Un antídoto contra el miedo

No nos gusta aceptar nuestra finitud. Hacemos todo lo que sea posible para olvidarnos de la muerte. Sumémosle a este sinsabor el hecho de desconocer, nos guste o no, qué sucede luego de morir. Unos piensan que nos espera un lugar mejor. Otros piensan que podría repetirse esta historia. Algunos pensamos que podría no suceder nada. Nadie lo sabe con seguridad. No saber tampoco nos gusta. Bien lo afirma Aristóteles al inicio de su Metafísica: “el hombre desea por naturaleza saber“.

Yo conozco cómo se siente la proximidad de la muerte. Se siente extraño. Sucedió hace unos 5 años. Esperaba, plácidamente sentado, en una oficina estatal en la que confeccionarían mi nuevo pasaporte. Una tarde cualquiera, nada espectacular. El joven que me atendía, muy amablemente, me comunicó que nos atrasaríamos, ya que la cámara fotográfica no parecía funcionar bien. Yo le contesté que podía tomarse el tiempo que requiriera. Abrí mi Kindle y me puse a leer… no recuerdo qué.

Cuando llevábamos unos 15 minutos de retraso, escuchamos una serie de ruidos y golpes en la entrada de la sucursal en que nos encontrábamos. En menos de 60 segundos ya teníamos claro lo que estaba sucediendo: el establecimiento estaba siendo asaltado. Dos jóvenes armados, se dieron cita en el momento en que ya yo no tendría que estar allí, si la cámara hubiera funcionado.

El rostro del amable empleado de Migración no daba pie a la confusión: ellos venían hacia donde nos encontrábamos. Yo no podía voltear y mucho menos intentar huir. Estaba de espaldas a la puerta. De pronto, la puerta fue abierta abruptamente. Un muchacho de no más de 30 años de edad entró, apuntando su arma hacia el dependiente. La oficina era pequeña. Quedamos, el asaltante y yo, a una distancia de no más de un metro. Estábamos uno a la par del otro, él de pie, yo sentado con mi Kindle en mis regazos. A mí, solo me dirigió la siguiente orden: “si vuelve a ver me lo llevo en banda“.

Al fijarme en el escritorio noté algo que me enojó de mí mismo. Había colocado mi billetera, mi celular nuevo, mis lentes de sol y las llaves de mi vehículo, cuyo llavero daba una pista de cuál de los que estaba fuera de la oficina era el mío. Esa maña mía de no poder andar mis cosas en mis bolsillos…

Recuerdo lo que irradiaba el asaltante. Era una mezcla de miedo y euforia. Asumo que su sistema estaba intoxicado por un coctel de adrenalina y cortisol. Casi podría decir que olía acelerado. De pronto, el joven bajó el arma para tomar el dinero que se encontraba en la caja. Hubo un lapso de unos 10 segundos en que bajó su brazo derecho, dejando su arma a la altura de mi codo. Dos ideas vinieron a mi mente: “creo que puedo desarmarlo“, seguida de inmediato por esta otra: “que sin gracia morir de este modo“. No estaba asustado, estaba decepcionado. Todo esto no duró más de dos minutos, y sin embargo, se sintió tan interminable como las lecciones de religión que recibíamos en la secundaria. Pensé todo ese momento en mi hija, en todo lo que me iba a perder si el dependiente hacía alguna movida que pusiera más nervioso al asaltante, o, si en ese momento ingresaba la policía a tratar de evitar el atraco. No sucedió. El asaltante se fue sin despedirse. Escuchamos una motocicleta que salía a gran velocidad. Minutos después aparecieron dos policías y unos 40 minutos después, los del Organismo de Investigación Judicial. Tuve que quedarme, ya que claramente era yo el testigo principal.

Tomaron mi declaración. El joven dependiente se dirigió a mí diciéndome: “que pena con usted. Usted si es carga, ¿cómo hizo para estar tan tranquilo?“. Yo le contesté lo primero que se me ocurrió: “medito“. La cámara nunca funcionó, así que no pudimos terminar el trámite de mi pasaporte. Tomé mi billetera, mi celular, mi Kindle, mis anteojos de sol y las llaves de mi vehículo y salí. Inmediatamente llevé a cabo dos llamadas telefónicas: una a mi secretaria pidiéndole que pospusiera mi consulta de esta tarde/noche y otra a mi esposa. Recuerdo que le dije algo así: “amor, meditar realmente funciona. No sentí miedo“.

Es muy probable que en otras condiciones no vaya yo a reaccionar igual. Quizás solo fui presa de algún tipo de instinto de sobrevivencia que nada tiene que ver con meditar. Lo que sí se es que ese día logré no verme “contagiado” con lo que pasaba a mi alrededor: la excitación del asaltante y el terror del joven que me atendió. Alguien podría pensar: “bueno, es que no era a usted a quién estaban a punto de quitarle sus pertenencias“. Es un buen punto. Pero algo esa tarde quedó como una marca en mi interior: la muerte puede llegar desde cualquier punto. No necesitamos buscarla. Ella puede encontrarnos en el momento más inverosímil.

Yo continúo meditando y recomendándoselo a todo aquel que me pregunte cómo controlarse emocionalmente, sea que me lo pregunten en consulta o en mi vida cotidiana.

La pregunta no se hace esperar: ¿perdí el miedo a morir? En lo absoluto. Me sigue pareciendo tremendamente injusto que no podamos vivir todos los años que deseemos. Es casi absurdo, como bien denunciaba el filósofo Albert Camus.

Han pasado 5 años… solo recuerdo este evento cuando transito cerca del establecimiento. Me siento tremendamente dichoso por estar hoy acá aún vivo contándolo y desearía que más personas puedan ir, poco a poco, teniendo una relación más sana con sus miedos. Eso nos haría mucho bien como sociedad.

En momentos complicados, en los que el futuro no se muestra esperanzador, debemos intentar conectar tanto como podamos con lo vital. No se trata de negar nuestra condición de mortales, sino de tomar este momento como una posibilidad. Psicología 101: para crecer debemos superar crisis.

Finalizo con una enseñanza tomada del Zen, relatada por Alejandro Jodorowsky: en una noche, todos los discípulos estaban alrededor de su maestro, quién estaba a punto de morir. Él alzó su mano con mucha dificultad, aparentemente queriendo compartirles su última gran enseñanza. El discípulo más cercano se acercó a su maestro, dispuesto a recibir su enseñanza más profunda, más compleja, la síntesis de toda su sabiduría. Al acercarse a su maestro escuchó: “no quiero morir”.

Yo quiero vivir, espero que ustedes también…

Allan Fernández, psicoterapeuta y orientador filosófico / Podés seguirme a través de Facebook, Instagram, Youtube, LinkedIn o podés suscribirte a nuestro boletín / También podés sumarte a nuestra comunidad Dimensión Psiconáutica

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *