Sobre las crisis espirituales

¿Qué sería de una vida humana sin crisis? Algo sin duda deseable… e imposible a la vez. Yo no diría, como algunos plantean, que esta realidad es eso que los creyentes llaman infierno. Se que todos los días nos topamos con malas noticias (¿les estaremos poniendo demasiada atención o, peor aún, habremos desarrollado un mórbido gusto por los “sucesos” noticiosos?), pero concluir, a partir de lo anterior, que estamos siendo castigados, me resulta excesivamente dramático. Y, en todo caso, ¿quién nos está castigando? ¿Por qué querría castigarnos? ¿Qué obtiene al castigarnos? No se qué pensarán, pero vernos como “castigados” nos transporta a un universo altamente especulativo y teológico, el cual no deseo visitar.

¿Será entonces el cielo? Pues me parece que tampoco. Aún y cuando hemos tenido temporadas francamente motivantes, irremediablemente nos dimos cuenta como estas dieron paso a otras mucho menos memorables. “Todo fluye y refluye“, leía ayer en un texto sobre psicología espiritual. Todo se mueve, todo cambia, nada queda, nada se mantiene… es así, no hay nada que podamos hacer.

El doctor Carl Jung mostró un constante interés por la relación entre espiritualidad y psicología. Para él no era posible pensar una sin la otra. El problema al que nos topamos -a mí también me sucedía- es el de pensar la psicología como una ciencia del comportamiento. La psicología es en realidad, y aquí me apropio de una definición que escuché hace unos días, el estudio sobre NUESTRA alma (entendiendo esta como el más allá del sistema nervioso). ¿Y cómo accesamos esa dimensión? Gracias a la introspección (intro-spec-ción: acción de mirar hacia nuestro interior).

“El mago de Zurich”, como solían llamarle en su círculo cercano.

Según Jung, la vida humana se puede dividir en 2 grandes bloques o momentos. En el primero, a saber la primera mitad de nuestra vida, invertimos toda nuestra energía en convertirnos en alguien… para los otros. Somos, gracias a que existen otras personas que nos reconocen como individuos, notan nuestra presencia, nos llaman por nuestro nombre, nos admiran por lo conseguido, nos permiten ingresar en sus propios universos personales. Si no tuviéramos a otros a nuestro alrededor, da la impresión que no sabríamos quiénes somos en realidad y quizás ni tendríamos la motivación para ser. Pasamos de la dependencia y precariedad de nuestros primeros meses de vida a la inter-dependencia (en el mejor de los casos, ya que muchos continúan apegados a sus seres queridos, a sus posesiones, a su imagen, a su trabajo, a su fama en redes sociales, etc.). Ya luego, según el autor en cuestión, se opera algo que él solía llamar una CRISIS ESPIRITUAL. Ésta, según él, marcará un verdadero hito en la historia de cada uno de nosotros. Es una especie de banderazo de salida hacia la verdadera integración (de todos nuestros aspectos psíquicos, tanto los luminosos como los oscuros), el cual nos permitirá convertirnos en lo que realmente somos. En términos más simples, nuestra crisis espiritual es la señal que denuncia un proceso de verdadera madurez emocional. Allí inicia y nos tomará, aproximadamente, cada uno de los días que nos queden antes de llegar al único desenlace realmente asegurado para todos nosotros, a saber, la muerte de nuestro cuerpo físico.

Pero, ¿por qué una crisis y por qué espiritual?. Ambas preguntas resultan pertinentes. Es una crisis, no la primera -claro está-, ya que el reconocimiento social no logrará suplir ese vacío existencial que lleva a tantos a tomar tan malas decisiones. Que socialmente contemos con algún grado de reconocimiento sólo satisface a nuestro ego. Pero somos más que un ego. De hecho somos cientos de ellos. De ahí que ese esfuerzo continuado por 3 o más décadas de una vida humana por ser para los otros se mostrará insuficiente. ¿No me creen? Observen la vida de tantas personas famosas y verán a qué me refiero. Nuestro lado social es eso, un lado. Somos mucho más que eso.

¿Y por qué espiritual? Esto sólo lo entenderán si ya lo han experimentado. Intelectualmente no hay modo de acercarse. Hay un momento en tu vida en que sentís que estar vivo tiene que ser más que cumplir con las típicas obligaciones propias de un sistema social: crecer, reproducirse, consumir mucho más de lo necesario y luego simplemente desaparecer. Y no digo que eso no sea deseable o incluso innecesario. Para nada. Es solo que no es suficiente. Algo en tu interior, de un modo amigable, te recuerda que se puede mucho más que eso. Pero déjenme decirlo una vez más: este mensaje difícilmente provendrá del exterior. No es un llamado (“calling”, vocación), tampoco algo epifánico. Es algo total y absolutamente íntimo. Es un “caer en cuenta”, un “aha moment“, como llaman los angloparlantes. Ni siquiera es algo que genere preocupación. Es un simple recordatorio de que se puede ir un poco más allá de las convenciones sociales… o no. Ya ven que millones de personas le dieron “mute” a ese mensaje y continuaron con sus vidas de “mall”, netflix y entretenimiento, lo cual no nos da autorización para emitir juicios de valor. Es solo que quizás se podía ir un poquito más profundo. Pero cada quién va por donde va y en el camino de la evolución de la conciencia no hay atajos, ni se puede uno saltar la fila. Vamos por donde vamos. Lo importante es ir, moverse, no quedarse quieto, madurar, transformarse, temerle a lo estático, a lo que frena, sean estos trabajos, relaciones, sistemas de fe, familias, etc.

Siete (un número altamente significativo, ahora que lo pienso) años llevo en mi propia crisis espiritual. Hoy me siento en un mucho mejor lugar que antes. Más emocionado por todo lo que aún no sé ni he vivido. Irracionalmente seguro de que me dirijo hacia un mejor “lugar”. Sospechosamente convencido de que lo que estoy haciendo en estos momentos es lo que tengo que estar haciendo. Intuitivamente claro de que lo que solía hacer en mi juventud fue solo una preparación, así que no tiene sentido seguir haciéndolo.

En síntesis: no teman a las crisis. Y si están aún muy jóvenes, no se preocupen por todo esto. Simplemente vivan. Ya habrá tiempo…

Allan Fernández, acompañante y orientador filosófico / Podés seguirme a través de Instagram y Facebook

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