L@s que manipulan con sus rollos internos

Hace un par de años publiqué 4 entregas sobre la manipulación. El nombre de la serie: «Manual para manipular». En la primera parte, sentaba las bases mínimas necesarias para poder comprender por qué las relaciones humanas se convierten en relaciones de poder. En la segunda parte, nos detuvimos a reflexionar sobre la estrategia que busca hacerle creer a la pareja que los problemas de la relación son producto de sus problemas mentales. A esa nada elegante estrategia se le llama «gaslighting».

La tercera entrega se concentró en dos estrategias particulares, el traumático «ghosting» y el «breadcrumbing». La última de aquel entonces buscaba denunciar otras dos tácticas de manipulación, a saber el «mooning» y el «benching». Disculpe usted si, al igual que yo, le molesta el uso indiscriminado de términos en inglés. Es solo que en este caso estas tácticas proceden de países angloparlantes.

¿Sirvió de algo publicarlas? Sin duda. Recibí cientos de comentarios de personas que, en esos precisos momentos -o en el pasado-, habían sido víctimas de tan inescrupulosas formas de inhabilitar emocionalmente. Continúo pensando lo mismo: alguien que necesite manipular en su relación, o es demasiado infantil o tiene un problema psicológico… o ambas, ya que no son excluyentes.

Dos años después, me vengo tropezando con otra estrategia de manipulación. Esta, si me permiten mi opinión, tan despiadada y reprochable como las anteriores. No se me ha ocurrido un término, ni en inglés ni en español, así que mejor «lo tiro de una», como dicen los jóvenes: manipular a la pareja haciéndole creer que mis problemas psicológicos, traumas y experiencias pasadas justifican mis locos procederes en el presente. Esperen… yo sé. Déjenme y les explico un poquito.

Todos cargamos con cicatrices de nuestra historia. Todos. El que tiene plata, el que no tiene, la que tiene pareja, la que no. El que asistió a educación religiosa… ese más, probablemente y así. No hay modo de estar leyendo esto si no anda usted ciertas marcas de lo vivido. Algunas aún duelen, otras se sosegaron. Algunas quedaron reprimidas y otras solo aparecen en sueños o cada 31 de diciembre. Vivir una vida implica atravesar crisis existenciales (he escrito bastante al respecto). Entonces, si la premisa que les presento convienen aceptármela, nadie podría, haciendo uso de una imagen bíblica, lanzar la primera piedra en esto de cargar rollos. Nadie. Todos, sea que hayamos asistido a algún espacio terapéutico o no, sabemos perfectamente cómo suenan nuestros ruidos internos. Los reconocemos con facilidad. Aquello que nos da miedo, aquello que dispara nuestra ansiedad, nuestra angustia o nuestra ira, casi nunca nos sorprende. El refrán popular «cada quién sabe cómo va la procesión por dentro» es brutalmente certero.

Entonces, permítanme quitar un argumento del medio para así continuar a mayor velocidad. Por supuesto que nuestra historia ha influido, algunas veces directamente, algunas veces de modo inconsciente en cómo nos comportamos en la actualidad. Se vería feo que yo niegue semejante axioma, habiendo elegido la psicología como oficio. Lo que sucede es que, y aquí les pido que lean bien antes de escribirme algo feo por mensaje directo, no se vale utilizar nuestra historia para justificar nuestros yerros actuales. ¿Se entiende? No todo hijo de familia con problemas de adicción resulta convirtiéndose en uno. No toda hija de madre iracunda está condenada a serlo. No todo hijo de padre infiel tendría por qué convertirse en uno al empezar a sentir el atractivo sexual propio de la adolescencia y temporadas posteriores.

Pero puedo incluso, alejándonos de nuestras primeras experiencias vitales (las propias del entorno familiar del que procedemos), asegurarles que no es cierto que por que hayás sufrido de quebrantos amorosos anteriormente podés darle rienda suelta a tu loca celotipia. El que te hayan tratado mal en el pasado no te da el valor de denigrar o incluso dudar de la honorabilidad de tu pareja actual. Y sí. No hay duda de que lo que mi pareja trae en su «mochila emocional» de algún modo influirá en nuestro convivio, pero eso no significa que tengamos que ayudarles a superar dicho peso, aunque hayamos estudiado psicología. Es responsabilidad de la persona con quien establecemos la relación el buscar el modo de alivianar el contenido de dicho equipaje.

Observo una estrategia de manipulación, quizás inconsciente pero manipulación al fin, que busca convencer a su pareja que el sufrimiento psicológico de su historia, lo o la exime de sus actos presentes. Y no es así. Conozco muchos casos en consulta en que se nota, claramente, que las parejas actuales de mis consultantes no están haciendo mucho para superar sus traumas y cicatrices psíquicas. Quizás escuchen un par de podcasts, quizás se hayan comprado un par de libros de autoayuda, pero las heridas en nuestra alma no se curan leyendo. El cuentito de «me estoy trabajando yo mismo» no le funcionó ni siquiera al mismísimo Freud.

¿Por qué tantas mujeres parecen elegir al tipo más dañado para enamorarse de él? Quizás esto requiera una o hasta más publicaciones extras, pero puedo adelantar una hipótesis clínica personal: me parece que a algunas se les activa una especie de instinto materno pero claramente desubicado. Prometo desarrollar en una próxima ocasión.

Entonces, para todas esas personas que actualmente están naufragando en una relación sin pies ni cabeza, con alguien que probablemente sea muy buena persona, pero negligente a la hora de encargarse de sus rollos internos, mi recomendación es: antes de enviarlo o enviarla a terapia a la fuerza, pregúntense ¿qué están haciendo en esa relación? y, más importante aún, ¿qué tanto están fantaseando con la idea de que dicha persona cambiará por intervención divina? Y es que no. La gente con historias psicológicas pesadas no se «cura» ni rezando, ni leyendo.

Sé que algunas personas leerán esto, me darán la razón y continuarán sosteniendo sus extraviadas relaciones. Es una verdadera lástima que enseñen tanta información inútil en los centros educativos y no nos enseñen a reconocer una relación sana de una que no lo es…

Allan Fernández, Psicólogo Clínico y moderador de la comunidad virtual Dimensión Psiconáutica / Podés seguirme a través de Facebook y/o visitar mi otro blog: Enredos Amorosos

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