Ser adolescente nunca ha sido fácil

Recuerdo una precisión del pediatra y psicoanalista Donald Winnicott, quien aseguraba observar en los adultos una extraña «amnesia juvenil». Según él, el adulto, al superar la adolescencia, olvida por completo las especificidades del periodo que recién finaliza. Es quizás un mecanismo defensivo. Intentar olvidar aquello que tanta incertidumbre generó. Y no, no está mal intentar dejar atrás épocas difíciles. Es solo que al olvidarlo se pierde posibilidad de contacto con los jóvenes que les rodean.

Viendo alguna vez una película caí en cuenta de algo: el problema con ser padres de adolescentes es que nos topamos -los adultos y los jóvenes- en momentos de crisis. Quiero decir que en estos momentos hay padres lidiando con sus crisis existenciales, los cuales a su vez están lidiando con la crisis de la adolescencia de sus hijos. De semejante coctel las posibilidades de que se geste algo sincronizado son pocas. Y no. Mejor me adelanto. No estoy señalando a nadie. Estoy describiendo una postal familiar harto frecuente.

Mi experiencia clínica me ha enseñado que la tendencia a no tomar responsabilidad sobre nuestros actos -u omisiones- es casi un reflejo involuntario. Lo escuchamos con los padres de familia, los de ahora y los de antes: el problema son las drogas, la educación, las malas influencias, la televisión, los videojuegos, la falta de valores, la falta de Dios, la falta de plata, la falta de tiempo, la música, lo que leen en redes sociales, los «influencers», etc. Da la impresión que un joven no es más que un pobre ser, obscenamente básico y sin ninguna capacidad de razonamiento, a expensas de lo que le pongan de frente. Su potencia volitiva es nula. Su nivel de adiestramiento es lo único que los distingue.

Recuerdo un evento de mi juventud. Uno de mis músicos favoritos, el controversial Ozzy Osbourne, fue demandado por los padres de un joven estadounidense, quién supuestamente había cometido suicidio luego de escuchar la canción «Suicide Solution» («solución suicida»). El joven presentaba serios problemas de alcohol y desórdenes emocionales. Como era de esperarse, el caso fue desestimado. Culpar a una canción por el poco equilibrio de un joven era, a todas luces, la búsqueda de un chivo expiatorio. Este que hoy escribe, debe haber escuchado esa canción unas 10.000 veces y ni por asomo he llegado a pensar que un músico de rock podría ser considerado un mentor filosófico (aclaración: la letra no incita al suicidio, es un relato íntimo, algunos incluso piensan que autobiográfico de Ozzy, quién todavía anda por ahí rockeando en su tercera edad).

Yo recuerdo perfectamente la angustia adolescente. El no saber quién era, el no saber si debía convertirme en alguien más, el sentir que lo que yo veía no se parecía en nada a lo que mis padres y tutores describían. Reconozco que la adolescencia no me encantó. Lo que sí recuerdo con cariño es mi colección musical y mis libros. El colegio fue una época aburrida. No fue culpa de nadie. Simplemente lo fue.

Siempre será más fácil «hacernos los tontos», como decimos acá. Enseñarle a nuestros hijos a distraerse. Les terminamos traspasando -heredando- la misma estrategia que nos autoaplicamos: ¿no nos gusta nuestra realidad?. Entonces nos distraemos. Nos entretenemos, consumimos -objetos- y nos consumimos. Tenemos tan pocas fuerzas para lidiar con nuestras propias crisis, que preferimos -de modo negligente- obviar la crisis de los que nos rodean. Y no me vengan con el «es que mis hijos no quieren comunicarse conmigo«. Pues bien, invéntese algo. Si las personas utilizaran la creatividad con la que diseñan memes para crear puentes de comunicación, no estaríamos lidiando con toda esta paleta de desequilibrios psicoemocionales que hoy nos aquejan: embarazos adolescentes, autolesiones, adicciones, desórdenes alimentarios, conductas imprudentes, suicidios, etc.

No está mal atravesar crisis. Lo malo es no resolverlas. Y no confundamos razones con excusas. Un joven que decide quitarse su vida no lo decidió al leer un libro, una canción o un «tuit». Pero una frase como preámbulo de una conversación profunda y desprejuiciada, podría abrir una oportunidad para escuchar y ayudar a ese cuya vida se le presenta en tonos oscuros. Pongamos atención. Podríamos no tener muchas oportunidades más. Es que ser adolescente, lo recuerden o lo repriman, no fue fácil.

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / Facebook / el otro blog

 

 

 

 

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