Vivir es elegir

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Acá estamos. Yo tratando de transmitir algo. Ustedes, esperando que al dirigir su atención hacia este improvisado ensayo les brinde algo, ojalá, algo de utilidad. Algo que les ayude o que, al menos, justifique los minutos que tomará recorrer los siguientes párrafos. No lo sabemos. Ni ustedes ni yo. Tendremos que esperar, tendremos que avanzar. Que yo -y que ustedes- consiga mi objetivo no lo sabemos en este momento. No queda más que continuar… yo, escribiendo. Ustedes, leyendo.

Ese «no saber», ese «esperar a que algo suceda», ese «porvenir», a todos nos molesta. Hoy contamos con un verdadero catálogo de técnicas y «slogans» en los que la idea central, la de vivir el presente, se presenta (me disculpo por la reiteración, pero el primero es un momento y el segundo una acción) como algo deseable en sí mismo. La noticia nos provino de Oriente. Estar en el ahora nos ahorrará cientos de malestares. En realidad, si somos precisos, nos ahorrará principalmente dos tipos de ellos: las añoranzas y culpas del pasado y la angustia del futuro. ¡Imaginen ustedes por un momento una vida sin culpa y sin angustia. Eso sí es Vivir, con mayúscula!

Pero no es fácil. De hecho, es materialmente imposible. Podemos posicionarnos en el ya unos segundos (unos minutos, los muy competentes en eso de intentar domar la mente y los pensamientos). Pero, por alguna razón, esa mente (la de ustedes y la mía) gusta escabullirse a cualquier tiempo verbal que no sea el presente (a eso se refiere el budismo cuando habla de «la mente como un mono» -monkey mind-). La promesa oriental nos recuerda que lo importante no es estar siempre en el aquí y en el ahora -eso se lo reservamos a los maestros y gurús iluminados-. Es, al menos, saber que no estamos y, acto seguido, intentar regresar al ya. Como podrán ver, ese «trabajo» no se presenta como uno sencillo. Espero que tengan tiempo suficiente, ya que da la impresión que dicha meta tomará décadas (algunos dirán vidas).

Vivir, entonces, no es algo que suceda en automático. Hay que hacer cosas. Hay que dejar de hacer otras. Vivir es un hacer, es una acción. Eso, entonces, nos coloca en una posición activa. No podemos (en realidad sí podemos, pero tarde o temprano nos vamos a llevar una gran decepción) esperar a que «nuestra vida» se desarrolle y resuelva por sí misma. Si decidimos ir en piloto automático, disminuimos la posibilidad de llegar a ese punto deseado. Y sí. Yo sé lo que están pensando. ¿Qué hacer cuando ni siquiera se sabe hacia dónde dirigirse? Bienvenidos al mundo de los humanos. No será una buena noticia, pero prefiero presentarla ya: o creen en el destino o dejan de creer en él. O confían en el libre albedrío -tema que desarrollaré en una próxima oportunidad- o se entregan a algún guión ya prefijado. Ambos caminos son válidos. Sólo tienen que elegir cuál recorrer.

Elegir genera ansiedad. Y no me refiero a la ansiedad clínica (la psiquiátrica y/o la psicológica). Me refiero a la Ansiedad, aquella sobre la que vienen reflexionando los existencialistas desde mediados del siglo XIX (en una tradición que inicia en Kierkegaard y llega prácticamente hasta nuestros días). Elegir genera ansiedad, lo reitero (el término correcto sería «existential angst», el cual, al traducirlo al castellano, nos presenta un problema, ya que ansiedad y angustia no son lo mismo). Y, ¿por qué nos genera ansiedad? Bueno, se me ocurren al menos tres razones, no sé si las únicas:

  • no conocemos de antemano el resultado
  • perdemos lo que el camino no elegido tenía para nosotros (que podría ser nada… o todo)
  • nos obliga a convertirnos en protagonistas de nuestras vidas

