Los cambios, las emociones y los pensamientos

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Es interesante que nos atraiga tanto la estabilidad. Lo digo ya que prácticamente todo a nuestro alrededor se encuentra en constante cambio. No, perdón. No estoy siendo totalmente preciso. TODO a nuestro alrededor cambia.

Queremos una relación estable, un entorno social estable, una situación financiera estable, un clima estable, un ambiente laboral estable y así podría seguir. Queremos, queremos, queremos… pasamos la vida queriendo que todo sea estable. Queremos entonces algo que nunca existió. Queremos algo irreal. Queremos algo que nunca sucederá. Que nunca sucede. Que nunca sucedió. Fantaseamos con una realidad que no es real. Fantaseamos. Idealizamos.

Si ya lo anterior era una muy segura apuesta por la frustración (ya que convenimos en que eso que todos queremos sencillamente no es posible), decidimos -espero que inconscientemente- agregar un ingrediente extra a dicha fórmula para el desastre. Gracias al bastante manoseado concepto de «wellness», ahora también queremos que nosotros -y que los otros a nuestro alrededor, claro está- seamos estables. Una persona estable es alguien mucho más de fiar que una que no lo sea. Esto dio paso a que todos queramos serlo. Pero, ¿se han preguntado a qué nos referimos cuando pensamos en un ser humano estable?

Decimos que algo posee la condición de estable cuando eso que observamos no cambia, sino que permanece -conserva sería un mejor modo de ponerlo- constante durante mucho tiempo. Así entonces, tomando el ejemplo de la temperatura a nuestro alrededor -el clima-, cuando revisamos el pronóstico del tiempo y este nos promete condiciones estables, qué exactamente significa eso? ¿Significa que los grados centígrados -o Celsius, dependiendo del lugar geográfico en el que nos encontremos-, la humedad, la sensación térmica, el índice de rayos ultravioleta, la velocidad y dirección del viento no van a variar a lo largo de un periodo de tiempo preestablecido, digamos, un día entero? No, no significa eso. Sabemos que el movimiento natural del planeta generará variaciones en cada uno de los anteriores criterios. Si nos atenemos a una definición muy estricta de constancia, el clima -y sus componentes- es cualquier cosa menos algo estable (si observan cualquier aplicación sobre el clima, notarán que las predicciones son dadas en intervalos y que éstas, irremediablemente, irán cambiando conforme el día -los días, las semanas, los meses, los años, los lugares- vaya transcurriendo). Para algo aparentemente tan importante como el clima, aún y cuando la meteorología estoy seguro que ha evolucionado muchísimo -quiere decir que ha cambiado-, aún no terminamos de precisar qué tan estable y, por ende, qué tan precisas son sus predicciones.

Siendo como somos seres vivos, animales (dícese de cualquier ser que posea alma -ánima-, según los griegos), la fantasía de estabilidad que muchos persiguen es simplemente eso, una fantasía. ¿Se imaginan qué interesante sería contar con un predictor de los estados de ánimo de las personas a nuestro alrededor? Esa aplicación sería un éxito comercial. Cada mañana, antes de levantarnos, podríamos observar cuál es el mejor momento para pedirle a nuestro jefe unas vacaciones, en qué momento sería más propicio conversar con nuestros hijos sobre esos temas peliagudos que nadie quiere tratar y hasta en qué franja del día nuestra pareja se mostrará más anuente a escucharnos. Los otros podrían, a su vez, revisar el «forecast» de nosotros, lo cual nos permitiría no enfrascarnos en situaciones tensas si es que dicha predicción emocional promete momentos más o menos favorables. Ya lo ven. Si la meteorología no consigue vaticinar con total exactitud cómo se comportará el clima, soñar con un mundo interno predecible no parece una apuesta muy adulta.

Hablando de griegos, fue el pensador Heráclito uno de los primeros en subrayar esa natural propensión de todo a cambiar. A él le debemos esta profunda -y muy útil, en términos predictivos- reflexión:

«Ningún hombre puede cruzar el mismo río dos veces, porque ni el hombre ni el agua serán los mismos.»

