Una de amor, dolor, romanos y «santos»

Tiempo de lectura estimado: 12 minuto(s)

Febrero, mes del amor y la amistad… para algunos. Para otros, el mes del consumismo y el mercadeo. Incluso, podría ser el mes del simulacro para una que otra pareja. De marzo a enero: desconexión, actitudes agresivo-pasivas, incapacidad de comunicación. En febrero «mágicamente» todo mejora. Del hastío se pasa a la emoción. Del egoísmo, al deseo de cuidar. De la negligencia a la atención. Pero… esperen, esperen. Empecé por el final. Déjenme compartir un poquito de historia.

¿Ustedes conocen el significado del vocablo «católico»? Católico proviene del griego. Eso quiere decir que el vocablo existía mucho antes de la aparición de los católicos. Mucho antes incluso del nacimiento de Cristo. Católico significa universal. Era una cualidad. Cuando se quería hacer referencia a algún elemento presente en todo lugar, se decía que eso era católico.

Sabrán ustedes que existió un imperio antiguo inmensamente poderoso, el romano. Su meta: conquistar el mundo. Tomaron de aquí y de allá (filosofía, arte, ingeniería, mitos y creencias) y gracias a esa estrategia lograron enriquecer su visión de mundo. Eran politeístas (creyentes en diversas deidades), tremendamente influenciados por el paganismo de la época.

Los romanos tenían alguna celebración para todo, algún rito con el cual perseguir algún efecto (le daban un alto valor a los actos simbólicos, diríamos en términos antropológicos). El segundo mes de su calendario era uno fundamental, considerado un mes de purificación. En él se llevaban a cabo una serie de fiestas y ceremonias llamadas «februas» (de ahí el nombre: febrero). La februa era una tira confeccionada con piel de cabro, la cual era utilizada para azotar a las mujeres jóvenes, con el propósito de activar su fertilidad. A mayor cantidad de latigazos, mayores posibilidades de procrear. Era un honor quedar marcada por dicho artefacto en diferentes partes del cuerpo. Luego de esto, la muchacha en cuestión se convertía en alguien deseable.

No olviden por favor que al ser humano, como a todos los seres vivos, lo que les interesa es perpetuar la especie: cruzarse. Así que, romanticismos aparte, en tiempos romanos, febrero era el mes para fomentar las condiciones gracias a las cuales seguir aumentando la estirpe romana. Las mujeres aceptaban dicho intenso sufrimiento con la esperanza de ser elegidas (la celebración principal se llevaba a cabo el 15 de febrero).

La historia continuó, los romanos decayeron, el cristianismo empezó a tomar poder (político) y se dio una especie de sucesión. El nuevo imperio, como todo imperio sediento de conquistar, se propuso una tarea ambiciosa: convertirse en la fe «universal». Ahí aparece entonces el catolicismo. En el siglo V d.C., al papa de turno se le ocurrió que podía utilizarse la fecha en la que los romanos azotaban a las mujeres jóvenes, bajándole el tono y planteando algo más «light»: se inventaron un santo y propusieron una celebración menos sangrienta: San Valentín.

A propósito de historias, ahora clínicas, no son dos ni tres las veces que escucho a alguien «defendiendo» su actual relación. Ustedes pensarán que estoy siendo sarcástico, pero les juro (por San Valentín) que no es así. Se escucha en dichas confesiones el deseo de auto convencerse de que esa persona con la que comparten, aún luego de incontables pruebas, esconde por ahí a alguien a quien apostarle, en el ya de por sí arriesgado juego de las relaciones adultas.

Dejando de lado las personas que no quieren estar solas, me preocupa en este momento mucho más los que saben que su actual relación se volvió un ejercicio masoquista y decadente y, aún así, se mantienen allí. Estas son las personas que reactivan el mercado de chucherías, aparatos electrónicos y restaurantes a mediados de febrero. Yo también creo en el efecto de los actos simbólicos (no los que llevaban a cabo las civilizaciones antiguas, claro está). En lo que no creo es en esa fe ciega que se deposita en una sola velada, la cual, aún y rozando altos grados de romanticismo, no logrará reparar algo que no funciona 364 días al año.

Partiendo de la premisa de que San Valentín no existió, podríamos utilizar este mes de febrero para purificarnos, pero sin tanto dolor, sin tanto autoengaño, sin tanto pensamiento mágico. El dolor, según muchas tradiciones (el cristianismo entre ellas) es considerado una vía de trascendencia; pero eso no quiere decir que tengamos que padecer por aquello que ya -o quizás nunca- no funciona. Podríamos entonces purificarnos, clarificarnos, tomar control -al menos parcial- sobre nuestra existencia y aceptar que lo que nos sucede no tiene por qué ser vivido como si fuera una profecía. Siempre podemos intentar cambiar… es un principio de la psicología.

Allan Fernández, Psicoterapeuta, Máster en Psicología Clínica y Psicoanálisis / Si querés sostener una consulta para profundizar en esto, podés contactarme a través de este enlace. También podes seguirme a través de FacebookInstagram y/o visitar mi página profesional .