¿Qué es un educador?

En momentos de tanto ruido social, alguien muy agresivo, solo al leer el título y sin haberse tomado el tiempo de leer la entrega completa, me interpela, «¿y usted si sabe?«. Yo, tratando de no contagiarme de sus ansias de chocar, inicio mi reflexión del siguiente modo: «debería saberlo. Me vienen educando desde los 5 años. Haciendo números ligeros, he estado 35 años sentado frente a cientos de pizarras. Algunos de esos años fueron una verdadera inversión. Algunos una total pérdida de tiempo«.

Los que ya me conocen saben que no pierdo energía en asuntos metafísicos, así que ni siquiera me acercaré al difuso concepto de «vocación». Sí, ustedes lo conocen. Cuenta una leyenda urbana que las personas que reciben una especie de «llamado» («calling» en inglés), no se si de su interior o del espacio exterior, aparentemente tendrían que comprometerse de tal modo con sus acciones, que no podremos encontrarnos a nadie mejor llevando a cabo lo que sea que dicha voz le pidió hacer. Espero me perdonen, pero no puedo dejar de ser psicólogo. «Las voces», muchas veces, son señal de que algo no funciona bien en un sistema psíquico, así que me parece arriesgado confiar en semejante «prueba». Prefiero ampararme en aspectos más confiables.

Yo podría separar a todos los educadores que he conocido en dos grandes grupos (dicha separación, simplista como pocas, es solo con fines argumentativos): están los educadores que son llevados por la pasión de compartir lo que han descubierto y están todos los demás. Ahora, no quiero que piensen que los años me han vuelto «näif». Para nada. Soy más desconfiado cada año que pasa. En el grupo de «todos los demás» podremos encontrar gente interesante, poseedores de un cierto conocimiento y con habilidades básicas para transmitirlo. Sin embargo, aunque algunos de los educadores apasionados que conocí hablaban de cosas que francamente continúan sin tener sentido, han sido estos los que causaron una profunda impresión en mí. Los otros, los del grupo de «todos los demás» me enseñaron cosas quizás muy útiles, las cuales hoy no recuerdo ni por asomo.

Entonces, ¿qué espero yo de un educador? ¿que transmita la información que detenta? Eso no es es suficiente. No creo que sepa más que Google. He aprendido -e intenté emularlo en mis años como docente- que un verdadero educador, uno que merezca que le ponga atención (recuerden que antes les conté que siempre he sido alguien muy disperso), tiene que darme algo más que datos. Tiene que mostrarme que aquello que sabe coincide con su visión de mundo. Debo encontrar una coherencia entre su cátedra, su discurso y su vida. De no ser así, tiendo a agrupar a los que no cumplen esa condición en el cajón de los hipócritas.

Sí, hipócritas. Cualquiera que detente un lugar de poder (y el lugar del educador es sin duda uno) y no demuestre que su vida es llevada al menos con el deseo de alcanzar algún nivel de virtuosismo, inmediatamente se convierte en una fuente emisora de información y no más que eso. Yo, por ejemplo, no iría a terapia de pareja con un colega que se ha divorciado 7 veces. Espero puedan encontrar la relación entre el ejemplo y lo que vengo planteando.

En estos días he tenido presente una publicación del colega Steven Pinker, quien, al disertar sobre el valor de la educación, una vez escribió (la traducción es algo carrereada, así que acá les dejo el ensayo completo en ingles): «la gente educada debe ser capaz de expresar ideas complejas, tanto oralmente como por escrito. Deben contar con la capacidad de apreciar el conocimiento objetivo y también deben discernir los hechos comprobables de la superstición, del rumor y del saber convencional. Tienen que aprender a razonar lógica y estadísticamente, evitando las falacias y errores propios de la mente no educada. Tienen que aprender a pensar causalísticamente en lugar de mágicamente y deben reconocer la diferencia entre una causa, una correlación y una coincidencia. Deben estar atentos al error de razonamiento, particularmente el propio, y valorar el hecho de que aquellos que no piensan igual no son estúpidos o malvados. En síntesis, deben darle un inmenso valor al que intenta cambiar las mentes de los otros a través del convencimiento y no gracias a la intimidación o la demagogia«.

Hoy en día continúo educándome. Ya no asisto a aulas porque no tengo ni el tiempo ni la energía, pero muy probablemente leo más que cuando era estudiante. Y deseo confiarles un secreto. Todos los educadores que he admirado en mi vida, que son muchos, tenían un rasgo en común: eran ávidos lectores. El buen lector se educa a sí mismo (cuidando claro está, de elegir bien lo que se lee).

¿Es el gremio de educadores públicos de nuestro país el tipo de personas que Pinker describe? ¿Son los grupos de poder político y sus oponentes personas educadas, tal como las describe mi colega canadiense? ¿Estamos, usted y yo haciendo un esfuerzo real por coincidir con la descripción arriba compartida?

Yo continuaré educándome e intentando, humildemente, educar a quien me preste su atención. Trataré de no exponerme mucho al circo mediático actual y sobre todo, continuaré poniendo mucho cuidado en quienes educan a mi hija.

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / Facebook

Pd: y si no sabe cómo se llama la imagen y quién y en qué periodo de la historia fue creada, presumo que habrá que educarse un poquito más. Un ser humano sin arte, sin ciencia y sin capacidad de razonamiento crítico es justo lo que el sistema requiere: alguien fácil de controlar.

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