¿Sos algo narcisista?

Obvio. Si no dudaras serlo, no estarías leyendo esto. Quizás te lo han dicho, quizás leíste algo en internet que te sonó a vos, quizás obtuviste ese resultado en algún test de revista de modas. Pero, vamos en orden. Narciso, ¿quién era?

Narciso a punto de morir… por narcisista

El mito de Narciso, terriblemente simplificado, es más o menos este: existió un tipo ridículamente atractivo, inmensamente bello. Las mujeres se enamoraban de su imagen. Los hombres también. Sin embargo, Narciso los rechazaba a todos y a todas. Rechazaba humanos y hasta se daba el lujo de rechazar seres sobrenaturales. La misma ninfa Eco sufrió del rechazo de aquel bello joven, lo cual a la postre la sumió en un estado que la llevó a la muerte. La diosa Némesis (la diosa de la justicia y la venganza), dirigió un hechizo hacia el joven, gracias al cual se enamoró obsesivamente de sí mismo, de su imagen. Una vez, viendo su imagen en un pozo, se abalanzó para abrazar a ese bello humano, lo cual produjo su muerte. Narciso murió por intentar poseer su atractiva imagen. Acá podemos hablar de una verdadera “atracción fatal”.

A Sigmund Freud los mitos antiguos se le presentaban como explicaciones de procesos humanos contemporáneos. A Edipo no todo el mundo lo conoce, pero hablar de un amor o un “rollo” edípico a todos nos suena como algo que no funciona bien. Pues bien, Edipo le debe a Freud mucho de la fama con la que cuenta hoy en día. Con Narciso sucede algo similar.

Para Freud, cada uno de nosotros somos un sujeto rodeado de objetos. Esos objetos pueden ser más o menos importantes. La diferencia entre unos y otros dependerá de la cantidad de energía que les dirijamos. Quiero decir que para que algo sea importante para vos se requiere que parte de tu energía esté dirigida hacia dicho objeto. Esto nos permite entender por qué para algunas personas ser despedidos resulta una debacle y para otros un motivo de celebración. El objeto “trabajo” (junto con otros “objetos” como reconocimiento, status, dinero, etc.) no es igual de importante para todos. ¿Y qué me dicen del objeto “relación sentimental”? Yo he conocido personas que rezan para que su pareja se desencante y se vaya con alguien más… con cualquiera, lo mismo da. En esta escena que acabo de bocetar, el objeto “pareja” no es un objeto demasiado importante. No recibe mucha energía, diría Freud, no invertimos mucho, pulsionalmente hablando (“pulsión” es uno de los términos con los que Freud hacía referencia a esa energía primordial que nos mantiene vivos). Y así podemos ir casi que por cualquier cosa que exista. Todos son objetos, recuérdenlo: patria, dios, dinero, salud, hijos, carro, casa, estudios, viajes, likes, seguidores, mascotas, amantes. Todos son objetos. A algunos nos interesan unos… a otros les interesan otros. Es más, a algunos nos interesaron mucho algunos en el pasado y ahora no tanto, o viceversa. Lo importante de todo esto es que retengan esta idea: un objeto se vuelve importante en la medida que dirijo (de modo inconsciente) parte de nuestra energía psíquica hacia dicho objeto.

A inicios del siglo XX Freud introduce el concepto de “narcisismo” (no se le ocurrió a él, era un poco anterior y provenía de la psiquiatría francesa), el cual nos permitiría comprender cuáles son los caminos que toma nuestra energía interna. En un primer momento, cuando somos bebés indefensos, toda nuestra energía nos acompaña, nos reviste. Aún no hemos entendido la diferencia entre “yo” y los otros. Para el cachorro humano, la madre y él (ella) son un solo objeto. Eso quiere decir que cuando nacemos no sabemos amar, ya que amar requiere reconocer a un otro (retengan esto también por favor). El niño muy pequeño no ama porque aún no ha descubierto que existen los otros. Ya luego nos suceden a todos algunos eventos que nos permiten comprender que no somos el Universo, sino que habitamos uno y, por si fuera poco, no estamos solos… nunca estuvimos solos (ni siquiera en el útero materno).

Conforme el humano va creciendo y por ende va entendiendo que los otros existen (proceso de socialización), sucede algo fundamental: de la energía con la que contamos, una parte de ésta se queda con nosotros y el resto viaja hacia el exterior. Las cosas que nos interesan, entonces, se llevan parte de nuestra energía. Aunque no es necesario verlo de un modo tan dramático: son inversiones pulsionales. Dirigimos nuestra energía hacia objetos que nos resulten placenteros, satisfactorios, deseables, amables, interesantes, atractivos, etc. Y sí, son objetos, ya lo aclaré antes. Todos son objetos para mí. Y para ustedes todos los que no son ustedes. Así funciona el universo psíquico según Freud: un sujeto rodeado de objetos.

¿Qué es amar? Fácil, amar es, entre otras cosas, reconocer al otro amado, reconocer su singularidad, reconocer que no soy yo, reconocer que en tanto objeto preciado requiere un tratamiento particular. Requiere también comprender que para el otro, yo soy un objeto (ojalá uno valorado). Y acá es donde la cosa se complica: si por diversas razones yo me trato a mí mismo como un objeto amado y único (narcisismo), me va a ser prácticamente imposible amar a alguien más. En clave freudiana, si yo dirijo toda la energía hacia mí mismo, me vuelvo alguien incapaz de revestir objetos externos con dicha energía, ya que me quedé sin ella. Si toda mi energía está volcada hacia mí (narcisismo en sentido patológico), ningún objeto del exterior es particularmente importante y, por ende, me importará poco si dicho objeto sufre, se trauma, se disuelve, desaparece, etc. Esto es lo realmente importante de esta publicación: el Narcisista y la Narcisista (con mayúscula) se encuentran emocionalmente (psíquicamente, pulsionalmente) inhabilitados para sostener relaciones sentimentales maduras (recuerden que cuando fuimos niños toda nuestra energía estaba volcada sobre nosotros, pero eso tendría que haber cambiado de camino). Son inválidos emocionales. No saben amar. No pueden amar. Son niños de brazos, psíquicamente hablando… aún no han descubierto que los otros existen.

Entonces, ante la pregunta de si sos algo narcisista, la respuesta está dividida en partes:

  • de niño sin duda lo fuiste (todos lo fuimos)
  • de algún modo aún lo somos un poco (parte de nuestra energía siempre nos acompaña y gracias a ella nos damos un valor en tanto objetos de la realidad).

El problema no sería tener algo de narcisismo, sino actuar como verdaderos Narcisistas (otra vez con mayúscula). Recuerden el mito fundante de esto: no es que el Narcisista no ame, sino que ama demasiado a alguien… a sí mismo. Y eso los vuelve verdaderas malas apuestas, al menos en el campo de las relaciones interpersonales (sean amorosas o no).

Este tema es complejo y aún no he compartido la opinión de otro autor que me gusta mucho (un filósofo). Así que parece que esto no acaba aquí…

Allan Fernández, Psicoanalista y Asesor Filosófico / Si queres sostener una consulta individual para profundizar en esto, podés contactarme a través de este enlace. También podes seguirme a través de Facebook, Instagram o suscribirte a mi boletín quincenal.

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