Suficiente con las relaciones tóxicas

La psicología, no sé si de modo deliberado, termina aportando conceptos los cuales, una vez vulgarizados, pierden todo valor. Hace 20 años todos decían andar deprimidos, hace un par de años da la impresión de que todos padecen de los efectos dañinos de la ansiedad y, por si fuera poco, suelen sentir ser parte de relaciones tóxicas. La depresión existe, los problemas de ansiedad también y sin duda las relaciones tóxicas. Es solo que si no somos más precisos a la hora de analizarnos (o peor aún, auto-diagnosticarnos), estaremos perdiendo la oportunidad de crecer, de evolucionar, de avanzar.

¿Qué sucede si me permiten afirmar que toda relación debe iniciar de un modo tóxico? Esperen, esperen, permítanme explicarme. Es que es así. El enamoramiento es eso, un estado de ebriedad, de intoxicación pura. ¿O no recuerdan lo que se siente estar enamorado de alguien en las primeras semanas? Ah, es que si no les ha sucedido entiendo que se sobresalten. Estar enamorado es lo más parecido a estar bajo los efectos de algún agente distorsionante de la realidad. Tus horarios se trastocan, tus prioridades se ponen de cabeza, tus sentidos pierden la puntería, tu vida toda se transforma en algo muy diferente. Ya luego ese estado de intoxicación (Freud así lo llamaba) va cediendo y a partir de ahí pueden suceder dos cosas: la relación se acaba o ambos «partenaires» empiezan a trabajar en la consolidación de una nueva relación, ya no traspasada por el enamoramiento, sino por el amor, el compromiso, la confianza, el respeto y la admiración (escribí todo lo que pude al respecto en mi otro blog #EnredosAmorosos, si es que alguien desea volver a esos temas).

¿Saben qué creo que sucede? Muchos en realidad no entienden qué decimos cuando afirmamos que algún elemento posee capacidad de toxicidad. Es probable que no hayamos puesto suficiente atención a las clases de química de la secundaria. ¿Y cómo culparnos? Eran aburridísimas.

La toxicidad es la propiedad de un elemento de producir efectos dañinos. Pongan atención: para que algo produzca un efecto dañino, se requiere que un organismo se ponga en contacto con él. Si en la mesa del frente usted coloca un puñito de hidróxido de potasio (la famosa potasa con la que nuestras abuelas liberaban las cañerías) y no lo toca con sus manos, no corre usted ningún peligro. Pero si usted toma un poquito, lo pone en sus manos y se las frota (POR FAVOR NO LO HAGAN, ES UNA SIMPLE ALEGORÍA), empezará a sentir un calor que le producirá lesiones cutáneas y un monto de dolor considerable.

Por supuesto que existen personas con ciertas «habilidades» (conscientes y/o inconscientes) tóxicas, dañinas. Es imposible negarlo. Pero basta con que uno no invierta tiempo y energía en ellas y créanme que el peligro de sufrir disminuye prácticamente a 0. El problema es cuando, evadiendo las señales que la realidad nos lanza a la cara, nos mantenemos esperando un milagro que difícilmente ocurrirá. Somos las manos que juegan con la potasa. No hay forma de no sufrir, tarde o temprano, de la reacción producida por dicho encuentro. Solo no olviden esto: la potasa no posee conciencia. Nosotros sí.

Las RELACIONES tóxicas, por definición, requieren de dos personajes: el tóxico o la tóxica y el intoxicado o la intoxicada. Y claro que podemos mantener una relación tóxica con nosotros mismos, pero eso queda para otra entrega. Aprovechando que estamos hablando de esto, permítanme confesar esto de una vez: en una relación tóxica el amor no se encuentra presente. La toxicidad es lo opuesto al amor. Y cuando alguien siente amar a alguien tóxico, en realidad está llamándole amor a una dependencia patológica.

Algunos autores están lucrando con estos temas. Escriben y escriben y escriben sabiendo que muchas personas en la actualidad se encuentran en situaciones como ésta sobre la que venimos conversando. Pero ustedes conocen bien mi opinión: nadie se cura leyendo. Perdí la cuenta de la cantidad de personas que me han pedido escribir sobre personas narcisistas. Y cada vez que me solicitan eso, experimento una gran tristeza: es muy probable que esa persona que me pide ese «post» está inmerso en una relación con alguien narcisista. Sí. Las personas con comportamientos narcisistas existen… y son incapaces de amar, hasta que no se sometan a un proceso de auto-descubrimiento y sanación, preferiblemente en compañía de un profesional competente (rezando estos comportamientos no se corrigen, sea que rece el afectado, sea que rece el que afecta).

El médico y esoterista suizo Paracelso decía que «la dosis hace el veneno«. Potente enseñanza. Estas relaciones que todo lo hacen juntos y que no cuentan con vida propia, también están creando las condiciones para que la toxicidad aparezca. Carl Jung lo planteaba claramente: la meta del ser humano es llegar a un estado de individuación. La relación es un aspecto de nuestra existencia… no nuestra existencia.

Hoy por la noche, miles de parejas se acostarán, espalda contra espalda, a buscar en internet información sobre relaciones tóxicas, a la espera de que alguna publicación o algún experto les ayude a resolver algo que en realidad les toca a ellos… aunque algunas relaciones en realidad no son reparables. Mi trabajo me lo demuestra a diario…

Allan Fernández, Psicólogo Clínico / Facebook

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