Sanar lo social

Fue el mismo Sigmund Freud quien llegó a afirmar que toda psicología es social. Con esto, asumo, lo que quiso decir es que todo aquello que la psicología produzca, impactará irremediablemente el espacio en el que el ser humano se desenvuelve. A ese espacio, gracias a una convención, solemos llamarle «lo social».

Aristóteles aseguró que el hombre requiere del espacio social (la polis) si desea realizarse. Solo las bestias y los dioses pueden darse el lujo de abstraerse de lo social. El «zoon politikon» fue diseñado para vivir rodeado de otros de su misma especie. Somos animales gregarios, nos guste o no.

Hablando de los disgustos que provienen de socializar, quizás no sea del todo ocioso mencionar de nuevo al padre del psicoanálisis, en aquel momento (1929) en que nos advierte del malestar propio de hacernos reunir de otros humanos. Los otros, aún y cuando garantes del contrato social (Rousseau), se encargan, consciente y/o inconscientemente de estorbar nuestras búsquedas. Son los que nos rodean una de las tres fuentes de malestar psíquico, junto con nuestra finitud y lo indomable de las fuerzas naturales.

Sea que seamos tan optimistas como Aristóteles o tan pesimistas como Freud, no pareciera haber escapatoria: la fantasía que TODOS hemos alimentado, esa de total autonomía, gracias a la cual dejaremos de prescindir del resto de homo sapiens, no es más que eso… una fantasía. No sé si habrá sido por ser expulsados del paraíso del Génesis o si simplemente poseemos en nuestro interior una insatisfacción congénita, pero parece que estamos condenados a socializar.

Partamos entonces de una idea harto mencionada: somos, cada uno de nosotros, parte de un sistema. ¿Cuánto afecta el sistema al individuo o el individuo al sistema?, no tengo idea cómo podría medirse. Lo que sí parece innegable es el hecho de que el ambiente impacta el psiquismo humano. Y no solo eso. La epigenética nos ha demostrado que nuestro entorno cuenta con la capacidad de modificar nuestro contenido genético. Todo ser vivo, sin importar cuántas programaciones traiga inscritas en su ADN, podría bloquear o desarrollar nuevas características si es que el ambiente en el que interactúa «toca» su sistema operativo original. No solo no somos una página en blanco al nacer (ya eso no hay quién lo pueda sostener), sino que el espacio en el que vivimos nos modifica genéticamente.

Corriendo el riesgo de sonar arriesgado, deseo proponer un concepto de un genio que, no entiendo muy bien cómo, logra escribir libros sobre física que generan emoción al leerlos. Nacido en la misma ciudad de origen del Dr. Freud -Viena-, Fritjof Capra es considerado uno de los máximos exponentes del movimiento llamado «Nueva Física». Según este colectivo científico, debemos de una vez por todas superar la visión mecanicista con la que intentamos comprender fenómenos complejos. El «causalismo» no alcanza, según el Dr. Capra. El todo es mucho más que la suma de sus partes. Gracias a él hoy podemos hablar de PENSAMIENTO SISTÉMICO. Su ejemplo clásico: las partes de un organismo no explican por qué dicho ser se encuentra con vida, qué es esa sustancia o energía que le aporta dicha condición. Un organismo es una red de conexiones y son estas las que le dan consistencia, no el inventario de cada una de las partes con que cuenta.

Si lo notaron, un planteamiento tal permite -y hasta fomenta- los vuelos metafísicos. Alguien diría que lo que aporta la vida no es un qué, sino un quién (haciendo referencia a esta inteligencia creadora a la que suelen llamar Dios). Pues bien, he aquí una razón por la que estos autores suelen ser cuestionados, ya que parecen incluir en un campo tan esterilizado como el de la ciencia ideas sospechosamente místicas. Si alguien desea internarse en este tipo de visión, le recomiendo dos libros en particular, los cuales disfruté muchísimo: «El Tao de la Física» del mismo Capra y «La ciencia y el campo akásico» de Irvin Laszlo.

No seré yo el que intente participar en tan teológicos debates. Prefiero mantenerme en un plano más físico, más apegado a eso que solemos llamar la realidad. Si tanto usted como yo somos parte de este sistema social, no considero un atrevimiento proponer que lo que usted y yo hagamos o dejemos de hacer causará un impacto en el sistema en el que nos encontramos. Estamos tratando de pensar sistémicamente en este momento, recuérdelo. Nos estamos apoyando en Capra para sentar una hipótesis personal que vengo compartiendo clínicamente desde hace más o menos una década.

A mis consultantes suelo insistirles -hasta el hartazgo- en la importancia de perseguir un nivel al que gusto llamar «objeto terapéutico«. Según mi ocurrencia -podría no ser más que eso-, somos algo parecido a un instrumento musical. Es probable que al nacer hayamos surgido totalmente afinados (no lo recuerdo). Luego, el ecosistema (familia y sistema educativo incluidos) en que fuimos insertos fue, en mayor o menor medida, desafinándonos. Será el grado de consciencia de cada uno el abocarnos a recobrar esa afinación original. En la medida que vayamos transformando nuestros ruidos internos en melodías, podremos afectar al prójimo (aquel ser vivo próximo a nosotros) de un modo benéfico. Nos convertimos nosotros en objetos terapéuticos. Generamos (lo auto-generamos en realidad) un proceso de metamorfosis que nos transforma en una especie de «hotspot» que emite una señal nutritiva, enriquecedora, sanadora. Sí. Sanadora. Yo mismo lo he sentido cada vez que me encuentro en la proximidad de alguien que ha dedicado su vida a trabajarse internamente, sea un monje proveniente del Tibet o un Nahual en las afueras de Ciudad de México. Estos seres maravillosos no curan con lo que dicen. Su sola presencia produce un efecto regenerador difícil de explicar para la ciencia convencional.

Pues bien, lo que entré hoy a proponerles es que no cesemos en nuestro empeño de convertirnos en objetos terapéuticos. Si somos parte de un sistema, todo lo que logremos será en beneficio personal, pero también del resto, sean nuestros familiares, nuestros amigos, nuestros vecinos, nuestra sociedad, nuestro planeta.

Consciencia es la clave. Debemos ganar en consciencia. Debemos despertar del sueño que nos impide ver la realidad. Que nos impide ver otras realidades. Les aseguro que podemos curar lo social. Es solo que va a ser realmente difícil si le endosamos tan magna tarea a seres desequilibrados, asustadizos, neuróticos, ególatras, desconectados. «El sistema enferma», asegurarán muchos. Lo sé, pero nosotros, enfermos también, no aportamos mucho. Dos desequilibrios no generan un equilibrio. Generan un caos mayor.

Finalizo con una precisión de mi filósofo antiguo favorito, Aristóteles. Según él, los cuerpos celestes (planetas y estrellas) poseían un alma, el cual les aportaba su movimiento y capacidad de suspensión. ¿Y si la sociedad también fuera un animal (ser con alma)? ¿Y si fuésemos nosotros microorganismos de dicho animal? ¿Cómo nos comportamos? ¿Como probióticos o como virus?

Todos tenemos una tarea que cumplir. Espero que al leer esto se encuentren ya trabajando en la suya. Y de no ser así, más que sentirse mal espero que se motiven a iniciar. Recuérdenlo: desafinados contribuimos al caos.

Espero de corazón que mi hija y las hijas e hijos de ustedes encuentren un espectro social más afinado. Hasta la próxima,

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / Facebook

P.d.: si desean interactuar con otras personas interesadas en este tipo de revoluciones, pueden solicitar ingreso a un grupo que recién creamos: Dimensión Psiconáutica.

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