Sobre las ventajas de (no) pensar

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De este lado del planeta (occidente), por razones que hoy no enumeraré, solemos darle privilegio a nuestra capacidad de pensar. Todo parece indicar que pensar se convirtió en el proceso más elevado del Homo Sapiens. En la medida que pensamos, nos aseguramos ser («Cogito ergo sum», Descartes). Sea lo que sea que nos suceda, si logramos pensar, nos aseguraremos encontrar una solución apropiada. Pensar entonces resulta vital, necesario, imprescindible.

El sistema educativo (al menos al que yo fui expuesto, por un extenso periodo de poco más de cuatro décadas) privilegiaba ciertos procesos cognitivos los cuales, según la tradición pedagógica, debían ser desarrollados: pensamiento lógico, deducción, memoria, análisis, procesamiento matemático, capacidad de síntesis y alguno otro que ya no recuerdo (ya lo ven, la memoria no siempre es de fiar). En esta realidad 3D que aparentemente todos habitamos y por ende compartimos, con dichas habilidades me aseguraba un feliz transitar, cobijado en la certeza de que «usando la cabeza» (una expresión de mi padre) no tendría nada de qué preocuparme.

Pero la realidad (sea esta un constructo de mi mente o un espacio común) se presentó algo más compleja, ya desde mis primeros años (los que recuerdo). Observaba en mi interior incongruencias y fuerzas contrapuestas que no se sosegaban al pensarlas. Siendo medianamente hábil en eso de pensar, algunos malestares no sólo no desaparecían, sino que hasta llegaban a amplificarse, luego de ingentes horas intentando comprender-me. Algo andaba mal. Pensar no era esa estrategia infalible que otros reforzaron. Pensaba y pensaba y pensaba y el panorama no se aclaraba. Una especie de telón de fondo de tonalidad grisácea se resistía a flaquear ante los embates del pensamiento.

Estudiar psicología, en mi caso, tenía poco que ver con el comportamiento humano. La conducta no me parece, en lo absoluto, el aspecto más seductor de nuestra especie. A mí me interesa(ba) ir más allá, hacia el interior, encontrar las causas de esa pugna que experimentaba un día sí y el otro también. Lo humano era un enigma, una pregunta con respuestas muy poco convincentes. Las explicaciones científico/sociales -así como las religiosas- carecían de la contundencia necesaria para acallar eso que luego, descubrí, no sólo a mí me sucede. Sentir nuestro interior conflictuado es una marca de nacimiento de todos nosotros. Somos, sea que pensemos mucho o poco, en tanto cargamos malestares. No existe algo así como un humano sin ruido interno. Vivir es intentar encontrar las causas de eso que nos impide ser.

Algunas respuestas provenientes del psicoanálisis arrojaron luz sobre mi investigación existencial. No había considerado que mi consciencia no es toda mi mente. Cargo -al igual que usted- con un inconsciente y este -aunque no sepamos muy bien cómo o por qué- tiene una agenda propia. La conciencia se mueve hacia un punto. El inconsciente no siempre se concilia con dicha dirección. Somos habitados por nuestro inconsciente (una parte de este procede de nuestra propia historia, otra procede de La Historia del mundo, según Carl Jung). Soy aquello que creo ser y aquello que mi inconsciente anhela. Soy una pluralidad interna. Una legión. Unas partes piensan, otras recuerdan, otras sienten, otras reaccionan, otras olvidan, otras reprimen, otras sueñan, otras sufren, otras anhelan. Unas se mueven. Otras se estancan.

Carl Jung, psiquiatra suizo, creador de la Psicología Profunda.

No satisfecho -rasgo también presente en los humanos, la insatisfacción- me moví hacia las filosofías occidentales. Pensé mucho y por mucho tiempo. Conocí las obras de pensadores que pensaban que pensando se alcanza la plenitud. También estudié a los que no estaban tan convencidos de lo anterior. Incluso leí tratados de los que aseguraban, de modo contundente, que pensar no era suficiente. Obtuve -aún sucede, ya que mi búsqueda está lejos de concluir- diferentes productos: me sentí acompañado algunas veces, otras me sentí aliviado, en algunos momentos radicalmente extraviado. Pensaba y sentía. Sentía y pensaba. Trataba de pensar en lo que sentía. Pensaba si sentir lo que sentía era lo apropiado. Sentía que pensar no siempre ayudaba.

Por una mueca del destino -¿existirá?- caí en las filosofías orientales. Mentiría si digo que todo se solucionó. Pero tampoco sería justo si aseguro que nada se resolvió. Ingresé a un mundo en el que pensar no se presentaba como superior a otros procesos mentales. Siendo como siempre he sido, empecé a pensar si estos modos de ver la realidad eran los apropiados. Si eran convincentes, si tenían sentido (pensar… pensar… pensar…). Al día de hoy sigo albergando dudas (ya han pasado más de diez años). Estoy tratando de que ellas no me distraigan.

Hoy puedo decir que pensar es una cosa y rumiar es otra. Pasamos machacando todo el día escenas que ya nunca volverán a suceder, escenarios que quizás nunca se cristalicen. Repasamos hasta el hartazgo conversaciones que puede que nunca tengamos la posibilidad de sostener. Nos aferramos a productos mentales que ni siquiera entendemos muy bien de dónde provienen. En síntesis: pensamos poco -si entendemos el pensar como un proceso creativo, de construcción de posibilidades y soluciones-. Sufrimos mucho, gracias al caótico estado de nuestro mundo mental. De tanto rumiar, sentimos dolor.

«Todas las personas que nos topamos a diario están teniendo una conversación desagradable en su mente«, escuché decirle alguna vez a Sam Harris. Tiene razón. Esto no procede de una disfunción original de nuestro sistema mental. Es más bien el producto de todo el bombardeo al que somos expuestos desde nuestros primeros años: expectativas de los otros, objetivos socialmente deseables, necesidad de reconocimiento, etc.

Sam Harris, filósofo y neurocientífico.

Es responsabilidad de cada uno de nosotros al menos intentar neutralizar esos procesos internos que tanto le restan a nuestra experiencia existencial. Caminos afortunadamente existen muchos -el de las drogas no me parece uno seguro, pero tampoco me siento en condiciones de cuestionar al que recorre esa vía, es sólo que como psicoterapeuta temo que no todas las mentes hacen buen coctel con las drogas-. Nos toca a cada uno encontrar el propio. Pensar menos, practicar más. «La vida es una práctica espiritual«, escuché a algún estudioso de budismo afirmarlo. Me molestó un poco. Tengo problemas con la categoría de «espiritual». Afortunadamente, por una suerte de sincronicidad, agregó: «entendiendo espiritual como la capacidad de intentar mantenernos en el aquí, sin juzgar«. Con eso sí puedo. Y no es que lo consiga muy seguido, pero algo me dice -algo que viene de un más allá del pensamiento- que al intentarlo algo benéfico consigo.

Pensar menos, estar. Aquí, ya. Tantas veces como necesitemos repetir la instrucción. La vida es esto, es ahora. Lo demás son producciones mentales. Aprender a no rumiar, o al menos a rumiar menos. Dejar de añorar, dejar de proyectar. Estar. En este momento, en este instante, en este segundo, en esta inhalación… en esta exhalación.

Allan Fernández, Psicoterapeuta, Máster en Psicología Clínica y Psicoanálisis / Si querés sostener una consulta para profundizar en esto, podés contactarme a través de este enlace. También podes seguirme a través de FacebookInstagram y/o visitar mi página profesional .

Foto de Noah Silliman en Unsplash