Nosotros cambiamos y nuestro entorno cambia. Lo repito: nosotros -nuestro interior, nuestros sueños, nuestro cuerpo, nuestros deseos, nuestros miedos- cambiamos. Nuestro entorno -nuestra familia, nuestro barrio, nuestro trabajo, nuestra ciudad, nuestro gremio, nuestros amigos- cambian. Entonces, si nosotros cambiamos y nuestro entorno cambia, ¿será inteligente perseguir esa tan sexy estabilidad de la que tanto se habla?

Heráclito tiene razón. Lo único constante es el cambio. Si alguno de ustedes siente que alguna vez pasó un día completo molesto por algo que le sucedió -o no le sucedió y deseaba que le sucediese-, está en realidad siendo engañado por el mágico poder mental de editar lo vivido. Ese día, si hubiésemos contado con esa aplicación que se me ocurrió y nunca existirá -espero-, habría usted notado cómo su estado emocional sufrió varias modificaciones a lo largo del día. Las emociones, al igual que los pensamientos, no cuentan con la propiedad de ser duraderos. Se mueven también: aparecen, se quedan unos momentos, desaparecen.

«Controlar los pensamientos es una tarea muy difícil«, aseguraba un colega del que aprendí mucho. «Controlar lo que sentimos«, continuaba, «casi imposible«. «Lo único que podemos intentar controlar son nuestras acciones«. Cuánta razón tenía. En realidad aún la tiene. Eso que él nos compartió no ha cambiado, en términos de valor.

Es interesante que nos atraiga tanto lo estable. Todo lo que no cambia se puede volver altamente aburrido. Imaginen, para citar algo realmente trivial, una rivalidad entre dos equipos de cualesquiera deporte en el que de antemano conozcamos el resultado final. ¿Lo veríamos? Y, en caso de que así sea, nos produciría el mismo efecto emocional que si no supiésemos el desenlace del encuentro? O, siguiendo en el ámbito del entretenimiento, ¿nos produciría la misma emoción observar la trama de una película de misterio en la que, justo al iniciar, se nos anticipa el rol que cada personaje tendrá en dicha historia? Poco probable que nos interese. Menos probable aún que alguien quiera malgastar 90 minutos de su vida -o más- observando algo que sabemos cómo concluirá.

Las películas son trances bien curiosos. Nos sentamos ahí frente a una pantalla a observar personas actuando, lo cual quiere decir que terminamos sintiendo simpatía, deseo, repulsión, compasión, por unas personas que en realidad simplemente están fingiendo ciertas situaciones. Y aún así, vean lo fácil que es producir en nuestro interior pensamientos y emociones. Nuestro estado emocional puede cambiar vertiginosamente al observar una película. Nos puede llevar a recordar algo que no queremos recordar, algo que duele, algo que quisiéramos olvidar. Pagamos un boleto para sentir cosas que no estamos sintiendo y que otros nos harán sentir. Tomamos prestados las vidas de otros -ficcionales o verídicas- con el fin de experimentar emociones que no son las propias. Nuestra mente no reconoce la diferencia entre trama cinematográfica y realidad. Crea pensamientos y éstos a su vez emociones.

«Todo puede cambiar en cualquier momento«, asegura el filósofo y profesor Joseph Goldstein. Si tuviésemos esto presente, podríamos al menos intentar no ser tan rígidos con los cambios. Y no es que esté mal intentar aspirar a cierto grado de calma -estabilidad-. Todos lo hacemos, o lo intentamos, en dado caso. Es sólo que, al exagerar la meta a conseguir, estamos de antemano asegurando una sensación de decepción innecesaria. Recuérdenlo: todo cambia… todos cambiamos… todos cambian.

P.D.: que todo y todos cambien en nada justifica que debamos soportar a aquellos cuyos constantes cambios se vuelven peligrosos y dañinos para nosotros. No. Aceptar no es resignarse. Es entender y movernos. Recuerden el río de Heráclito: todo fluye y nosotros somos partes del todo.

Allan Fernández, Psicoterapeuta, Máster en Psicología Clínica y Psicoanálisis / Si querés sostener una consulta para profundizar en esto, podés contactarme a través de este enlace. También podes seguirme a través de FacebookInstagram y/o visitar mi página profesional .

Foto de Tuğçe Açıkyürek