Todo tiempo pasado…

Tiempo de lectura estimado: 18 minuto(s)

Cuando alcanzas tus cincuentas, aún si la aritmética no es lo tuyo, sabes que te queda menos tiempo de vida que el ya transcurrido. Vivir 100 años es poco menos que una proesa y ni siquiera estoy seguro si es del todo deseable intentarlo. Sin embargo, genéticas aparte, en realidad nada sabemos del porvenir. FUTURO: dícese del tiempo verbal del que no sabemos absolutamente nada.

Del tiempo presente ya no me parece que se pueda decir nada… más. Las religiones, las filosofías, los instructores de yoga, los psicólogos y hasta los cardiólogos hacen frente común en esto de los beneficios de habitar el aquí y el ahora. Ciencia y fe finalmente hicieron las paces y, al unísono, pronuncian la tan deseada fórmula de la felicidad, anhelada por tantos sabios, místicos, alquimistas y personajes afines: CARPE DIEM!!!

Ya tendré tiempo -si no muero antes- para escribir un par de cositas sobre esta nueva tendencia que, de invitación, se transformó en imperativo: TENES QUE… estar en el presente!!! Es un deber. Te lo ordeno! Hoy, sin embargo, encendí mi computadora para escribir un poco sobre el pasado: el suyo y el mío.

Empecemos por acá: en nuestra(s) mente(s) -la suya y la mía- es relativamente fácil encontrar patrones, imágenes que se repiten, sin importar la procedencia o estado del que cargue con dicha mente. El miedo a la oscuridad, el miedo a la soledad, la búsqueda de riqueza, el deseo de saber, el impulso a emparejarnos, la angustia por la muerte, la sensación de pertenecer a otro lugar, la necesidad de pertenecer, etc. Sin importar la época, el género, la escolaridad, la apariencia física y/o los grados de inteligencias, todos, sin distingo, desde épocas inmemoriales hemos sentido todas estas «fuerzas» en nuestro interior, pulsando, moviéndose, generándonos incomodidad. Las filosofías, las religiones y las ciencias bien podrían ser el intento humano de acallar esas «voces» internas. Al fin y al cabo, como bien planteaba Aristóteles, «todos, por naturaleza, deseamos saber» (primera frase de su Metafísica).

A estas imágenes mentales hoy, gracias al ingenio del psiquiatra suizo Carl Jung, les llamaremos «arquetipos». Todos las andamos cargando. En algunos se nos muestran en sueños, en otros se convierten en ansiedades o nerviosismos. Lo que sí me parece que podemos contundentemente afirmar es que no existe algo así como una mente humana sin estos contenidos arquetípicos. En algunos están más presentes unos que otros. Habrán historias donde algunos arquetipos fueron perdiendo protagonismo, al tiempo que otros empezaron a insistir más en nuestro interior. No son problemas mentales, léase bien. Son contenidos de nuestra mente, los cuales podrían, al no ser correctamente comprendidos, devenir malestares emocionales… y hasta físicos (prometo, en otro escrito, profundizar al respecto).

El escritor español Jorge Manrique, en su célebre «Coplas por la muerte de su padre», afirma con pesar, allá por el siglo XV: «a nuestro parecer, cualquier tiempo pasado fue mejor«, refiriéndose, claro está, al momento en que su padre aún se encontraba con vida. La muerte de su padre -el presente del escritor- se presentaba como una realidad mucho menos placentera que el pasado -la vida de su padre-. Las pérdidas y los duelos por lo general amplifican aquello ya vivido. El duelo es, aprovecho para recordárselos, el proceso psíquico mediante el cual restituimos nuestro contacto con la realidad.

Hablando de realidades y, sin necesidad de haber atravesado pérdidas tan dolorosas como las del poeta en mención, todos, sin distingo, hemos llegado a fantasear con un pasado en que las cosas sucedían más favorablemente. Para algunos es la adolescencia, para otros la casa de los abuelos. No faltarán los que sufren el recuerdo de su primer amor o de los primeros momentos de su relación actual (el siempre idílico periodo del enamoramiento). Para algunos el no tener que lidiar con responsabilidades. Para otros, los momentos de bonanza económica. Algunos hemos llegado a extrañar la condición física de la juventud. Otros extrañarán su belleza estética. Como podrán ver, nadie parece salvarse de este jugueteo mental que nos hace pensar que antes estábamos mejor que ahora.

Pero el psicoanálisis, una vez más, nos tira un vaso de agua fría con el cual ayudarnos a despertar. Dicha comparación entre el hoy y el ayer es tramposa. Estamos comparando todo un momento presente con algún fragmento del pasado. La comparación no es justa. En la adolescencia vivimos momentos de total extravío y angustia. En casa de nuestros abuelitos podemos haber sido espectadores de discusiones o malos momentos. Ese primer amor fue también doloroso cuando concluyó. En medio enamoramiento no estábamos seguros si éramos correspondidos o si eso que sentíamos soportaría el paso del tiempo. Es materialmente imposible ser un homo sapiens y no contar con alguna responsabilidad -incluso en la infancia: «ser un buen niño», es ya un peso-. La cantidad de recursos con los que contábamos quizás nos encontró sin nadie con quién compartirlos. Esa buena condición física también requirió de sacrificios y auto-imposiciones. La belleza, siempre subjetiva, quizás nunca fue suficiente. El doctor Freud, una vez más, tiene razón: «todo recuerdo es encubridor«.

Entre todas esas imágenes arquetípicas que todos andamos cargando, hay una que intenta explicar esa sensación de añoranza por lo ya vivido, por el tiempo pretérito. Le llamamos «el arquetipo del paraíso perdido», lo cual -claramente- hace referencia a uno de los mitos de origen más famosos de la historia humana, a saber, el judeocristiano. La historia todos la conocemos. Incluye costillas, árboles, serpientes que hablan, espadas flamígeras, sentimientos de culpa, desnudez y, ante todo, la sensación de que se perdió la posibilidad de vivir tranquilos a causa de una mala decisión. ¿La añoranza de los personajes principales? regresar a su origen, a su paraíso, a ese espacio en el que aparentemente todo estaba bien. A su pasado. Al ayer.

Algunos viven su vida haciendo caso de mitos (sean producto de algún dogma o incluso auto-inventados). Soñar con «regresar» a lo ya experimentado es, en el mejor de los casos innecesario y en el peor de los casos, materialmente imposible. Si sus historias se veían mejor que el presente (lo cual es cuestionable, gracias Freud), no hay mucho que se pueda hacer. Y, por favor -a los 50 me siento con la autoridad de aconsejar-, no intenten reproducir el pasado. Bien dice una estrofa del Blues de la Soledad: «al lugar al que has sido feliz es mejor que no trates nunca de regresar«. Todo tiempo pasado fue. Ya pasó. Ya no volverá. No es ni bueno ni malo. Es así. Todo tiempo pasado fue ayer. «Lo pasado, pasado«, como bien plantea otra estrofa de otra canción de otro cantante.

Es interesante tomar los mitos como enseñanzas, como guías o al menos como fuentes de reflexión. Encontré algo en la biblia cristiana que resulta tremendamente sugestivo:

«Nunca digas: ¿Cuál es la causa de que los tiempos pasados fueron mejores que estos? Porque nunca hay sabiduría en esta pregunta. Buena es la sabiduría con herencia, y es provechosa para los que ven el sol. Porque escudo es la sabiduría y escudo es el dinero, pero la ventaja del conocimiento es que la sabiduría da vida a sus poseedores» (Eclesiastés 7, 10-12).

Allan Fernández, Máster en Psicoanálisis / Si querés sostener una consulta individual para profundizar en esto, podés contactarme a través de este enlace. También podes seguirme a través de FacebookInstagram y/o visitar mi página profesional .

Foto de Adrian Swancar en Unsplash