Micro-manual para los que sufren de ansiedad y quienes les acompañan

Las posibilidades de que a su alrededor convivan personas sufriendo de irrupciones de ansiedad -de modo cotidiano- es altísima. Sea en su ambiente laboral, en su centro de estudios, en el sitio donde usted vive, en su familia o en su círculo más cercano (amigos y pareja), nos vamos a enfrentar tarde o temprano con la angustiante escena de observar cómo alguien va, poco a poco, perdiendo el control, al tiempo que su nerviosismo alcanza alturas insospechadas. Pues bien, hoy deseo plantear que ponerse nervioso o juzgar al que padece de ataques de ansiedad sí sirve… para empeorar la situación.

Cada vez que estoy explicándole a alguien cómo acompañar en este tipo de situaciones, le comparto el ejemplo de la epilepsia (sobra aclarar que no estoy comparando ambos fenómenos). En el momento en que alguien es diagnosticado como epiléptico, el paso a seguir es explicarle, tanto al que lo padece como a su red de apoyo, qué hacer y qué no hacer cuando acontezca el siguiente ataque. Con las crisis de ansiedad y los ataques de pánico también requerimos establecer un protocolo claro y sencillo, gracias al cual no agravar una situación de por sí angustiante, tanto para el que lo padece, como para las personas a su alrededor.

Si partimos de la imprevisibilidad del ataque de ansiedad, debemos inicialmente tomar en cuenta lo siguiente: las razones que disparan dicha reacción, sean ambientales o psíquicas, colocan a la persona ansiosa en una situación emocional precaria, ya que esto que inicia como un hormigueo en una zona del cuerpo o una dificultad para respirar, irá poco a poco escalando. En momentos pico, algunas personas han llegado a describirme experiencias agónicas, acompañadas de reacciones somáticas muy variadas.

Lo primero que le solicito al que desee -o deba- acompañar a alguien que padezca de esta aflicción, es que intente mantener la calma. Sintonizar con el desconcierto del otro en nada ayudará a éste a atravesar una crisis. La comunicación es fundamental en estos momentos. Utilizando el tono de voz más ecuánime al que pueda echar mano, hágale saber a la persona ansiosa que está allí, dispuesta a seguir las indicaciones que este le emita. Si le pide hablarle, háblele. Si le solicita guardar silencio, hágalo por favor.

El contacto físico también dependerá de la especificidad del que padece el ataque. Algunas personas, en momentos así, viven un abrazo como un ahogo, para otros resulta un acto de contención. Que sea el que sufra la crisis el que indique cuánto podemos traspasar su espacio vital. Recuerde: si usted está asustado, imagine cómo se sentirá el que padece de estos ataques.

Sabemos científicamente que nuestro sistema parasimpático (apartado del sistema nervioso) no tolera estados pico por mucho tiempo, por lo que todo ataque irá poco a poco amainando, por cuestiones meramente fisiológicas. Aún y cuando el tiempo cobra otra lógica en momentos así, es importante recordar que tan dramática escena, en algunos minutos se transformará en una situación de calma.

Una vez recobrado el equilibrio psicoemocional, poco valor aporta el incitar a la persona ansiosa a descubrir el por qué del ataque. Debemos tener algo claro: los estados de crisis no admiten reflexión. Ya habrá tiempo, posteriormente, para encontrar posibles explicaciones. Lo que debemos proponernos como meta es alcanzar de nuevo un nivel de balance. Si me permiten simplificar, el ataque de ansiedad es una reacción poco racional, incluso irracional en algunos casos, lo cual en nada demerita la seriedad con que debemos tomarla.

La irrupción de un ataque de ansiedad no guarda relación alguna con cuestiones de voluntad. No es señal de debilidad y menos aún una neurótica estrategia gracias a la cual llamar la atención. Si lo mejor que usted puede compartirle a alguien que padece de estos ataques suena parecido a:

  • «no entiendo por qué estás ansioso»
  • «no es real, está en tu mente»
  • «la vida es bella»
  • «tenés todo para estar bien»
  • acercáte a Dios para que se te quite»

pues será mejor que se abstenga de compartir sus muy poco útiles recomendaciones.

No me parece aconsejable acudir directamente a los psicofármacos. Una valoración psicológica, llevada a cabo por un especialista, nos permitirá determinar si será el medicamento la vía a seguir, o si se debe primero explorar psicoterapéuticamente la historia del padeciente. No se trata de satanizar el fármaco, claro está. Solo debemos estar seguros de la gravedad de los cuadros de ansiedad, así como de los recursos psíquicos y herramientas del consultante.

El mejor libro sobre la ansiedad no existe. Recuerden: para algunos su ansiedad es psíquica, para otros es producto de su ambiente. Superar un estado de crisis ansiógenas es totalmente posible. Solo requerimos paciencia, constancia, métodos científicamente comprobados y una red de apoyo consciente de la dificultad inherente de controlar nuestras ideas, máxime cuando éstas se encuentran traspasadas por miedos, sean estos racionales o no.

En síntesis: sufrir de ansiedad genera más ansiedad. Aquella persona que padece de este tipo de crisis tema volver a experimentarlos. Empiezan a desarrollar miedo al miedo. Un tratamiento psicológico persigue alcanzar al menos 2 objetivos:

  1. perderle miedo al miedo. Tomar el ataque de ansiedad en tanto síntoma que busca señalarnos hacia dónde debemos volcar nuestra atención. Y,
  2. Aprender a mantenernos, tanto como podamos, en el momento actual.

Podría decir mucho más, pero espero que este breve repaso sea de utilidad. Prometo retomar en un futuro cercano.

Allan Fernández, Psicólogo Clínico y moderador del espacio virtual «Dimensión Psiconáutica» / pueden seguirme a través de mi página de Facebook

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *