Sobre la negligencia existencial y demonios afines

Todos conocemos -o al menos hemos escuchado- sobre Sigmund Freud y Albert Einstein. De Einstein ya se ha dicho todo. Llamarle a alguien “un Einstein” es concederle un altísimo grado de inteligencia, de brillantez, de cientificidad. Tal pareciera como si dicho personaje representa, a un nivel de imaginario social, el arquetipo de la sabiduría. De él, más allá de sus controversiales teorías y propuestas, suelo tener presente una frase suya que me llena de mucho orgullo: “un científico no es más que un filósofo de mala calidad”.

Lo que no todos conocen es la comunicación epistolar -vía carta- sostenida entre estos dos personajes. Einstein, deseoso de incluir en una disertación suya, la opinión del, según él “mayor conocedor del alma humana”, le solicita a Freud un comentario sobre el optimista futuro de la humanidad. Estaba seguro que Freud, no solo accedería sino que secundaría sus impresiones. Pues bien, el paladín de la ciencia moderna se equivocó. Freud no era tan optimista como él al respecto. Para Freud, los aspectos más oscuros del ser humano (la dimensión inconsciente) le impedirían a la humanidad alcanzar aquellos bellos ideales, cristalizados en la Revolución Francesa. El hombre, aún encontrándose en soledad, ve disminuir su energía gracias a sus conflictos internos. La mente humana, para Freud, es un campo de batalla en el que nuestros aspectos no dominados suelen ganar, si no la guerra, muchas victorias.

Hace cinco años mi visión de mundo se vio alterada. Me divorcié de mi muy fiel compañero, el pesimismo, y me mudé a predios menos fatalistas. No me considero un optimista a ultranza y sin embargo ya no gusto de ver todo a través de un oscuro lente. Me volví menos freudiano en ese sentido. Tan optimista como Einstein… aún no lo he logrado. Me gusta pensar que soy un realista con rasgos de optimismo. Comprendí, gracias a una serie de eventos que hoy no parece necesario ventilar, que la actitud con la que me enfrento a mi existencia influye muchísimo, sino en el resultado, al menos en el efecto que me causa. No puedo controlar el exterior, pero puedo trabajar con mis fuerzas interiores.

Pienso que lo que estoy a punto de denunciar tiene mucho que ver con la influencia del judeocristianismo. Aún los no muy versados en teología sabemos que dicha fe presupuesta la colaboración de fuerzas sobrenaturales, provenientes -pareciera- de un ser todopoderoso, encargado de lo que existe y de lo que no existe. Aún y cuando las cosas se pongan realmente feas, los creyentes cuentan con la compañía de dicho ser protector, el cual, aunque a veces no lo entiendan, da la impresión de estar siempre presente. Gracias a dicha presencia, entonces, la soledad como estado deja de tener sentido. El creyente nunca está solo.

Acuñé el concepto de “negligencia existencial” para referirme a ese impulso, potencialmente destructivo, que nos lleva a esperar que otros se encarguen de mí, de mi experiencia humana, de mi vida. Y es que esperar la ayuda de los otros no tiene nada de malo. Lo malo vendría siendo el desatender aquello que me toca a mí, confiando -ciegamente- en que los otros -Dios incluido- asuman mi existencia y la lleven a buen puerto. Entenderán -estoy seguro- lo atractivo de este modo de vivir. En relación a esto último, quise dejar las líneas finales a ese mítico ser, famoso y temido, odiado y familiar, al que gustan llamar el diablo.

¿Es el ser humano un ser de luz? Sí… en parte. También posee su lado oscuro, su “sombra”, como bien la llamaba Carl Jung. Somos -siento recordárselos- la conjunción de ambas tonalidades. El humano es eso: la suma de la luz y la oscuridad. Algunas veces somos llevados por nuestros aspectos más lumínicos. Otros, por los menos brillantes. Conocernos profundamente, al menos es mi opinión, no implica desterrar nuestro lado menos luminoso. Se trata, creo, primero que todo de reconocer ese aspecto, tan humano como el otro. Aprender a distinguirlo y buscar vías para poder restarle injerencia en nuestros actos, ideas y emociones. El diablo no existe, lo he dicho muchas veces. Es el producto de una peligrosa estrategia que busca restar responsabilidad a nuestros actos.

Vivir una vida feliz y ética tendría que ser nuestra meta existencial: disfrutar, aprender, experimentar, sin olvidar que todo lo que hagamos, todo lo que digamos, todo lo que sintamos tendrá un efecto, tanto en nosotros como en nuestro interior. Es irremediable. El entorno -y el interno- nos afecta. Nosotros afectamos nuestro entorno y, si ganamos en conciencia, nuestro interior, con todo aquello que requerimos para hacer de esta vida una que valga la pena ser vivida.

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / Facebook / El otro blog

2 Comments

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *