Perseguir la felicidad nos enferma de ansiedad

¿Mi filósofo contemporáneo favorito?, me preguntan con alguna frecuencia. Fácil, Jean Baudrillard. Pocos pensadores han causado el impacto que este señor produjo en mí. Fue un arquitecto, un par de años antes de iniciar mi carrera en psicología, el que me recomendó leerlo. Aún recuerdo lo que me dijo: «a vos que te gustan los temas raros, lee a este tipo«. Y así lo hice. Y desde las primeras páginas del libro que encontré de él, sentí que no era el único en percibir la falsedad de eso que suelen llamar la realidad.

Somos parte de un simulacro, diría Baudrillard. Somos actores de una escena artificial en la que la verdad nunca se encuentra presente. Vivimos actuando. Interpretamos roles. Ya no somos, dejamos de ser. No nos queda más que pretender ser. La única verdad es que la verdad no es verdadera. Algunas veces nos encontramos en el escenario. En otras somos la audiencia. Queremos ser, pero nos da miedo dejar de aparentar. Nos adentramos tanto en el rol que se nos encomendó, que ya no recordamos quiénes realmente somos.

Baudrillard murió en el 2007. El Facebook, al menos en nuestro país, aún no se encontraba muy presente. Me habría encantado saber qué pensaría el intelectual francés de este maniaco esfuerzo en aparentar ser quienes en realidad no somos. Y es que, ¿han visto las fotos de perfil de muchas personas? Posan tanto que parecen imitar a un maniquí. Intentan hacernos creer que dicha imagen fue tomada de modo natural, al tiempo que resulta evidente que dicha naturalidad es actuada. El colmo de la ironía. Voy a pretender verme natural. Incongruencia total. Actúo una naturalidad que aniquilo en el momento que finjo. Pretendemos ser sorprendidos por la cámara, al tiempo que esperamos que dicha «sorpresa» cumpla con ciertos cánones deseados: ángulos, iluminación adecuada, escenario atractivo, sonrisa estereotipada. Nos dedicamos a engañar. Le hacemos creer a los otros que estamos bien, ya que de dicho engaño dependerá el valor social que nos otorgarán. Nos volvimos objetos. Somos ornamentos de una escena en que lo único real es lo artificial (quizás por eso se volvieron tan populares los filtros y efectos, como un modo de acentuar -y a la vez disfrazar- lo artificial del momento).

Yo tengo una teoría: actualmente no ser feliz es considerado un fracaso. Estar soltero es un fracaso. No viajar continuamente es un fracaso. No ser un «influencer» es un fracaso. El éxito se ve -hoy en día- determinado por la calidad de nuestras actuaciones. Si soy tan mal actor que ni siquiera puedo fingir estar bien, no puedo pretender ser merecedor de la mirada de los otros. Recuerden la impronta social actual: soy en tanto los otros me miran. El peso de mi valor esencial es directamente proporcional al valor que los otros me otorgan. Si no soy visto por los otros, si no soy notado, si no soy seguido, si no soy admirado, simplemente no soy. El simulacro llevado a niveles obscenos. Baudrillard siempre tuvo razón.

La gente feliz no requiere convencer a los otros de su bienestar. Esa frenética búsqueda de la felicidad nos está enfermando. Creyendo que aquel que se muestra feliz en redes sociales nos está compartiendo su estado real, caemos en la trampa de compararnos y, gracias a esto, quedamos mental y emocionalmente apabullados: no somos tan felices como nuestros amigos en redes sociales, por ende, fracasamos. Nuestros «amigos» en redes son felices. Nosotros no. Ergo, ellos están haciendo lo correcto. Nosotros nos equivocamos.

Pienso en la escuela epicureísta (Grecia, 3 siglos A.C.). Su búsqueda estaba claramente definida: la felicidad, siempre y cuando dicha tarea no produjera infelicidad. No comulgaban con los hedonistas, ya que no se trataba de ser felices a toda costa. Su tarea era mucho más equilibrada: será feliz el que alcance el balance entre lo sensual -lo relacionado al cuerpo y los sentidos- y lo mental. La felicidad se parece mucho a la tranquilidad y prescinde de la valoración externa. No soy feliz porque otros me vean feliz. Soy feliz a pesar de los otros.

Dejemos de actuar. Detengamos de una vez por todas ese deseo de aparentar. Frenemos esa frenética búsqueda de la felicidad. No continuemos alimentando nuestras ansiedades. Cambiemos nuestro «mindset». Cambiemos la felicidad por la pasión y la búsqueda del equilibrio. Casi 20 años de consulta me han enseñado que el que vive apasionadamente, el que aspira a alcanzar un estado de balance -no total, ya que no creo que algo así exista-, está mucho más cerca de ser feliz que aquel que malgasta su vida persiguiendo la validación de los otros.

«No existe mayor acto subversivo que estar bien«, repito con frecuencia. Los invito a convertirse en rebeldes con causa.

Allan Fernández, Psicólogo Clínico y moderador de la comunidad virtual Dimensión Psiconáutica / Podés seguirme a través de Facebook y/o leer las entradas de Mi otro blog

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