápiz. La mamá gritándole al dependiente de la tienda y luego la niña gritándole a sus muñecas mientras juegan a tomar el té, etc. Aún y cuando creo poco en el efecto concientizador de un video insertado en una red social, encuentro en este tipo de «llamadas de atención» algo interesante: no importa si no estamos enseñándole a nuestros niños. Ellos, lo queramos o no, están aprendiendo de nosotros.

Enric Corbera, uno de los exponentes de la «Nueva Medicina», escribió alguna vez algo que, aún y cuando «concho», expone una gran verdad: «los niños no se enferman emocionalmente… nosotros los enfermamos«. ¿Quieren ustedes entonces, en tanto padres, evitar pasar metidos toda la niñez y la adolescencia de sus hijos en consultorios de psicólogos, escuchando qué piensa un desconocido de sus habilidades parentales? Háganlo bien entonces. Sean conscientes. No se escondan, ni en la oficina, ni en la iglesia, ni en la cancha de futbol 5. Trabajen en su propia salud mental. Sus hijos se los agradecerán.

Allan Fernández

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