En la consulta se escucha todos los días: ¿esta persona o esta? ¿soltería o compromiso? ¿trabajar o continuar estudiando? ¿el país de origen u otro? ¿financiado o de contado? ¿rojo u amarillo? ¿divorciarse o continuar intentándolo? ¿ahorrar o consumir? ¿creer o dudar? ¿terapia o fármacos? ¿maratonear o hacer otra cosa? ¿descafeinado o fuerte? Como ven, vivir es elegir, es jugársela, es arriesgarse, es apostar. Y, sé que ya también lo notaron, aquello que elegimos, inmediatamente, nos hace perder aquello que no elegimos. En esto de existir, siento decepcionarlos, no hay «win-win». El camino «A», aún y cuando lleno de oportunidades, quizás no contenga elementos del camino «B». De ser entonces el «B» el elegido, nunca sabremos qué contenía el desechado. Como en los muy poco elaborados programas de concursos de mi niñez: tenés que elegir alguna de las cortinas. La diferencia, me parece, es que quizás nunca sabrás qué había detrás de las que no elegiste y eso, nos pese o no, genera malestar, genera ansiedad.

Existir 101: el riesgo de elegir la cortina incorrecta

Baudrillard alguna vez aseguró que nuestro problema actual no es la falta de valores, sino el exceso de ellos. Intentando acomodar dicha reflexión a esto que ensayo, esta sensación pegajosa que nos hace sentir que todo es posible, que el cielo es el límite, que podemos ser lo que queramos, que tenemos acceso a todos los caminos, más que motivación, nos está generando parálisis emocionales. ¿No me creen? Observen a los miles de estudiantes universitarios que no logran concluir sus procesos de graduación. Allí -es sólo una hipótesis- se presenta una elección en algo trascendente: ¿listo para la vida real, la del mercado, la profesional o aún en modo estudiante?. Se ha querido pensar que la única persona responsable es él o la egresada. El sistema educativo tiene bastante que ver en dicha detención. Pero no quiero desviarme… de camino.

En esto de vivir, ¿triunfamos o fracasamos?. ¿Será un triunfo adaptarse? ¿Será un fracaso no alcanzar el éxito? ¿No perseguirlo, al menos? Emil Cioran alguna vez planteó que «si la vida tiene sentido, todos somos perdedores«. La frase, muy a su estilo, busca generar una reacción en el lector. Yo no me escandalizaría tanto. Creo que lo que quiso decir es que, en la medida que todos andamos buscando dicho sentido, ninguno va adelante de los otros.

Fue mi esposa la que me recordó uno de estos días que todo este tema de los diferentes universos y de cómo, por más difícil que resulte, podríamos estar habitando más de uno a la vez, de algún modo, se volvió un #trend. Diferentes películas tratan, con mayor o menor profundidad este tema («Another Earth«, «Sliding Doors«, «Mr. Nobody«, «Interstellar«, «Everything Everywhere all at once«, «Spider-Man: No Way Home«, «Dr. Strange in the Multiverse of Madness«, etc.). Como podrán ver, la cultura, parte inherente del entramado social, nos recuerda (es sólo mi opinión) que hay otra(s) vida(s), la que no elegimos, la que decidimos no recorrer. Acá la pregunta valiosa (también una simple opinión) es si el camino que vamos recorriendo, en estos momentos, se presenta, si no emocionante, al menos interesante. De no ser así, habría que detenerse un momento y preguntarse (y al volverse pregunta se convierte inmediatamente en una búsqueda existencial, es decir, filosófica) si habría que desviarse o continuar, ya que, devolverse (ir de vuelta al pasado) es imposible.

Cierro con una reflexión de uno de mis filósofos favoritos: «nadie se habría elegido a sí mismo si hubiera tenido otras posibilidades» (A. Comte-Sponville).

Este ensayo se volvió demasiado extenso. Tendré que dejar otro camino -el del concepto de «fallar» o «fracasar»- para otra oportunidad. Elecciones…

Allan Fernández, Asesor Filosófico y Máster en Psicología Psicoanalítica / Si querés sostener una consulta individual para profundizar en esto, podés contactarme a través de este enlace. También podes seguirme a través de FacebookInstagram y/o visitar mi página profesional.

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